Como en los cuentos de hadas

Locura (Elaine)

Volví a la oficina pasadas las siete, la comparecencia del señor Ortiz había sido mucho más pesada de lo que había previsto, si hubiera imaginado que pasaría tanto tiempo de pie habría elegido unos zapatos más cómodos. Y la jornada aún no terminaba, así que… tras regresar lo primero que hice fue dejarme caer sobre la silla, arrojar los zapatos de forma muy poco femenina y cerrar los ojos. Stephen había dejado sobre mi escritorio un pequeño monte de hojitas de memo con mis pendientes, las tomé estirando mi brazo y comencé a leer.

 

“Cita entrevista niños, caso Evans/Jones. Confirmada, una de la tarde, falta por confirmar si desea que la Dra. Tang la acompañe para valoración psicológica”.

 

“Respuesta solicitud juez, caso Evans/Jones. Recibida, cita para recoger escrito, diez de la mañana”.

 

“Su hermana Clara llamó, quiere que la llame lo más pronto posible”.

 

“Solicitud del Sr. Evans para una cena el día de hoy a las ocho de la noche. Espera confirmación. 777 2543 718 celular Sr. Evans”.

 

Me levanté de la silla con rapidez y miré mi reloj, eran casi las siete cuarenta y cinco… miré la hoja del memo de nueva cuenta y suspiré, faltaban solo quince minutos y estaba demasiado cansada para salir a cenar; sin embargo, un flechazo del modo en que me había ayudado en el restaurante del hotel apareció en mi memoria. La sensación de su mano en mi cintura, la mirada sencilla y franca en su rostro… me mordí el labio inferior intentando decidir y tomé mi celular, marqué el número de forma rápida, tras tres tonos saltó el buzón de voz, suspiré decepcionada… y me dije a mí misma: “De cualquier forma no es que tuviera muchos deseos de salir”. Estaba cansada, sudada y sobre todo harta de las multitudes. Debía suponer que era lo mejor, pues en el fondo lo único que deseaba era poder llegar a casa tomar un baño de burbujas, leer un rato y dormir.

Me puse de pie y comencé a caminar para recoger los zapatos, escuché el tono de llamada de mi teléfono, regresé caminando rápido hacia el escritorio, levanté el teléfono, miré la pantalla, no reconocí el número, así que contesté con mi voz de abogada.

—Elaine Tullor.

Una risa masculina se escuchó a través del auricular.

—¿Siempre contestas tu teléfono personal con esa voz tan profesional?

Reí por el comentario.

—Señor Evans, no reconocí el número de teléfono. Lamento no haber podido comunicarme con usted antes, tuve un día un poco estresante y tengo poco de haber regresado a mi oficina.

—¿Aún estás en tu oficina? —interrumpió con un tono tan sorprendido que no pude evitar sonreír y sacudir la cabeza.

—Sí. Es… la historia de mi vida —respondí—. Sobre la cena… si no le importa que sea un poco más tarde, podríamos conversar, tengo algunas novedades que comunicarle.

—Por supuesto, no hay problema, ¿te gusta la comida china? —preguntó.

—Claro. Conozco un buen restaurante cerca del centro, los dueños son viejos amigos así que no creo que haya ningún problema con su privacidad.

—Muy bien… si me envías la dirección podríamos vernos ahí dentro de una hora. Y, Elaine… solo una cosa, recuerda que soy Derek, no señor Evans, sobre la privacidad en realidad me viene a la perfección, ya que me gustaría poder charlar contigo sobre una llamada que recibí el día de hoy por parte de Abigaíl.

Me reí de nuevo. ¿Cómo es que este hombre puede hacerme reír tanto en tan poco tiempo? Angustiada por el rumbo que mis pensamientos estaban tomando me pellizqué con fuerza el brazo para retomar la compostura. Debía mantener a raya a la romántica empedernida que habitaba en mi interior. El que me salvara de Tiffany no significaba que yo podía permitirme verlo como hombre y no como cliente.

—Por supuesto, entonces nos vemos a las nueve, te enviaré la dirección del restaurante a tu celular.

—Perfecto —respondió y colgamos.

Tras guardar todas mis cosas en el maletín y enviarle la dirección por mensaje a Derek, salí de la oficina cojeando un poco, los zapatos estaban matándome. Al salir del edificio, conseguir un taxi fue mucho más sencillo de lo que esperaba.

Una vez en casa simplemente subí por el elevador, entré y me cambié de ropa, me puse unos jeans, una camiseta y una sudadera, me calcé los zapatos para correr y tomé las llaves del auto. Una vez dentro me miré en el espejo retrovisor, diablos, debí haberme retocado el maquillaje, tomé mi bolso que estaba detrás del asiento del copiloto y tomé el polvo compacto, esparcí un poco sobre mi rostro poniendo especial dedicación a los círculos negros debajo de mis ojos.

Conecté mi celular a la pantalla del auto. Aunque conocía el camino bastante bien, tomando en cuenta la hora, quería asegurarme de que no hubiera ningún problema en las calles que pudiera retrasarme. Seleccioné la dirección del restaurante de Long y Chan, esperé a que el mapa cargara en el GPS y salí del estacionamiento del edificio. El restaurante estaba normalmente a unos cuarenta minutos de mi departamento, pero tras mirar el mapa del auto, un par de accidentes harían que la ruta se retrasara casi diez minutos.



Ana L. Roman

Editado: 01.04.2021

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