Catalina Ledesma de la vega
Nunca imaginé que la mañana en que descubrí que Victoria y Eleni trabajaban juntas sería el inicio de un terremoto en mi vida. No fue solo la sorpresa de ver a dos mujeres que jamás pensé que compartieran un mismo objetivo; fue la certeza de que todo lo que había intentado controlar se me escapaba de las manos. Yo, Catalina Ledesma, acostumbrada a ganar siempre, a tener la última palabra, a imponer mi voluntad, me encontraba de pronto atrapada en una red tejida por el destino, una red que me unía irremediablemente a Elena y a su madre.
Salí de aquella oficina con el corazón golpeando contra mi pecho, más fuerte de lo que debería. El aire frío de Londres me recibió como un recordatorio cruel de mi fragilidad. Caminé sin rumbo, intentando ordenar mis pensamientos. ¿Cómo podía explicarle a Elena que su madre y yo compartíamos un secreto? ¿Cómo podía decirle que, desde antes de que nosotras dos comenzáramos a acercarnos, ya estábamos destinadas a encontrarnos? La respuesta era simple: no podía. No todavía.
Esa noche, Elena me llevó a su departamento. No hubo palabras al principio. Solo silencio. Ella me miraba con esa mezcla de disciplina y vulnerabilidad que empezaba a mostrar cada vez más. Yo la observaba, intentando descifrar lo que sentía. Nos sentamos en el sofá, con una taza de té entre las manos. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente. Dentro, el tiempo parecía detenido.
—Elena —dije al fin, rompiendo el silencio—, necesito hablar contigo.
Ella me miró, seria, con esos ojos que siempre parecen diseccionar cada palabra.
—Yo también.
Me adelanté, porque sabía que si no lo hacía, perdería el valor. —Al principio, cuando insistía en que estuvieras conmigo, todo era un capricho. Mi ego, mis ganas de ganar siempre. Tú eras un reto, alguien que no se dejaba seducir por mis juegos. Y yo… yo no soportaba perder.
Elena bajó la mirada, como si mis palabras fueran un peso que caía sobre ella.
—Pero con el tiempo —continué—, con cada discusión, con cada silencio incómodo, con cada mirada que me desarmaba, empecé a sentir algo distinto. Dejé de verte como un reto y empecé a verte como… como alguien que podía cambiarme.
Respiré hondo, porque sabía que lo que estaba a punto de decir era lo más sincero que había pronunciado en años.
—Me enamoré de ti, Elena. Y lo único que quiero ahora es un futuro contigo. Tal vez una familia. Tal vez una vida que no esté marcada por la guerra constante.
Elena levantó la mirada. Sus ojos estaban húmedos, pero su voz fue firme.
—Tengo miedo, Catalina.
—¿De qué? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
—De mi abuela. De lo que pueda hacerte. De lo que pueda hacerle a cualquiera que yo ame. Ella no se detiene. No conoce límites. Y yo… yo no sé si puedo protegerte.
Me acerqué, tomé su mano, la apreté con fuerza.
—No necesito que me protejas de todo. Solo necesito que estés conmigo.
Ella cerró los ojos, como si mis palabras fueran un bálsamo y una herida al mismo tiempo.
—Quiero intentarlo —dijo, al fin—. Quiero estar a tu lado. Quiero formar algo real contigo. Pero necesito que seas paciente conmigo.
Sonreí, con lágrimas en los ojos.
—No tengo prisa.
Nos quedamos en silencio unos minutos. Luego, Elena se inclinó hacia mí. Nuestros labios se encontraron en un beso suave, contenido, pero cargado de todo lo que no nos atrevíamos a decir. Fue un beso que hablaba de miedo y esperanza, de dolor y ternura. Me recosté contra ella, sintiendo su respiración en mi cuello. Sus brazos me rodearon, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí segura.
—Elena —susurré—, hay algo que necesito confesarte.
Ella me miró, expectante, con esa mirada que siempre exige la verdad.
—Victoria y yo… hemos estado trabajando juntas para destruir a Lady Margareth.
Elena se quedó en silencio. Su rostro se tensó, sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Qué?
—Sí. La contraté como mi abogada. Ella coordina la investigación. Y esta mañana descubrí que también trabaja con tu madre.
Elena se apartó un poco, como si necesitara espacio para procesar lo que acababa de escuchar.
—Entonces… mi madre y tú…
—Ya estábamos destinadas a encontrarnos —dije, con voz temblorosa—. Suegra y nuera, sin siquiera imaginarlo.
Elena se levantó, caminó hacia la ventana. Se quedó allí, mirando la ciudad, intentando ordenar sus pensamientos. Yo la observaba, temiendo que mis palabras hubieran roto algo entre nosotras. Al fin, se giró.
—Esto cambia todo.
—Lo sé.
—Pero también lo confirma. —Su voz era firme, aunque sus ojos seguían brillando con vulnerabilidad—. Estamos en el mismo bando, Catalina. Y si vamos a luchar contra Margareth, lo haremos juntas.
Me levanté, me acerqué a ella.
—Entonces no hay nada que temer.
Ella me abrazó, fuerte, como si quisiera asegurarse de que no me escapara.
—Tengo miedo de perderte —susurró.
—No me vas a perder.
La noche avanzó entre charlas, besos y arrumacos. Nos confesamos miedos, sueños, deseos. Elena me habló de su infancia, de las sombras que siempre la habían acompañado. Yo le hablé de mis errores, de mis caprichos, de cómo había aprendido a amar a alguien más allá de la victoria. Cuando nos quedamos dormidas, lo hicimos abrazadas, con la certeza de que, pese a todo, estábamos juntas.
En otra parte de la ciudad, Eleni y Victoria seguían trabajando en la investigación. Los papeles se acumulaban sobre la mesa, las pruebas se organizaban, los contactos en periódicos y noticieros se activaban. Un viejo amigo con conexiones en los medios estaba allí, junto a un hombre con un alto cargo en la policía. El objetivo era claro: hacer caer a Lady Margareth.
Lo que ninguna de ellas sabía era que, en ese mismo momento, Elena y yo habíamos decidido unir nuestras vidas. Que el amor que nacía entre nosotras sería la fuerza que nos sostendría en la batalla que estaba por comenzar.