Como la primera vez

18. Desilución

Katherine

Mi cabeza daba vueltas, estaba mareada y molesta por como esa arpía quiso culparme de algo tan absurdo. Por obvias razones, sabía que mi valores eran más que mis deseos de sobresalir y no importara en que tan mala situación me encontrara, jamás robaría nada.

Así que en aquel instante donde esa loca me acusó, deseé demasiado arrancarle la cabeza a todos los presentes para luego colgarlas en mi habitación y bailar sobre sus tumbas. Quemaba en mi cuerpo las ansias de gritarles que eran unos malditos hipócritas. Pero probablemente eso solo hubiera encendido la chispa que hacía falta para que todo se volviera en serio en contra mío y ya no tuviera ninguna oportunidad de salir bien librada. Sin embargo para mi suerte, Jonathan llegó en el momento justo e intervino. Su protección me dio las fuerzas para poder continuar por mi cuenta y salir adelante, me sentí repleta de dicha y orgullo por tener a alguien que creía en mí.

Me posicioné en mi ordenador, mientras buscaba algún regalo que podría gustarle a mi idiota compañero, quería de todo corazón agradecerle por mostrarse tan atento y solidario conmigo los últimos días. Comprendía que él no tenía ninguna obligación de haber confiado en mí. Digo, aún sido siendo su ex, y todos sabemos lo odiados que son los ex ¿no? Abrí diferentes sitios web, en donde pudieran tener cosas buenas, y lo más importante, en rebaja. Puede que mi personalidad haya cambiado pero el hecho de que era pobre seguía siendo una triste realidad.

En cuanto al regalo, sabía del gusto secreto de Jonathan por coleccionar tazas de té. Si alguna chica sexy e inteligente se enterara de estos extraños gustos del engreído heredero multimillonario, se echaría a reír por lo ridículo que le resultaría el solo imaginarlo y de seguro le arruinaría un montón de futuros ligues.

Mi celular comenzó a vibrar, así que lo tomé  y me fijé en la pantalla para verificar el número, era de Edward.

—Ed, hola—lo saludé a través de la línea.

—Katy.

—Oh por dios, ese mote sí que suena a una chiquilla fresa—chillé escandalizada.

—Y no olvides que ya tienes el porte. Por lo del rubio natural—soltó una carcajada.

—Cierra la boca—dije entornando los ojos—. ¿Para esto me llamabas?

—Tranquila, no hay por qué ponernos a la defensiva—hizo una pausa—. En realidad, me preguntaba si deberíamos salir, ¿sabes? Eres la chica más agradable que he conocido en esta universidad así que espero no te moleste que siempre te invite a que vayas conmigo a todas partes. Las demás son tan...

— ¿Intensas?

Soltó otra carcajada.

—Exacto—suspiró dramáticamente—. ¿Puedo pasar por ti a las ocho?

Estaba a punto de confirmarle cuando la puerta del dormitorio se abrió estrepitosamente, haciéndome dar un brinco. Volteé rápidamente y me encontré con un Jonathan chispeante de rabia, y detrás de él, venían Isabella con... ¿Juliana?

— ¿Pero qué rayos?—pregunté alzando las cejas.

Era escalofriante la manera en que Jonathan me veía, hacía que inconscientemente pusiera todos mis sentidos en alerta. Posiblemente, si las miradas asesinaras, yo ya estaría a tres metros bajo tierra. Observé inquisitiva a Juliana, pero esta se dedicó a evadir mis ojos en toda circunstancia.

Sin pronunciar nada, Jonathan se acercó a mí dando grandes zancadas y literalmente me sacó de un tirón de mi cama. Le dediqué una mirada de desconcierto antes de concentrarme en el dolor punzante que se cernía sobre mi brazo por su fuerte agarre. Jonathan movió la mano que tenía libre y vi un sobre que sostenía, sin verme directamente el me lo tendió; al principio no lo entendí, pero cuando noté que él no se movía supe que estaba esperando a que lo revisara. Al abrirlo no pude evitar llevarme una mano a la boca.

—No lo creo—sentí que el aire abandono mis pulmones—. Puedo explicarlo.

—Cállate. No quiero entender ni escuchar tus excusas—dijo con pesar y cierta amargura—. ¿Cómo pudiste?

Su decepción me recorrió hasta dar con mi estómago y golpearlo con brutalidad. Me producía mucha vergüenza, aunque ni siquiera entendiera del todo lo que sucedía.

—Tú habías jurada que eras inocente ¡Hasta te ofendiste! ¿Pero cómo? ¡Dime!—exigió.

— ¡Esa no soy yo! ¡Créeme! ¡¿Cuándo pude haber tenido tiempo para hacerlo?!—jadeé—.  Vamos Jonathan, soy mejor que esto. Tú sabes que no lo haría. Me conoces.

Encontramos nuestros ojos y los de él estaban turbios. Desilusión se vertía en ellos.

— ¿Te atreves a seguir negándolo?— pronunció incrédulo—. ¡Aquí están las pruebas!

— ¡Confía en mí!— lo miré desesperada. Luego, cuando era un poco más sensata de esta estúpida trampa, pasé a mirar a Isabella, la cual estaba escondida entre los mechones de cabello que cubrían su rostro. Se notaba que moría de pena, la muy perra se retorcía de culpabilidad—. ¡Confiesa! tú sabes que no hice nada.

Cuando estuvo a punto de protestar, las palabras fallecieron en su boca, indecisas sobre si debía tomar partido en el altercado, temiendo las consecuencias de sus acciones. Después, pasó a mirar tímidamente a Jonathan y su cara palideció.



Laisha Vega

Editado: 07.12.2020

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