El regreso del hombre del pañuelo azul al palacio fue sombrío. Cubierto de vendajes y con el brazo inutilizado, se presentó ante el Señor Min en la penumbra de sus aposentos. Para ocultar su fracaso y la pérdida del cargamento a manos de los mercenarios, el ejecutor inclinó la cabeza y mintió con una frialdad absoluta: “El Bujang Kang-dae ha sido eliminado. Sus restos yacen en el desfiladero junto a sus hombres”. Una sonrisa depredadora se dibujó en el rostro de Min. Con la fuerza militar de la frontera descabezada, el villano decidió que no había razón para esperar más. “Preparen el edicto de abdicación”, ordenó a sus escribas. “Si el cielo no se oscurece hoy, lo oscureceremos nosotros con sangre”.
Mientras tanto, en la biblioteca real, Jun-ho recibió las noticias del caos en el norte a través de sus propios canales. El informe hablaba de una masacre y de un desfiladero teñido de rojo. El miedo, un sentimiento que Jun-ho rara vez se permitía, le oprimió el pecho al pensar que Kang-dae podría haber muerto. Con el corazón pesado, buscó a su padre, el Viejo Consejero, y le reveló la magnitud de la tragedia: la traición de los mercenarios, la emboscada y la posible caída del Bujang.
El rostro del anciano se endureció, sus ojos brillando con una determinación que recordaba a sus años de juventud. “Si Kang-dae ha caído, somos el último muro”, sentenció su padre. “Min ha sellado los aposentos reales bajo el pretexto de la ‘enfermedad’ del monarca, pero la verdad es que no sabemos si el Rey sigue respirando o si solo estamos rindiendo pleitesía a un cadáver oculto tras las cortinas”.
Padre e hijo se acercaron al mapa del palacio, bajando la voz hasta convertirla en un susurro. “Min no me deja asomarme, pero aún soy el Consejero”, dijo el anciano. “Necesito tres días. Utilizaré el pretexto de un ritual de purificación ancestral que requiere la presencia del consejero más antiguo. Mientras yo distraigo a la guardia de la puerta principal, tú deberás encontrar la forma de entrar por el corredor de los sirvientes”. Jun-ho asintió, comprendiendo que el plan era suicida. Si el Rey estaba muerto, Min los ejecutaría por traición en el acto; si estaba vivo pero agonizante, necesitaban que Haneul descifrara los mapas reales frente a él para demostrar que la “voluntad del cielo” de la que hablaba Min era una mentira fabricada con tinta y veneno.
En medio de la gélida oscuridad de las montañas,el soldado arrastró el cuerpo de Kang-dae con las pocas fuerzas que le quedaban. No se dirigieron al campamento ni a la capital; el soldado sabía que volver significaba una ejecución inmediata bajo el sello de Min. Condujo al Bujang hacia una choza abandonada, oculta en un pliegue de la cordillera que el tiempo y la maleza habían intentado devorar.
Al entrar, el aire era tan frío como el exterior, pero las paredes de madera podrida ofrecían un refugio contra el viento cortante. El soldado depositó a Kang-dae sobre un lecho de paja seca y, con manos temblorosas, encendió un pequeño fuego oculto para no delatar su posición. El resplandor de las llamas reveló la gravedad de las heridas del Bujang: la lanza había dejado un agujero profundo en su costado y la fiebre empezaba a reclamar su cuerpo.
—Resista, mi señor —susurró El soldado mientras rasgaba su propia túnica para improvisar vendajes—. No moriremos en este agujero mientras ese traidor se sienta en el palacio.
Mientras Kang-dae se debatía entre la vida y la muerte en la soledad de la montaña, el silencio de la choza solo era roto por sus delirios. En su inconsciencia, el nombre de Haneul escapaba de sus labios secos, una súplica que el soldado escuchaba con impotencia. El joven guardia sabía que no podía curarlo solo; necesitaba medicinas, necesitaba ayuda, pero sobre todo, necesitaba que el Daesagan y la joven astrónoma supieran que la frontera ya no era un muro, sino una puerta abierta para los enemigos de Joseon.
mientras tanto La atmósfera en los aposentos reales era sofocante, cargada con el olor a enfermedad y el silencio de una tumba inminente. Jun-ho, tras deslizarse entre las sombras del corredor de los sirvientes, alcanzó el lecho del monarca. La visión fue desgarradora: el Rey, aquel que representaba el sol en la tierra, estaba reducido a una figura frágil, bañada en un sudor gélido y con un pulso que apenas era un hilo vibrante bajo la piel.
—¿Acaso el Naeui (médico real) no ha venido a visitar a su Majestad? —susurró Jun-ho con una mezcla de horror e indignación mientras sostenía la mano fría del soberano.
El Rey, con un esfuerzo sobrehumano, movió la cabeza apenas unos milímetros. “No”, fue el mensaje silencioso pero letal. Min no solo estaba usurpando el poder; estaba dejando morir al Rey por omisión de socorro, asegurándose de que la naturaleza hiciera el trabajo sucio.
De pronto, el eco de botas militares resonó en el pasillo exterior. La voz de un guardia rompió la calma: “El Señor Min está entrando, Su Majestad”.
Jun-ho reaccionó con la agilidad de quien sabe que su vida pende de un hilo. Se ocultó tras los pesados cortinajes de seda que dividían la alcoba real. Apenas unos segundos después, la puerta se deslizó y la figura imponente de Min Seok-ryeon entró, moviéndose con una arrogancia que ya no ocultaba. Sin mostrar un ápice de respeto por el hombre que agonizaba a pocos metros, Min se sentó en el asiento de honor donde el Rey solía recibir a sus confidentes.
—Ya todo esto se acabará —dijo Min en voz alta, saboreando sus propias palabras—. Y todo volverá a quien realmente lo merece. El cielo ha dictado su sentencia, y yo solo soy el brazo ejecutor.
Desde su escondite, Jun-ho apretó los dientes. Las palabras de Min confirmaban la conspiración absoluta: estaba esperando el momento exacto en que la interpretación falsa de los mapas coincidiera con la muerte del Rey para declarar el cambio de dinastía.
Mientras tanto, lejos de los lujos podridos del palacio, el destino jugaba otra carta. En la choza abandonada de la montaña, la fiebre de Kang-dae había llegado a un punto crítico. El soldado observaba con desesperación cómo el Bujang se retorcía en su lecho de paja.
Editado: 30.04.2026