Cartografía De Un Alma En Penumbra: Nox Tucker. #1

Capítulo VIII —Parte III

La lámpara roja dejó de parpadear.

El cuarto volvió a quedar en una luz estable, espesa.

Nox se levantó de la silla con un movimiento lento, como si estuviera cuidando cada gesto.

Fue hasta la mesa.

Abrió un cajón.

Sacó un cuaderno.

No uno improvisado.

Uno usado.

Las esquinas dobladas.

Muchas páginas marcadas con pestañas de colores.

Lo sostuvo contra el pecho un segundo.

Luego lo abrió frente a Ian.

—No improvisé —dijo.

Giró el cuaderno hacia él.

Dibujos.

Planos pequeños.

Una casa vista desde arriba.

Cuartos marcados con tinta negra.

“Estudio”.

“Habitación”.

“Cuarto extra”.

Ian no habló.

Nox pasó la página.

Una lista.

Nombres.

Combinaciones escritas con cuidado.

Algunos subrayados.

Otros tachados.

—No es una fantasía —dijo ella con voz firme—. Es un plan.

Se acercó un paso más.

Ian podía ver su respiración mover apenas el cuello del traje oscuro.

—Podemos irnos lejos. Donde nadie nos conozca. Donde nadie nos mire raro. Donde no tenga que explicar quién soy todo el tiempo.

El mar golpeó más fuerte esta vez.

El sonido se filtró por las paredes.

—Yo solo quiero algo normal —continuó.

La palabra “normal” quedó flotando.

Se arrodilló frente a él.

No para intimidar.

Para quedar a su altura.

—Despertar y que estés ahí. Cocinar. Trabajar. Volver. Reírnos. Tener una rutina.

Sus manos se apoyaron sobre sus propias rodillas.

No lo tocó.

No todavía.

—Quiero una casa con ventanas grandes. Quiero pintar las paredes. Quiero que haya plantas. Quiero que nadie me mire como si estuviera rota.

Ian respiró lento.

Ella no lloraba.

No gritaba.

No había histeria.

Había una intensidad limpia.

Peligrosa.

—Quiero dejar de ser la rara. La intensa. La que incomoda.

Se inclinó apenas hacia adelante.

—Contigo no me siento así.

Silencio.

Ian la miró.

—Pero no puedes empezar algo reteniendo a alguien.

Nox negó suavemente con la cabeza.

—No te estoy reteniendo para siempre.

La frase cayó con peso.

—Solo necesito que te quedes lo suficiente para entender que esto puede funcionar.

Se levantó de nuevo.

Caminó hacia la ventana.

Corrió un poco la cortina.

La luz azul del atardecer se filtró en el cuarto, mezclándose con el rojo.

El espacio se volvió violeta.

Extraño.

—Allá afuera —dijo mirando el mar— todo es ruido. Aquí no.

Volvió la vista hacia él.

—Aquí podemos empezar limpio.

Ian forzó las cuerdas otra vez.

El roce quemó un poco la piel.

Nox lo vio.

Caminó hacia él.

Se agachó lentamente.

Esta vez sí extendió la mano.

Tocó la cuerda.

No la apretó.

No la soltó.

Solo la sostuvo.

—No quiero hacerte daño.

Su voz bajó.

Ya no era discurso.

Era deseo.

—Yo solo… quiero quedarme.

El mar volvió a romper contra las rocas.

Más fuerte.

Más constante.

Ian la miró con firmeza.

—La felicidad no se construye así.

La frase no fue dura.

Fue clara.

Nox retiró la mano despacio.

Se levantó.

Caminó hacia la puerta.

La abrió apenas.

El pasillo estaba oscuro.

Antes de salir, lo miró una última vez.

—Yo también merezco ser feliz.

No había desafío en la frase.

Había una convicción dolorosa.

Cerró la puerta.

El sonido del seguro girando fue pequeño.

Pero definitivo.

El cuarto quedó en silencio.

Solo el mar.

Y la respiración de Ian.

Y, en otra habitación, el cuaderno abierto sobre una mesa, mostrando una casa dibujada con precisión obsesiva.

Una casa donde solo una persona había decidido el futuro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.