Campanas de Medianoche.

CAPÍTULO 3. Cómplices.

“Todos necesitamos alguna vez a un cómplice. Alguien que nos ayude a usar el corazón”.

Mario Benedetti.

 

Rose Fleming.

 

Rose estaba ansiando llegar. El clima estaba helado, sentía que el aire le cortaba cada vez que tocaba su piel, mientras sus dientes castañeaban sin parar y la delgada tela del chal que llevaba puesto, no ayudaba para nada. En eso, sintió que algo se deslizaba sobre sus hombros, tapándole los brazos.

- Estás temblando, bella – dijo Lemus mientras la cubría con su chaqueta.

Incrédula y sin saber bien qué contestar, Rose se aferró a la chaqueta, agradeciendo enormemente estar de espaldas a él, para que no pudiera notar el calor que había invadido su rostro. En un suspiro casi inaudible le dijo:

- Gracias.

Ya alcanzaban a ver la iglesia de cerca, sus grandes picos destacan desde la distancia, y el campanario era imponente, haciendo imposible no verla; la pintura estaba desgastada por el paso de los años, por lo que se tornaba algo grisácea, pero con todo, y eso era magnífica. Llegaron primero que los demás, como era de esperarse.

Parquearon en la entrada, y bajaron de la moto; era la primera vez que Rose traía a alguien a este lugar, siempre habían sido solo Enzo y ella, le costaba un poco estar rodeada de personas y más aún confiar en ellas, pero hoy había sido un buen día, la misión fue todo un éxito, lograron cargar todos los suministros antes que los conductores despertaran, y se habían ido sin dejar rastro. El viaje de regreso tampoco había estado tan mal, Lemus había logrado hacerla reír en varias ocasiones; cuando quería podía ser bastante agradable, aunque la mayoría de las veces fuera un completo idiota.

En ese momento la puerta de la iglesia se abrió de repente, y una enorme bola de pelos amarilla salió por ella.

- ¡Misifuz! Regresa inmediatamente dentro, - gritaba una mujer a un gato, que apenas podía caminar de lo gordo que estaba -  Era Sophia, la ama de llaves.

Ella y el padre habían sido los responsables de la educación de Rose y Enzo, los habían criado y amado como si fueran una familia, eran todo lo que tenía; por eso, cuando vio a la mujer fue inevitable que una gran sonrisa se dibujara en su rostro.

- ¡Sophia! Dijo mientras avanzaba a zancadas hacia ella, ¿Qué estás haciendo despierta? Es más de la medianoche.

La mujer la miró con ternura, como siempre lo hacía, y la apretó en un fuerte abrazo, depositando un beso en su coronilla. Sophia era una de las personas mas bondadosas que existía, con sus grandes ojos verdes y cabello rubio y liso como la seda, el cual siempre llevaba en un perfecto moño amarrado en la nuca, era bastante alta y tenía una figura esbelta que la hacía parecer de la realeza, a Rose, siempre le había parecido absurdo que no se hubiera casado.

- La última vez que me fije, ya era mayor para que me pusieran horas de dormir- dijo Sophia, aun sin alejarse ella.

- Sabes a lo que me refiero, si el Régimen te ve afuera… - no pudo terminar lo que estaba diciendo porque Sophia tenía la mirada fija en algo, o más bien alguien a sus espaldas – ¡Mierda! - se había olvidado por completo de Lemus.

Poco a poco Rose, se fue separando de la mujer mientras volteaba lentamente, solo para encontrarse de frente con la sonrisa burlona de Lemus, quien la estaba observando encantado.

- Disculpe, dijo dirigiéndose a Sophia – No era mi intención interrumpir.

Rose puso los ojos en blanco, el idiota quería lucirse, y por lo visto Sophi cayó redondita.

- ¡Oh!, no te preocupes muchacho – dijo paseando la vista entre ambos, mientras ampliaba la sonrisa -  hace tiempo que quería conocer a los nuevos amigos de mi Rose.

Lemus le devolvió la sonrisa, a la vez que le hacía un guiño a Rose. Imbécil.

- No somos amigos – espetó ella cortante

Ambos la miraron al instante, Sophia tenía el ceño fruncido, con expresión interrogante, Lemus, solo se limitó a entrecerrar los ojos, dando un paso adelante.

- Y entonces ¿Qué somos, bella?

Y dale con lo de bella, pensó, frunciendo los labios.

<Puede que trabajemos juntos, y que nos ayudamos mutuamente, pero apenas lo conocía, y estaba segura de que él pensaba lo mismo. Así que definitivamente AMIGOS, no era la palabra para lo que éramos>.

Sin apartar la mirada respondió:

- Somos cómplices de la misma realidad. - Dijo con seguridad, cruzando los brazos.

Lemus, ladeo la cabeza como analizando su respuesta, luego la miró y sonriendo dio un asentimiento con la cabeza.

<Como si yo necesitara su aprobación, pensó Rose>

Dicho esto, se agacho para alzar en brazos a Misifuz que había llegado hasta sus pies y estaba ronroneando para llamar la atención y se dispuso a entrar en la iglesia, pero no sin antes notar la mirada que le dio Sophia a Lemus ni mucho menos cuando le dijo:

-    Deberíamos entrar muchacho, está helando acá afuera.

 

Melisandre



ShadiSaad.

#249 en Detective
#138 en Novela negra
#1057 en Joven Adulto

En el texto hay: romace, aventura, distopia

Editado: 07.07.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar