Como en los cuentos de hadas

Era hace una vez... (Elaine)

Una niña que más que nada creía en el amor, una niña que pasaba sus días leyendo acerca de él, mirándolo en la televisión y experimentándolo a través de otros, para ser exactos, a través de los personajes de los libros que tan vehemente leía a diario o de las historias de cuanta obra musical veía.

Siendo la menor de cuatro hermanos, aquella chica tuvo que luchar con uñas y dientes para proteger no solo su gusto por la lectura, sino también el resto de sus pasatiempos, ya que la hacían objeto de burla, sobre todo cuando sus hermanos se percataron de que ella leía novelas románticas a una edad tan corta. Digamos que para ellos simplemente era ridículo creer en todas esas cursilerías.

En su familia la palabra amor no era bienvenida en lo absoluto, ninguno de los hermanos había tenido jamás un ejemplo claro de lo que ese sentimiento era o significaba, sus padres tampoco daban mucho crédito a su obsesión con el verdadero, puro y sobre todo romántico amor. No, ellos ya enfrentaban cierta dificultad para no asesinarse el uno al otro mientras intentaban permanecer juntos por sus hijos. Al final fue su obsesión por pelear lo que terminó con ellos.

Una mañana de invierno, ambos decidieron salir al supermercado, juntos, algo que años atrás no hacían y esa espontánea decisión tuvo un desenlace fatal. Aunque nunca se pudo averiguar con certeza lo ocurrido, la tía de los pequeños les narró la escalofriante escena que la policía le mostró: sus padres de algún modo habían invadido el carril opuesto mientras circulaban en un bulevar y un tráiler embistió su auto. Ninguno de los hermanos mencionó palabra durante la narración, en el fondo, ellos, incluso su amable y cariñosa tía, sabían que sus padres solían discutir en el auto y que su padre en el calor de la batalla siempre perdía la concentración.

Así, tras la muerte de sus padres, los cuatro hermanos se mudaron con su tía Anneth, la hermana menor de su madre, quien continuamente era llamada por el resto de la familia “solterona”, una mujer de treinta y siete años que jamás se casó y cuya única compañía era un hámster de nombre Panecillo. Ella se ofreció a hacerse cargo no solo de sus sobrinos, sino también de las responsabilidades que su hermana y cuñado habían dejado pendientes.

La vida con su tía no era mala en lo absoluto, pues para no tener experiencia criando niños, la tía Anneth hacía lo mejor que podía para mantener a flote a los hermanos, su trabajo y las deudas heredadas. Ella los amaba, cuidaba y protegía como si fuera su madre, haciendo que el dolor de la pérdida se apaciguara por momentos, pero, a pesar de eso, para ella resultaba un poco más sencillo buscar algo de sensatez en el mundo literario, usar su imaginación era una salida fácil que le permitía evadir por completo el dolor y la añoranza. Pronto dejó de ser una niña y comenzó a madurar… y al crecer comenzó a comprender la diferencia entre ficción y realidad.

Esa chica se llama Elaine. Y esa chica soy yo, y… esta es mi historia.

Mis padres murieron cuando tenía seis años y los viví siendo la menor de cuatro hijos, cuyo nacimiento había sido solo un accidente, un pequeño error de cálculo por parte de sus padres, quienes en aquel entonces luchaban por tratar de sacar sus diferencias adelante, intentando recuperar su intimidad después de que mi madre le fuera infiel a mi padre; ahora que soy adulta comprendo que los actos de mi padre se debieron a la profunda depresión en que la pérdida de su trabajo lo sumió, eso, más la terrible costumbre de mi madre de disfrutar de comodidades innecesarias, provocaron que mi padre se mantuviera sentado en el sofá de la sala durante mucho más tiempo de lo que cualquiera catalogaría como sano.

Debo admitir que después de mudarnos con tía Anneth nuestras vidas cambiaron mucho, ella era un poco distraída, pero nos amaba con toda su alma y jamás perdía la oportunidad de demostrarnos su amor y apoyo; a pesar de eso, ninguno de nosotros fue capaz de superar la muerte de nuestros padres y ese trauma mal dirigido derivó en la constante búsqueda de amor por parte de mis hermanas, provocando que se casaran a temprana edad, mientras que nuestro hermano, decidido a no buscar hasta el cansancio, prefirió ordenarse sacerdote. En menos de lo que cualquiera podría haberse imaginado, solo quedamos tía Anneth, Panecillo y yo.

Tía Anneth siempre apoyó mi sueño de convertirme en abogada, fomentó mi gusto por leer hasta que mis ojos casi sangraran. Me acompañaba a la ópera o a las obras de teatro; mi tía siempre apoyaba todas y cada una de mis decisiones y locuras, hasta que conocí a Steve: un pasante de abogado que trabajaba en el bufete de mi profesor de leyes comerciales. Para tía Anneth aquel buen mozo joven no era más que un trepador cuyo único interés en mí era llevarme a la cama. Pero para mí, siendo una jovencita de tan solo veintidós años, cuya más grande ilusión oculta era ver llegar al hombre de sus sueños montando un corcel blanco, el cortejo de Steve hizo que cayera rendida a sus pies. En el fondo, yo deseaba conocer a una persona que me amara del mismo modo que los protagonistas masculinos de mis libros amaban a las protagonistas, y tontamente creí que Steve era ese hombre. Tía Anneth tuvo razón… él solo obtuvo lo que quiso y se fue, dejándome con el corazón roto y la certeza de que convertirme en alguien fuerte era imprescindible si quería sobrevivir. Así nació la actual yo, y aquella imagen de frialdad que me ha mantenido con vida y cuerda por años.

 

   



Ana L. Roman

Editado: 01.04.2021

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