Con sabor a Miel

Capítulo • 12

 

•12•

DOMINANCIA AL 80%

Los estudiantes entraban al centro deportivo a empujones. Las miradas de todos se posaban sobre mí, probablemente significara que leían el Wallace.com y que no me veían como algo más que un excepcional caso postruptura lamentable, era eso una forma elegante de decir que ahora toda la escuela me veía como una zorra arrastrada.

Instintivamente, apreté las libretas contra mi pecho y bajando la mirada, continúe el camino hacia las gradas.

-No tienes nada de que avergonzarte -aseguró Lizzy arrojando con soltura uno de sus lacios mechones negros sobre el hombro-. Todo el mundo sabe que son sólo rumores.

Pero su intento por tranquilizante apenas duró unos segundos.

-Oye, Clay, tengo la casa sola esta noche, si necesitas...

Barret no terminó de ofrecerme nada porque Simón le lanzó una mirada asesina desde la distancia.

Arqueé una ceja en torno a Lizzy.

-Bueno, sólo un idiota lo creería y Barret está por debajo de las espectativas.

Continuamos nuestro camino abriéndonos paso entre codazos y empujones, hasta que finalmente encontramos a Aly sentada en las gradas, con tres mochilas dispersas a su alrededor.

Sabía que había sido una buena idea que uno de nosotros se adelantara.

Le habríamos agradecido, pero al acercarnos, ni siquiera nos notó.

-¿Hola? -llamó Simón sentándose al frente y barriendo la mano frente a su mirada perdida en el móvil.

Estaba como hipnotizada.

-Oh, lo siento. Necesitaba ver un par de tutoriales sobre las juntas de consejo -explicó guardando el móvil en la bolsa de la chaqueta-. Necesitamos saber como hablar correctamente, incluso encontré tutoriales de etiqueta. No cruces la pierna en 4 -reprendió golpeándole el hombro a Simón.

Si no la conociera mejor creería que estaba a medio paso de un colapso de nervios, pero después de tantos años, uno se acostumbra al temperamento extremista de las personas, incluidos los deseos enfermos de hacer las cosas correctamente todo el tiempo.

-Deberías de ver tutoriales sobre «cómo dejar mi adicción a los tutoriales» -sugirió Lizzy con la mirada perdida en la lustrosa cancha de básquetbol.

-De fábula -felicité tomando una de las papas fritas que Simón había sacado de su mochila azul.

-¡De qué hablas! ¡No soy adicta a los tutoriales! -se defendió cruzándose de brazos sobre el pecho como si nunca en la vida hubiera recibido un insulto más lastimero.

Todos intercambiamos una mirada significativa y volvimos la mirada hacia el frente.

-Mira ahí está el director Rodd -señaló Lizzy con renovada actitud.

Aly frunció el ceño.

-¿Desde cuándo te alegra ver al director Rodd?

-Desde que es la excusa perfecta para no hablar de tu adicción -explicó Simón estirando el cuello para ver mejor.

En el pequeño podio improvisado en la cancha, el director Rodd se agrupaba con algunos otros miembros del consejo estudiantil, profesores veteranos y algunas otras caras que jamás había visto. Aunque no fue aquello lo que llamó mi atención.

La señora Collingwood, una mujer a mediados de los cuarenta con el cabello negro natural más intenso que había visto en la vida se erguía inefable frente a su hijo, quien parecía un manojo de formalidad y bien podría pasar por la escenografía o la decoración de la cancha con la actitud taciturna con la que llevaba la situación.

La mujer elevaba la barbilla de tanto en tanto, mientras el director Rodd hacía un par de anuncios. Su traje rojo a juego era tan elegante e informal que le dotaban de una apariencia imponente imposible de ignorar.

Viéndola así, no podía creer como es que me había atrevido a escupirle a su sopa.

-¿Puedes creer que ese sea el mismo hombre que entró a nuestra cocina de trabajo hace apenas unos días? -preguntó Lizzy con fascinación, inclinándose ligeramente hacia mí, desde el lado derecho.

-Me parece más increíble que sea el hombre que nos encontró en el barecito York y nos sacó a salvo -añadió Aly en el mismo susurro e inclinándose desde el lado izquierdo.

Porque sí, le habíamos contado a Simón y a Lizzy la forma en la que habíamos conocido a nuestro nuevo jefe. Uno no puede ocultarle esa clase de secretos a sus amigos.

-Lo que no puedo creer es que sea el mismo novio trofeo de lagardianna -susurré sin apartar la vista de él.

Bien, de acuerdo, quizá me había pasado un poco y se me había soltado la lengua. Había roto la promesa de silencio que había acordado con Killian Collingwood, pero amigos son amigos. Además, necesitaba sus consejos, yo sola no habría sabido como manejar la situación en ningún momento.

Y Killian no lo sabía. Todo estaba perfectamente bajo control. Nunca se enteraría, no tenía porque hacerlo.

Además en mi defensa debo decir que yo siempre había sido un libro abierto, apenas podía guardar un par de secretos sin explotar sacando todos los trapos después. Al parecer el día que hablamos con Simón y Lizzy mi limite había llegado al tope cuando el camarero derramó el café sobre mi pierna y me pidió que no se lo contara al gerente.



Alejandra Kimella

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En el texto hay: humor, comedia, romance

Editado: 09.01.2019

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