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El motel se llamaba El Descanso del viajero, un nombre ridículo para un edificio que parecía a punto de derrumbarse con la primera tormenta seria. Las luces de neón parpadeaban con un zumbido enfermizo, iluminando el aparcamiento lleno de baches y hierbajos. Kicker había elegido ese sitio porque nadie le preguntaba nada. Nadie miraba dos veces los coches con matrículas de distintos estados. Nadie llamaba a la policía cuando oía disparos por la noche.
Calipso estaba sentada en el capó de un Ford destartalado. Tenía las piernas colgando y un mapa desplegado sobre las rodillas. El sol acababa de meterse detrás de las montañas. Llevaba una chaqueta de cuero negra, demasiado grande para ella porque era de Kicker. Se la había puesto sin pedir permiso hace tres inviernos y nunca se la había devuelto. Usaba unas botas militares con las puntas gastadas de tanto patear cementerios y sótanos.
Alec salió del motel con una lata de cerveza en una mano y el teléfono móvil en la otra. El brazo izquierdo llevaba vendas nuevas. Una cacería reciente le había dejado una marca que tardaría unos días en cicatrizar. Eso tenía su lado bueno: mientras sangrara, el demonio que llevaba dentro se calmaba. Como si la sangre derramada lo calmara.
—Trey ha encontrado algo —dijo Alec, lanzándole una botella de batido a Calipso. Ella la atrapó al vuelo sin mirar.
—¿Qué tipo de algo?
—El malo.
Kicker apareció en la puerta de la habitación, frotándose la cara con una toalla sucia. El pelo canoso le apuntaba en todas direcciones. Llevaba la misma camisa que llevaba los últimos tres días. Estaba manchada de barro y de algo que parecía sangre, pero Calipso sabía que era salsa barbacoa de una gasolinera.
—¿Dónde? —preguntó Kicker con voz ronca.
—Montaña del Oso. Un pueblo pequeño. Desaparecen personas cada luna llena. —Alec consultó el teléfono—. La policía dice que son fugas. Los familiares dicen que no.
—Siempre dicen que no —murmuró Kicker.
Trey salió detrás de él. Llevaba un grimorio abierto bajo el brazo y unas gafas de lectura que le daban un falso aire de profesor universitario. Si no supieras que era inmortal, podrías pensar que tenía unos treinta y cinco años bien llevados. Pero Calipso lo sabía. Había visto fotografías viejas. Trey se veía igual que en los ochenta y en los noventa. Igual que siempre.
—He estado leyendo sobre la zona —dijo Trey, sentándose en una silla de plástico que crujió bajo su peso—. Hay historias sobre una criatura llamada el Cazador de la Cresta. No es un hombre lobo normal. Las marcas en los cuerpos no coinciden con las mordeduras de lobo. Son más largas. Más afiladas.
—¿Entonces qué es? —preguntó Calipso.
—No lo sé todavía. Pero tengo una teoría.
—Siempre tienes una teoría —dijo Alec.
—Y casi siempre acierto.
—Casi.
Kicker los ignoró. Caminó hasta el coche de un solo paso decidido, se apoyó con ambas palmas en el techo y se inclinó sobre el mapa de Calipso, estudiando de cerca los detalles.
—¿Dónde está ese pueblo?
—Tres horas al norte —respondió ella, señalando con un dedo—. Hay un bosque nacional alrededor. Terreno complicado. Muchos sitios donde esconderse.
—Mejor para nosotros.
—O mejor para él —dijo Alec.
Kicker lo miró por encima del hombro.
—¿Sigues con eso?
—Solo digo que no sabemos qué estamos cazando. Cada vez es más difícil. Las cosas que andan sueltas ahora no son como antes. Son más viejas. Más listas.
—Y nosotros también —dijo Calipso.
Alec la miró. Por un segundo, su rostro se suavizó. Luego volvió a su expresión habitual de fastidio permanente.
—Tienes razón —admitió a regañadientes—. Pero no te acostumbres a oírlo.
Trey cerró el grimorio con un golpe seco.
—Salimos en una hora. Preparad las armas. Quiero salmón y plata. Y traed las linternas ultravioleta por si acaso.
—¿Por si acaso qué? —preguntó Calipso.
—Por si acaso no es un lobo.
Prepararon el equipo en silencio. Era un ritual que habían repetido cientos de veces. Cada uno tenía su papel. Kicker revisaba las armas, comprobaba los cartuchos de sal, de plata y de acero bendito. Alec afilaba sus cuchillos con una piedra que llevaba años usando. Sus garras podían hacer más daño que cualquier hoja. Prefería no usarlas a menos que fuera necesario. Decía que cada vez que las sacaba se sentía menos humano. Trey nunca le preguntó cuánto le quedaba.
Calipso se encargaba de las trampas. Eran pequeños artefactos de su invención: botes de aerosol con agua bendita y ajo pulverizado, cables trampa con campanillas para detectar movimientos en la oscuridad y bengalas modificadas que ardían con fuego griego. Había aprendido por necesidad. A veces sentía una especie de consuelo en construir esas cosas, como si los mecanismos y fórmulas fueran un idioma propio en el que sí podía confiar. Saber que sus ideas mantenían a salvo a los demás le daba un propósito, aunque en ocasiones también le pesara la responsabilidad. Cuando eres mitad demonio y tu única familia son tres cazadores traumatizados, aprendes a ser útil.
El coche arrancó con un rugido. Alec al volante, Trey en el asiento del copiloto con el grimorio abierto otra vez, Kicker y Calipso atrás. Nadie habló durante los primeros veinte minutos. La carretera se extendía oscura y recta, flanqueada por pinos, iluminados por la luz de la luna llena. Calipso la miró por la ventanilla y sintió algo moverse dentro de ella. Algo que no era humano. Algo que se retorcía cuando la luz de la luna le tocaba la piel.
Cerró los ojos. Respiró hondo. Contó hasta diez.
Kicker reparó en su tensión. Se acercó, le puso la mano firme en el hombro y apretó con intención hasta notar que Calipso respiraba más calmada. No necesitó palabras.
El pueblo se llamaba Piedra Escarlata, aunque Calipso no vio ni una sola piedra roja en todo el camino de entrada. Era de esos sitios que parecían congelados en los años cincuenta. Una calle principal con un bar. Una iglesia. Una tienda de ultramarinos. Un cartel que decía «Bienvenidos» con la letra B medio borrada. Los coches aparcados eran todos viejos. Las casas tenían las luces apagadas aunque apenas eran las diez de la noche.
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Editado: 27.04.2026