Ciudad Arcadia - Felicidad o Libertad

Reencuentro

Uno de los principios fundacionales de Arcadia era el de ejercer la severidad con los hijos, especialmente con los varones. “Mano dura”, era una de las consignas que se repetían a menudo, sobre todo para “domar” a los rebeldes. Y esto solía funcionar. Mi hermano Henry, sin ir más lejos, que siempre contestaba a mis padres y tenía el gen de la rebeldía en la sangre, ya tenía catorce años y, gracias a aquello, ahora era una persona aplicada que se encargaba de cuidar lo poco que nos quedaba de nuestro huerto.

En el caso de las chicas, también se seguía el mismo principio, aunque de manera más laxa; las madres nos mantenían a rajatabla, especialmente en temas de ropa y pudor, que para ellas, era lo más importante.

Mi padre regresó aquella noche, cansado. Trabajaba en un almacén en la ciudad donde había de cargar con cajas y fardos, y era un trabajo fatigoso. Por no hablar de que tenía que hacer el trayecto desde Arcadia en bicicleta, pues no nos llegaba ni para tener un coche propio.

Y pasó lo mismo que en la parábola del hijo pródigo. En mi caso, mi padre no mató al ternero cebado para celebrar mi vuelta, pues ya no nos quedaban animales, pero sí que descorchó una de las dos botellas de vino español de gran reserva que estaban esperando ser abiertas cuando se casara su hija mayor, es decir, para cuando me casara yo. La otra se descorcharía cuando pudiera volver mi madre y lo celebráramos con ella.

Una pena lo de mi madre. Estaba trabajando como yo hice, cuidando a una anciana enferma en la economía sumergida, y no libraba ni un solo día. Aun así, pudimos hablar por teléfono y nos dimos un abrazo simbólico, con la promesa de que le enviaría fotos mías y de Dan.

El caso es que, ya desde ese mismo día, me tuve que poner el delantal y comenzar a hacer de ama de casa, con la única ayuda de Melissa, que, dicho sea de paso, me ayudaba más bien poco. Y todo, por supuesto, con mi hijo encaramado en el portabebés, constantemente.

La casa estaba sucia, desordenada, patas arriba. Mi padre bastante hacía con ir y venir de la ciudad, y no se metía en esas cosas, pero, ciertamente, se echaba en falta a mi madre, ¡y de qué manera!

Fue unos cuantos días después cuando recibí la visita de mi amiga.

El timbre sonó mientras estaba en la cocina, y por un instante se me encogió el estómago, como si esperara otra mala noticia. Fui yo quien salió a la entrada, secándome las manos en el delantal, con Jairo y Sara agarrados cada uno de una mano, y Dan dormido en la mochila de pecho. Me vi reflejada en el cristal de la puerta: despeinada, ojerosa, con tres niños colgando de mí como si fuera un árbol al que nadie preguntó si quería dar sombra.

Cuando abrí, me encontré frente a frente con una chica de complexión ancha —más redonda que la última vez que la vi—, y enseguida supe por qué: estaba embarazada. Además, empujaba un carrito de bebé donde dormía un niño pequeño, con la boca abierta y los puños cerrados.

—¡Lola! ¡Qué alegría! —exclamé.

Nos abrazamos con fuerza, riendo y llorando a la vez, como si hubiera que recuperar de golpe todo el tiempo perdido. Ella me presentó, orgullosa, a sus dos hijos, el del cochecito y el que crecía dentro de su vientre, y yo le conté lo mío: la huida con Ron, la traición, la enfermedad de Dan, el regreso a Arcadia. Cada palabra que salía de mi boca parecía pesar más que la anterior.

—Entonces, ¿dejaron volver a Paul? —pregunté cuando por fin pude respirar.

—¡Sí! —sus ojos brillaron—. Zaldívar (hijo) dio la oportunidad de regresar a todos los expulsados, y casi todos lo hicieron. No te imaginas la alegría que me llevé. Con decirte que… —miró a ambos lados, bajando la voz—: con decirte que lo hicimos tres veces aquella noche… En el granero, claro.

—¿Pasasteis la noche en el granero? —pregunté, conteniendo la risa.

—No, mujer, en el granero solo estuvimos media hora. ¡Pero vaya media hora! —Señaló con la barbilla al bebé del carrito—. Aquí tienes el resultado.

—Ya veo que no habéis perdido el tiempo —dije, riendo—. ¿De cuánto estás ahora?

—De cinco meses. Es que Paul es muy fogoso y… —se inclinó hacia mí y susurró—: y yo también.

Las dos estallamos en carcajadas, un momento de luz en medio de toda aquella penumbra.

—¿Sigue trabajando en la planta? —pregunté, al calmarme.

Su expresión cambió.

—No. Ojalá… La planta ha tenido que despedir a gente. Entre ellos, Paul. Como ahora se cultiva menos, hay menos residuo orgánico, menos biomasa, y…

—Ya —terminé la frase—. Y le tocó a Paul.

—Eso es —asintió, encogiéndose de hombros—. Y es una pena, porque ahora tenemos que conectarnos a la red eléctrica estatal, y eso es carísimo.

La palabra “carísimo” se quedó flotando entre nosotras, como si estuviéramos evaluando su intensidad. Los salarios en la ciudad se habían hundido con tanta gente buscando trabajo al mismo tiempo, y cada factura parecía una amenaza.

—Entonces, ¿en qué trabaja ahora?

—En la ciudad, como casi todo el mundo —respondió—. Está de camarero, en un local de bebidas.

—Anda —dije—. Igual que estuvo Ron en Denver…

—Pues sí, y no me gusta nada, Liz. Tiene de compañera a una mujer de nuestra edad, y no me fío ni un pelo.



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En el texto hay: miedo, amor, frustracion

Editado: 16.04.2026

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