Bajo control

25

Eleni Gruger

Catalina había abandonado la oficina de Victoria hacía apenas unos minutos. El eco de sus pasos aún resonaba en el pasillo, y el aire estaba impregnado de esa mezcla de perfume y tensión que siempre dejaba tras de sí. La puerta se cerró con un golpe suave, y el silencio se instaló como un huésped incómodo. Victoria me miraba con esa calma que tanto me irritaba y fascinaba: la serenidad de quien sabe más de lo que dice, la paciencia de alguien que disfruta ver cómo los demás se retuercen en sus propios secretos.

Respiré hondo. Sabía que era el momento de hablarle de mi plan, o al menos de la parte que podía compartir.

—Victoria —comencé, con voz firme, midiendo cada palabra—, necesitamos un respaldo. Si Margareth decide huir, si se esconde en algún país donde nuestras manos no puedan alcanzarla, todo lo que hemos hecho será inútil.

Ella arqueó una ceja, interesada, como si ya hubiera anticipado mis pensamientos.

—¿Qué propones?

—Un trato —respondí, con la calma de quien sabe que está jugando con fuego—. La llamaré. Le haré creer que podemos negociar una salida amistosa. Que habrá abogados de ambas partes, que se discutirá un acuerdo. Ella no podrá resistirse. Siempre necesita sentir que tiene el control, que puede manipular.

Victoria me observó en silencio, como si intentara leer entre líneas. Yo, por supuesto, omití la parte más peligrosa: la posibilidad de que yo misma me expusiera, de que pusiera mi vida en riesgo para atraerla. Eso era algo que no podía compartir. No con ella.

—Y cuando llegue a la reunión… —dijo Victoria, completando mi idea.

—La capturaremos —afirmé, con un hilo de acero en la voz.

El silencio volvió a llenar la sala. Victoria asintió lentamente, aunque sus ojos me decían que sospechaba que había más detrás de mis palabras.

Al terminar la reunión, la tensión aún me acompañaba. Llamé a Anna. Su voz al otro lado de la línea fue un bálsamo, un recordatorio de que, pese a todo, aún había un lugar donde podía descansar.

—Necesitamos hablar —le dije.

Nos encontramos en la suite del hotel donde ella se hospedaba. El mismo hotel de los Ledesma, el mismo lugar donde Catalina pasaba sus días entre trabajo y descanso. El destino parecía empeñado en entrelazarnos a todos en un mismo espacio, como si quisiera recordarnos que ninguna de nuestras historias podía escapar de las otras.

Cuando entré en la suite, Anna me recibió con esa mezcla de elegancia y vulnerabilidad que siempre me había desarmado. Nos sentamos, y pronto la conversación giró hacia lo ocurrido con Victoria.

—Me acabo de enterar —le confesé— que Catalina también estaba trabajando con ella. Que tu hija y mi hija estaban destinadas a encontrarse.

Anna abrió los ojos, sorprendida.

—¿Catalina? ¿Con Victoria?

Asentí.

—Sí. Nadie lo habría imaginado. Pero ahí estaban, trabajando por el mismo objetivo.

El silencio se volvió pesado. Anna parecía procesar la información, y yo podía ver en sus ojos un destello de celos cada vez que mencionaba a Victoria. Era un gesto sutil, pero yo lo conocía demasiado bien.

Me acerqué, le tomé la mano.

—No tienes que preocuparte. Victoria es solo una pieza en este tablero. Tú eres… lo que siempre has sido para mí.

Ella intentó disimular, pero sus labios se curvaron en una sonrisa que delataba su alivio. Me incliné, le acaricié el rostro, y pronto los mimos se convirtieron en algo más intenso. El aire entre nosotras se cargó de electricidad, y cuando nuestros labios estaban a punto de encontrarse, el sonido del teléfono rompió el momento.

Anna lo miró. Era Elena.

El corazón se me detuvo.

Contestó, y su rostro se transformó en alarma.

—¿Qué ocurre? —preguntó con voz temblorosa.

Yo escuchaba, conteniendo la respiración.

—Estoy de camino al hospital con Catalina —dijo Elena al otro lado—. No sé qué le pasa. Está teniendo algo parecido a un infarto.

El mundo se detuvo. Anna y yo nos miramos, y sin decir nada, salimos corriendo hacia St. Mary’s.

El hospital nos recibió con su luz fría y sus pasillos interminables. Encontramos a Elena en el pasillo, nerviosa, asustada, con el rostro desencajado.

—¿Qué pasó? —preguntó Anna, con voz urgente.

—No lo sé —respondió Elena, casi al borde de las lágrimas—. Solo estábamos jugando un juego de mesa. Se puso intenso, y de pronto… empezó a sentirse mal.

El médico salió en ese momento. Su voz fue firme, tranquilizadora.

—Catalina está bien. Fue exceso de adrenalina. No debe volver a recibir ese nivel de tensión. Le mandaremos medicación por si sucede otra vez.

Elena asintió, aún temblando.

Entramos en la habitación. Catalina estaba allí, pálida pero consciente. Anna y Elena comenzaron a hablar con ella, repitiendo las palabras del médico, asegurándole que todo estaría bien. Yo me quedé en silencio, observando.

Mi atención, siempre aguda, notó algo más. Una leve marca roja en el cuello de Elena. Y, al mirar con más detalle, también vi marcas discretas en el cuello de Catalina.

Sonreí para mis adentros. No dije nada. Pero entendí perfectamente cuál había sido ese “juego de mesa” que las había llevado a tal nivel de adrenalina. Era un juego que Anna y yo conocíamos demasiado bien, uno que habíamos jugado en nuestros años universitarios.

Me guardé el secreto. Porque algunas verdades, aunque divertidas, pertenecen solo a quienes las viven.

Esa noche, mientras observaba a mi hija Elena cuidar de Catalina con una ternura que jamás había mostrado por nadie, comprendí que el destino ya había trazado el camino. Anna y yo, Victoria y yo, Catalina y Elena. Todas unidas por un mismo objetivo: sobrevivir a Margareth y construir un futuro donde el amor no fuera una condena, sino una victoria.

Y aunque las sombras aún nos rodeaban, por primera vez en mucho tiempo, sentí que la luz estaba más cerca de lo que parecía.



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En el texto hay: romance, lgbt, romance y humor

Editado: 28.04.2026

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