Cenizas de Valdoria

Capítulo 11

La noche en Zerakth no era sinónimo de descanso, sino de una vigilia tensa. Un soldado avanzaba a paso rápido por los pasillos de piedra, portando una orden directa del trono.

Al llegar a los aposentos de Rhaegor, se detuvo frente a la pesada cortina que servía de entrada.

—¡Rhaegor! —llamó el guardia, pero solo el silencio le devolvió el saludo—. ¡Señor Rhaegor! —insistió, alzando la voz.

Ante la falta de respuesta, el soldado apartó la cortina con cautela. El interior estaba bañado por la luz vacilante de las velas. Rhaegor no estaba solo; compartía un momento de calma y confidencia con una mujer de Zerakth.

Al notar la intrusión, la mirada del general se volvió de fuego. Se puso en pie, le pidió a la mujer que aguardara y salió al pasillo, emanando una furia contenida.

—¿Qué quieres? —gruñó Rhaegor, encarando al mensajero.

—El Rey Dáreion exige su presencia ahora mismo, señor.

Rhaegor soltó un bufido de fastidio puro.

—Estoy en medio de mi descanso. Si es por la estrategia de mañana, dile a Dáreion que ya lo tengo bajo control. No necesito repetir las órdenes a mitad de la noche.

Rhaegor hizo amago de volver a entrar, pero las palabras del soldado lo anclaron al suelo.

—Ha habido un cambio de planes, señor. Un mensajero de Valdoria acaba de salir de la sala del trono.

Rhaegor se detuvo en seco. Sus ojos se entrecerraron, procesando la información.

—Maldita sea... solo interrumpen —gruñó. Sin decir más, le dio un topetazo al guardia al pasar y se encaminó hacia la sala del rey con paso pesado.

En el trayecto, una sombra se desprendió de una columna. Era Tharon, quien había estado esperando el momento de interceptarlo.

El joven se interpuso en su camino con una urgencia que rozaba la desesperación.

—Rhaegor, tengo algo importante que decirte.

Rhaegor no redujo la velocidad.

—Dilo rápido —respondió, sin siquiera mirarlo.

Tharon tuvo que trotar para seguirle el ritmo, sus palabras cargadas de un veneno que no podía ocultar.

—Es sobre el extranjero, sobre Halvar. No creo que deba marchar con nosotros mañana. Lleva poco tiempo aquí, sus lealtades son dudosas... podría traicionarnos en el momento más crítico.

Rhaegor se detuvo de golpe. La brusquedad del movimiento hizo que Tharon retrocediera un paso. El general puso sus manos sobre los hombros del joven, apretando con una fuerza que hizo que Tharon tragara saliva con dificultad.

—Ya te dije que no me importa su linaje —sentenció Rhaegor, su voz bajando a un tono peligroso—. ¿De verdad crees que si ese cachorrito intenta traicionarnos podría hacernos algo? Deja de buscar enemigos donde no los hay. Enfócate en estar listo para mañana y mantén los ojos bien abiertos. Nuestros enemigos están fuera de esos muros, no dentro de ellos.

Rhaegor lo soltó con brusquedad y retomó su camino.

Tharon se quedó inmóvil, observando cómo la sombra de Rhaegor se agigantaba contra las paredes de piedra antes de desaparecer en la oscuridad.

Soltó un bufido de frustración y apretó los puños; mañana no solo pelearía por Zerakth, pelearía para demostrarle a su ídolo que Halvar no era más que una sombra comparado con él.

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En la sala del trono, el silencio solo era interrumpido por el siseo metálico de una daga.

Rhaegor estaba sentado, girando el arma entre sus dedos con una destreza hipnótica, mientras escuchaba las palabras del Rey Dáreion.

—Entonces... tendrás que enfrentarte a Altheris —concluyó Dáreion, observando la reacción de su general.

Rhaegor detuvo el movimiento de la daga y clavó su mirada en el rey. Sus ojos no mostraban miedo, solo un cálculo frío.

—Entiendo —respondió con voz gélida—. Uno contra uno. El que gane se queda con todo; el perdedor entregará sus tierras y será borrado de la historia.

Rhaegor torció el gesto en una mueca que era mitad sonrisa, mitad desprecio. Dáreion lo observó por el rabillo del ojo, tratando de leer la sombra de duda que pudiera haber en el guerrero.

—¿Lo harás? ¿O crees que esto no es más que una trampa de Valdoria para ganar tiempo? —preguntó el rey, con la sospecha grabada en el tono de voz.

—Lucharé contra el rey de Valdoria —sentenció Rhaegor con una tranquilidad que erizaba la piel—. Ya nos hemos cruzado en el pasado, y sé qué tipo de sangre corre por sus venas. La gloria nos espera mañana al mediodía bajo el sol del desierto.

Dáreion soltó un suspiro profundo, permitiéndose un momento de alivio. Sabía que, si Rhaegor aceptaba, la corona de Valdoria estaba a solo un golpe de espada de distancia.

—Así será —replicó el monarca.

—Ja... —Rhaegor se puso en pie, guardando la daga con un movimiento seco—. Espero que Altheris no cambie de opinión a última hora, porque no permitiré que escape de su destino. Mañana, el desierto beberá sangre real.

Rhaegor se dirigió hacia la salida, pero se detuvo antes de cruzar el umbral.

—Manda a un soldado a informar al resto sobre el cambio de planes. Yo me iré a descansar.

Dáreion asintió en silencio, observando cómo su mejor arma abandonaba la sala.

Rhaegor salió a los pasillos, con la mente ya puesta en el duelo que definiría el futuro de dos imperios, mientras el eco de sus pasos resonaba como una sentencia de muerte para el Reino de la Paz.

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En el silencio de la noche, Halvar permanecía junto a la ventana de piedra, observando el firmamento.

Las estrellas de Zerakth parecían más frías y afiladas que las de su hogar, pero tenían un brillo que lo hipnotizaba. Su mente no dejaba de dar vueltas al duelo del mediodía: Altheris contra Rhaegor.

El destino de dos mundos se decidiría en un solo choque de acero, y él estaría allí, en primera fila, portando los colores del que antes era su enemigo.

Un ligero roce de seda contra el suelo anunció su llegada. Vespera apareció tras él, moviéndose con esa gracia espectral que la caracterizaba.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 27.04.2026

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