Che Ardhait: El Equilibrio de las Almas

Capítulo I

Capítulo I

Absorta completamente en su pequeño mundo. Su habitación era el universo que ella desease, y esto no era una broma: Sus paredes eran testigos constantes de como el color blanco que los recubría creaba un montón de nuevas constelaciones, un sinfín de estrellas o las ocurrencias más frenéticas -la última, cruzar una tarántula con oso pardo casi la devora al envolverla en su inmensa telaraña- tenían lugar en su mundo de 5x5, que entre los saltos de felicidad al saltar con sus peluches o hacerlos levitar por las ilusiones que creaba para su propio deleite, la pequeña Amelia -aún llamada Áshleuhm por los suyos- jugaba sin el menor de las preocupaciones en su pequeña fantasía que formaba con su prodigiosa mente creadora. Absorta, era parte del proceso de este mundo infinito, sin siquiera sospecharlo.

Absorta también de todo lo que sucediese alrededor. Una niña de tan solo 3 años nunca podría comprender motivos secretos en las sugerencias de su madre. "Andate a jugar Áshleuhm, Divertite" era una constante a una cierta hora del día, donde su madre ensombrecía su semblante y su padre llegaba del trabajo. Imposible para la aún no Amelia que una acción conllevaba a la otra, en un penoso caso de causa-efecto.

Su mundo era demasiado perfecto -salvo por las pequeñas abominaciones creadas por ella, que su madre debía arreglar con unas palabras que ella no entendía y un movimiento curioso de manos- como para que pudiese distraerse. Demasiado ruidoso como para escuchar, en la mayoría de los casos, golpes secos y llantos reprimidos, aunque, nunca falta una primera vez para nada, ni siquiera para las situaciones más terribles.

Fue en un breve lapso, solo un momento. Cuando se desprendió del Pegaso -que su mamá solo le recomendó imaginar, debido a los terribles gastos que conlleva mantenerlo- y cayó sin ningún tipo de sostén al suelo, lo escuchó. El golpe era en realidad la distancia entre su cama y el piso, pero deshizo la parafernalia que ayudaba a divertirle y quedó en absoluto silencio. Oyó un pequeño llanto, al que no pudo resistir seguirlo con el oído hasta pegarse a su puerta.

 

-Lo siento... ¡no puedo evitarlo, es una nena!

 

-¡No voy a permitir que estés criando un monstruo!

 

Pegada a la puerta, no podía dimensionar a quién se refería tal acusación. La discusión iba por el clímax, donde los ánimos estaban en lo más altos y su nombre ya había sido mencionado varias veces. No podría entender tampoco que su padre juzgue así a su propia sangre, a su pequeña. Tal vez, escuchar a su padre tan furioso y a su madre con el habla empapada en llanto era el momento en que su inocencia, su bondad innata estaba a punto de quebrarse.

Abrió la puerta lo suficientemente despacio para que no hiciese rechinido que acostumbra. Se recostó en el refrigerador, enorme para su pequeño cuerpo, y la escena quedó clara: Su madre, asustada y tendida casi contra el aparador de la larga cocina comedor. La casa, que giraba en torno a ese largo trecho y a cuyos lados se desprendían las habitaciones, hizo suponer que la niña, sumida en su fantasía, no se percataría nunca de esta situación, más común de lo habitual.

 

Su madre, Diana, pedía compasión, sino clemencia a su furioso marido, que ya le había encajado una nueva cachetada y se había arrodillado. La pequeña niña se encontraba al borde de las lágrimas.

 

-Escuchame bien, ¡me cansé ya de escuchar que tengo un fenómeno! -amarrándose a Diana de su blusa con vehemencia- ¡Decime cómo se soluciona! ¡Tu culpa es!

 

-¡No puedo hacer nada! ¡Vos no entendés Rubén! Por favor, no le hagas nada a Áshleuhm.

 

-¡Que no se llama así! -azotó a corta distancia a Diana contra los cajones- ¡Le vas a poner un nombre cristiano! ¡Decente! y le vas a quitar esas brujerías que hace, ¡mi hija va a dejar de ser un monstruo!

 

-¿Papá?...

 

El rostro encolerizado de su padre había cambiado súbitamente de expresión. Volteó de forma violenta hacia la heladera, donde vio los pequeños, casi anaranjados cabellitos que sobresalían al borde del electrodoméstico blanco. Se levantó con porte de gigante, como si venía a aplastar a un pequeño duende que lo molestaba. Su madre se amarró del pie suyo, aunque de una sacudida se la quitó de encima.

La niña huyó de nuevo a su pieza, donde no pudo siquiera resistir uno de los embistes de su padre, que al empujar la puerta la llevó de lleno contra su cama. Echó a llorar, aunque a su padre, furibundo, no le importaba nada. No le importaba la pesada misión que desarrollaría en el mundo, no le importaba el legado de su gran abuelo Ántrarux, ni el equilibrio de la creación. Solo buscaba desprender ese lado mágico a como dé lugar.



Victor M. Duarte

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Editado: 24.03.2018

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