Neya
La vida universitaria en el campus siempre me había parecido un torbellino de libros, exámenes a última hora y cafés fríos, pero todo eso pasaba a un segundo plano cuando estaba con ellos. Tomás y yo estábamos sentados en el césped del patio central, compartiendo un sándwich a medias mientras repasábamos los apuntes de la clase de administración. Tomás no solo era mi compañero de carrera; era mi mejor amigo, mi confidente y el hermano del hombre que me hacía experimentar las famosas cosquillas en la barriga con solo mirarme.
—Neya, si no dejas de morderte el labio por el examen de mañana, le diré a Harry que te lleve a cenar para que te distraigas —se burló Tomás con una carcajada limpia y ruda, empujando mi hombro con complicidad.
—No te burles, Tomás. Si repruebo esta materia, mis hermanos me van a dar el sermón de mi vida —respondí con una sonrisa, sintiendo una seguridad verídica al tenerlo cerca. Nuestra amistad era pura, un lazo inquebrantable que compartíamos desde el primer día de ingreso.
En ese momento, una sombra imponente se proyectó sobre nosotros. Alcé la vista y mi corazón dio un vuelco salvaje. Harry estaba de pie frente a mí, vistiendo su chaqueta universitaria que resaltaba su cuerpo fornido. Sus ojos oscuros, cargados de una suficiencia y un orgullo que me volvían loca, se suavizaron por completo al cruzarse con los míos.
—Deja en paz a mi prometida, Tomás —siseó Harry con una voz ronca que me erizó la piel, extendiéndome una mano grande y firme para ayudarme a levantar.
—Solo la ayudaba a estudiar, hermano. No te pongas en tu plan posesivo y sumamente sexi desde temprano —bromeó Tomás, levantándose también y sacudiéndose los pantalones.
Harry me tomó de la cintura con una fuerza protectora, anulando los centímetros de distancia entre nosotros para plantarme un beso corto pero hambriento en los labios. Sentir el calor de su cuerpo y ver el anillo de compromiso brillando en mi dedo me hacía sentir la mujer más afortunada del mundo real. Teníamos planes, un futuro pulcro diseñado paso a paso y un amor que parecía indestructible ante cualquier tormenta.
Harry
Ver a Neya reír en el campus era lo único que lograba calmar el temperamento duro que siempre me había caracterizado. La amaba con una locura que a veces me asustaba; ella era mi equilibrio, la pureza que le hacía falta a mi vida. Me gustaba que se llevara tan bien con Tomás, mi hermano menor. Saber que las dos personas más importantes de mi mundo eran mejores amigos me daba una tranquilidad absoluta.
Sin embargo, esa burbuja de felicidad siempre se enturbiaba cuando sentía una mirada fija sobre nosotros.
Al girarme un poco, divisé a unos metros de distancia a Sienna. Estaba de pie cerca del edificio de la facultad, observándonos con los brazos cruzados. Su rostro derrochaba una falsa gracia de diva, pero sus ojos inyectaban un veneno que ya me resultaba crónico y molesto. Sienna llevaba meses metiéndose en mi camino, apareciendo en los mismos lugares y usando barios pretextos ridículos para intentar llamar mi atención, obsesionada con la idea de que yo debía estar con ella y no con Neya.
—¿Pasa algo, mi amor? —preguntó Neya en un hilo de voz, notando la rigidez rústica de mi mandíbula.
—Nada, preciosa —le respondí, forzando una sonrisa y besando su frente para transmitirle una seguridad verídica—. Solo pensaba en lo mucho que deseo que terminemos este semestre para dedicarnos por completo a los preparativos de la boda.
—Oye, Harry —interrumpió Tomás, acomodándose la mochila—. Los muchachos de la facultad quieren armar una salida para festejar que terminamos los proyectos finales. Neya y yo vamos a ir. Deberías escaparte de tus tutorías y alcanzarnos más tarde.
Miré a mi hermano y luego a mi hermosa prometida, quien me miraba con ojos suplicantes llenos de timidez y dulzura.
—Haré todo lo posible por llegar temprano, lo prometo. Cuídala, Tomás. No dejes que ningún idiota se le acerque en la fiesta.
—Con mi vida, hermano —respondió Tomás con suficiencia, sin saber que esa promesa rústica y fraternal se convertiría en su sentencia de muerte.
Nos despedimos con un último beso, y mientras caminaba hacia el auditorio, me crucé con Sienna. Ella intentó marchar a mi lado con prepotencia, derrochando un perfume empalagoso.
—Deberías dejar de perder el tiempo con esa mosquita muerta, Harry. Ella no está a tu altura. Tarde o temprano te vas a dar cuenta de quién es la mujer que verídicamente te merece —me siseó al oído con audacia.
—Aléjate de mí y de Neya, Sienna. No te lo voy a volver a repetir —sentencié con mi voz ronca y helada, dejándola atrás con un desprecio absoluto.
No miré atrás, ignorando el brillo de odio que se encendió en los ojos de Sienna. No tenía idea de que la locura de esa mujer ya estaba tejiendo una red maldita para destruir mi felicidad, y que la salida de festejo de esa noche se transformaría en el peor infierno de nuestras vidas.