Cadáver Exquisito

EL GATO EN LA VENTANA

Hola, me llamo Michín, que nombre tan marica pero bueno, así decidió llamarme la señora Gladis. Una anciana de 70 años, de piel pálida verdosa, de dientes amarillos con manchas cafés, producto de tanto tinto que tomó a lo largo de los años y de los cigarrillos que se fumó para acompañar su bebida negra. De cabello largo, color rojo prostituta, y siempre vestía de café.

Ella era una mujer muy diferente unos años atrás según me contaron mis amigos. Ellos vivieron con la señora Gladis por muchísimos años, yo tan solo viví con ella cuatro. Era imposible soportar una semana más viviendo en esa mierda que ella descaradamente llamaba hogar. La vida de ella cambió después de su jubilación, era profesora en un colegio del estado y cuando llegó el momento de pensionarse su vida se volvió un caos, ya no tenía una rutina diaria que seguir, al parecer eso fue dañando un poco su mente.

Su familia no la visitaba, sus hijos si al caso la llamaban en diciembre para navidad. El esposo murió algunos años antes que ella se pensionara, lo cual creo yo, que ayudó mucho a que se transformara en lo que fue en la última etapa de su vida, una vieja fea y amargada.

Toda la familia se olvidó de la señora Gladis, bueno casi todo el mundo a excepción de su hermano Carlos. Él llegaba todos los domingos al medio día. En cuanto su hermana escuchaba que él llegaba, nos encerraba a todos en su habitación, era la única recámara con puerta. Nos dejaba encerrados hasta que su hermano se iba.

En cuanto don Carlos abría la puerta para entrar, sacaba un cigarrillo de su camisa, se lo fumaba con gusto con tal de repeler el nauseabundo aroma que provenía del interior del apartamento. Abría las puertas de par en par y en algunas ocasiones, era evidente en su rostro las ganas de vomitar. Ponía una mano sobre su boca y aguantaba la respiración. Fumaba una bocanada de su cigarrillo, se quedaba mirando hacia afuera con la mirada resignada y llena de tristeza.

En cuanto fumaba su primer cigarrillo ingresaba de nuevo al apartamento para sacar un viejo parqués que tenían dentro de un cajón. La señora Gladis y su hermano empezaban a jugar parqués toda la tarde. De vez en cuando el señor Carlos salía del apartamento a fumarse otro cigarrillo, no soportaba el olor del lugar.

Llegaban las 5 de la tarde, maldita hora era cuando él se iba y nos dejaba de nuevo encerrados, una semana más con esta maldita bruja. Don Carlos alistaba sus cosas, sacaba otro cigarrillo del bolsillo de su camisa, se lo fumaba afuera del apartamento. Yo lo veía por la ventana de la habitación de la señora Gladis, mirándolo, esperando se apiadara de mi mirada melancólica y desesperada. No deseaba continuar un día más en ese horrible y a asqueroso lugar. Él se terminaba de fumar su cigarrillo y respiraba profundamente. Me miraba y me decía:

―Adiós ojito.

Maldito payaso. De inmediato se marchaba y nos dejaba una semana más con esa anciana de mierda. Todas las semanas, era la misma rutina.

Hubo una ocasión que recuerdo bien. Anocheció, el sol se escondió en el cielo llevando oscuridad a ese viejo apartamento. Ella se acostó en su cama, encendió su televisor, buscando alguna novela barata o algún programa de esos que absorben la inteligencia de los humanos (pffff inteligencia).

Nos moríamos de hambre y empezamos a maullar (la anciana tenía dos perros en la casa, quienes se lanzaban sobre nosotros cada vez que maullábamos de hambre). Desesperada por nuestras suplicas hambrientas, la señora Gladis se levantó de su cama, arrojó al suelo gordos de pollo crudo, que siempre nos llevaba para cenar, y allí en un rincón de la habitación de atrás, donde yo y mis 5 amigos gatunos vivíamos, empezamos a comer esa porquería. Era lo único que nos daba para alimentarnos y eso es preferible a nada.

No quiero sonar quejón, pero los malditos perros hipócritas, comían lo mismo que nosotros y ellos estaban de parte de la señora. Nos atacaban cada vez que pedíamos o maullamos por comida o por un mejor trato, ellos eran sus fieles sirvientes.

En una ocasión recién llegué, empecé a pedir comida, rasgué el sofá en el que ella estaba sentada para llamar su atención. La señora de una patada me alejó diciendo:

―Este gato hijueputa.

Enseguida se lanzó sobre mí, Tony ―ese si tiene un nombre más marica que el mío―, y me mordió, me arrancó la mitad de mi colita y con su maldita garra me arrancó un ojito. Bueno ya comprenden por qué el chiste del estúpido humano llamado Carlos, llamarme ojito.

Que decepción de la vida. Los infelices caninos dormían en la cama de la señora junto con ella, mientras que nosotros teníamos que dormir en la habitación de atrás del apartamento, lugar que cuando yo llegué, los habitantes de este lugar (gatos y perros), habían tomado como baño. Sí, claro que si había patio, pero el patio del apartamento al igual que esa habitación estaba lleno de mierda y orines de gato y perro. Por supuesto que yo también colaboré en ello, pero no podía aguantarme toda la vida esperando un lugar con arenita para poder cagar tranquilo.



Andrew Blacksmith

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Editado: 06.04.2018

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