Bésame

Capítulo 16


Mi boca está seca. Mi piel roja e irritada por el sol. Mi cuerpo se siente cansado, y estoy segura que estoy a punto de sufrir una insolación.

Tal vez estoy cometiendo una completa estupidez al esperarlo, quizás jamás me dará la respuesta que quiero, pero en el fondo guardo la esperanza de que lograré persuadirlo, y hacer que me diga dónde es y que hay en aquel lugar. En este momento siento que Adam es el único que realmente puede ayudarme para lograr llegar a la verdad acerca sobre quién es realmente Olivia Harper, sobre quién soy yo.

No quiero que los demás me sigan mintiendo y me digan que soy de tal manera, cuando es todo lo contrario.

Necesito persuadirlo, necesito saber la verdad, mi verdad.

Llevo una hora sentada en una banca frente a la escuela, esperando a que salga Adam, o quizás, simplemente quiero evitar llegar a mi casa, no quiero escuchar más mentiras.

Suspiro frustrada, no seguirá más aquí, bajo este horrible sol. Acomodo mi mochila sobre mis hombros y me levanto. Detrás de mí hay una pequeña plaza, veo unos columpios y están bajo la sombra de un árbol. No lo pienso ni dos veces  y camino directo ahí. No hay muchas personas, de hecho, no hay casi nadie, está prácticamente vacío.

Pongo mi mochila a un costado y me siento sobre la tabla, comienzo a impulsarme un poco con pies. El metal no tardar en chirriar, advirtiendo la debilidad del metal, dejó de moverme y me dedico a observar un punto fijo, sin mirar nada en especial. Apoyo mi mejilla en la cadena del columpio.

—¿Qué haces aquí? —Miro a mi derecha, y justo ahí, en el otro columpio se encuentra Steve.

Sus ojos poseen un brillo de diversión.

—Ni yo misma lo sé.

Es cierto, ni siquiera sé porque sigo aquí, como una idiota.

El metal comienza a chirriar, y enseguida veo al castaño meciéndose, parece un niño pequeño, un niño bastante guapo. Mis mejillas no tardan en calentarse debido a mi pensamiento y trato de esconderme detrás de mis cabellos, aunque es imposible.

Disfruto de la hermoso vista que es verlo disfrutar. Sus cabellos se mueven en todas direcciones por la brisa, y una linda sonrisa alumbra en sus labios.

Es horrible no poder recordar a las personas que te rodean, ni saber quien eres y saber que te hace ser tú, eso que te hace especial y te diferencia de los demás. Perdí mí esencia, lo sé, y quizás nunca la recupere. Ahora sólo puedo avanzar, seguir adelante y si en el camino logró recordar algo, será perfecto.

—¿Cuál es nuestra historia? —Inquiero de manera curiosa.

Steve frena con ayuda de sus pies. Se gira y clava su mirada en mí.

—No tenemos una, pero si tú quieres, podemos escribirla —Una sonrisa tierna alberga sus labios.

Siento el rubor invadir mi rostro debido a su comentario, él no tarda en notarlo y ríe levemente, pero no es una risa llena de burla, sino es de aquellas que cargan ternura.

—¿Te apetece algo de comer?—Asiento—, entonces vamos. Conozco un lugar cerca donde venden unos deliciosos pasteles.

Se levanta del columpio y me ofrece la mano para acompañarlo. Tomó mí mochila y la coloco sobre un hombro. Acepto su mano y me ayuda a levantarme.

Comenzamos a caminar por el parque hasta que salimos a la avenida.

—¿No deberías estar en clases?.

Observo su rostro y lo reírse como si hubiera cometido una gran travesura de la cual solo él sabe.

—Se supone que estoy enfermo.

Lo analizó completamente  y no detecto nada malo en él. Su piel no está pálida, su nariz no está roja al igual que sus ojos, y no creo que tenga fiebre, porque cuando lo toqué, su temperatura era completamente normal.

—Yo te veo en perfectas condiciones —Eso le causa otra carcajada—¿Por qué te ríes?.

—Eres muy inocente, Olivia.

Y entonces logró entender lo que ha hecho. El muy hijo de su santa madre a mentido para faltar a clases. Jamás me lo hubiera imaginado de él, no tiene ese aire de chico problemática o que no le importa el colegio.

—No pareces de esos chicos.

Él camina más rápido hasta quedar delante de mí y seguido comienza a caminar de espaldas, para mirarme mientras dice las siguientes palabras:

—Los chicos buenos también solemos cometer travesuras —Me guiña un ojo y luego se gira para darme la espalda.

Una leve sonrisa se me escapa ante su comentario.

—Llegamos—Abre la puerta del lugar y se queda justo en la entrada—, las damas primero.

—Entonces, señorita Steve, pase —Hago una reverencia.

Lo veo hacer un puchero de molestia.

—Lo tomaré pero me ofende muchísimo.

No puedo soltar una risotada ante su comentario y mí risa aumenta más al ver que entra. Se siente tan bién olvidar por un momento mí horrible realidad y poder disfrutar un poco del momento.

El lugar es sencillo, las paredes son blancas con delegadas líneas negras que tienen forma de las especialidades del lugar.  Lámparas cuelgan del techo, cada una sobre una mesa. Las mesas son rectangulares, de color café al igual que las sillas. El lugar es poco amplio que solo logran tener seis mesas. Y en el fondo del local se encuentra el mostrador, donde se puede apreciar cada una de las delicias que sirve este lugar.

El olor tan delicioso comienza a alborotar a las pequeñas lombrices de mí estómago, haciendo que se insoportable el hambre que poseo.

Camino detrás de Steve hasta llegar a una de las mesas que están cerca de la venta, obteniendo una bella vista de la calle. Me siento frente a él y en la silla de al lado colocó mí mochila.

Un un hombre mayor nos toma el pedido, Steve ordena dos pasteles de chocolate y dos jugos. Él hombre se retira y promete volver en seguida.

Nos volvemos a quedar en completo silencio, sin saber que decir. La incomodidad comienza a sentirse y como medio de escape empiezo a observar las paredes del lugar, rogando a Dios que pronto podamos establecer algún tipo de conversación, y como si mis súplicas fueran escuchadas, Steve habló.



Nefelibata

Editado: 27.09.2020

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