La noche caía pesada sobre Morigakure. El aire era frío y extraño, como si el mundo supiera que algo importante acababa de ocurrir. El llanto de un recién nacido rompió el silencio. Kiro Aizawa había llegado… y en ese instante, aunque nadie lo entendiera aún, el destino empezó a moverse.
Takumi lo sostuvo con cuidado, acercándolo a su pecho.
—Kiro… mi pequeño… estás a salvo…
murmuró con dulzura, mientras sus manos temblaban apenas, no de miedo, sino de emoción.
Pero detrás de ella, Daichi Inoue no compartía esa calma. Permanecía de pie, inmóvil, con la mirada fija en la ventana, como si la oscuridad lo estuviera esperando.
—Tengo que irme.
dijo finalmente.
Takumi giró de inmediato.
—¿Ahora?... Daichi, acaba de nacer…
su voz tembló, entre sorpresa y enojo contenido.
Él no respondió al instante. Solo desvió la mirada un segundo, como si le costara decir lo siguiente.
—No se te olvide que nuestra nación es la más débil… y por eso se podrían aprovechar.
—Siempre es lo mismo contigo…
murmuró ella, bajando la mirada al niño.
—Siempre hay algo más importante…
Daichi dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo.
—Y escúchame bien… protégelo.
El tono hizo que Takumi levantara la vista de golpe.
—¿Protegerlo de qué…?
Hubo un breve silencio.
—Porque ese niño no es alguien común… su destino será más grande que esta guerra… incluso que nosotros.
Takumi apretó a Kiro contra su pecho.
—¿De qué estás hablando…?
Daichi no respondió de inmediato. Bajó levemente la mirada, y en voz más baja dijo:
—Confía en mí.
Luego se fue.
La puerta se abrió, el viento entró con fuerza… y después se cerró. El silencio que quedó no era vacío… era pesado, como si algo faltara.
Takumi se quedó inmóvil unos segundos.
—Daichi…
susurró, esperando una respuesta que no llegó.
Bajó lentamente la mirada hacia el niño. Kiro ya no lloraba.
—Oye…
dijo en voz baja, acomodándolo entre sus brazos.
—¿Tan rápido te quedaste tranquilo…?
Sonrió apenas, pero la expresión se desvaneció al instante.
El niño estaba demasiado quieto.
Sus ojos estaban abiertos… fijos.
—¿Kiro…?
acercó un poco más su rostro.
No parpadeaba.
Un leve escalofrío recorrió su espalda.
—Eso no es normal…
murmuró.
Se sentó con cuidado, sin dejar de observarlo.
—Tu padre dice cosas muy raras…
suspiró.
—“No es alguien común”… ¿qué significa eso siquiera…?
Afuera, el viento sopló con más fuerza. La madera crujió. Takumi levantó la mirada hacia la puerta, luego hacia la ventana. La oscuridad parecía más profunda… más densa.
Apretó al niño con más fuerza.
—No sé qué está pasando… pero no voy a dejar que nada te pase… ¿me escuchaste?
El bebé no respondió.
Pero sus ojos…
seguían abiertos.
Observando.
La lluvia comenzó a caer con fuerza lejos de la aldea, extendiéndose rápidamente hasta cubrir los caminos y el bosque. Cuatro figuras avanzaban a toda velocidad montadas a caballo, atravesando la tormenta sin detenerse.
Al frente… Daichi.
Su capa empapada se pegaba a su cuerpo, moviéndose con el viento. La capucha cubría su rostro, dejando ver apenas su mirada firme bajo los relámpagos. El sonido de los cascos golpeando el suelo era constante, urgente.
—No hay vuelta atrás después de esto—
gritó uno de los hombres desde atrás.
—Nunca la hubo—
respondió otro.
Daichi no dijo nada. Apretó las riendas con fuerza, manteniendo la vista al frente. Pero su mente no estaba ahí.
Por un instante… volvió a verla.
Y al niño.
—Hijo…
murmuró en voz baja, casi perdiéndose entre la lluvia.
—Esto lo hago por ti…
El caballo aceleró aún más.
—Tú serás… el próximo legado.
Un relámpago cruzó el cielo.
Y sin detenerse…
los cuatro desaparecieron entre la oscuridad del bosque.