Corona De Cenizas

Capítulo 1: Destino No Deseado

Dia 15, Ciclo De Mareas, Año 312

«Yo no deseé este destino.»

No deseé esta vida. No deseé estas cadenas que aprisionaban mis manos. No deseé esas miradas, ni esos murmullos. No deseé esta soledad, este rechazo. No deseé esta marca. Esta maldición, así la considero yo. Una maldición. Una que me ata a este sufrimiento. No sé que pecado he cometido o qué hice para enfadar a los seres ancestrales de este mundo. Pero así sucedió, así pasó y así quedó. Una marca, que cambió mi vida desde que nací. Una qué marcó mi destino desde el principio y ahora no he visto la forma de cambiarlo.

«Quizá ni exista.»

Ahora solo me queda sentir cómo estas cadenas me tienen atada al suelo. Cadenas qué me impiden ser libre, que me mantienen encerrada en esta celda. El ambiente estaba húmedo, podía escuchar cómo caían gotas del techo. También podía escuchar pasos de alguien que se acercaba hacia donde yo estaba. No era necesario levantar la mirada para saber que era un soldado.

—El almuerzo —dijo el soldado mientras abría la reja y tiraba el plato de comida hacia el suelo cerca de mí. Ni siquiera se tomó el tiempo de ponerla con delicadeza. Solo la tira, como si estuviera alimentando a una bestia.

El soldado cerró la reja con llave y antes de irse, dijo:

—Mañana a las 10:00 am, vendrán los reyes de Elyndor con su hija. Las sirvientas vendrán a arreglarte, asisitras al almuerzo y guiarás a la princesa por la capital.

El soldado estaba por irse, hasta que mi voz salió en un murmullo audible—¿Órdenes de la reina? —alcé la mirada para ver el rostro del soldado, pero ni siquiera me veía.

—Sí —dijo sin más y se fue.

Bajo la mirada viendo el plato de comida. Pan mordido, arroz y huesos con restos de pollo. «Eran sobras.»

Asi trataban a los prisioneros del calabozo subterráneo del Reino de Aestheron. Los trataban como basura, como seres repugnantes. Eso lo pude notar, aunque mínimo los soldados eran capaces de dirigir la mirada a los prisioneros. A mí me trataban como un ser que ni siquiera merecía ser visto. Ni siquiera podía comer con las manos. Tenía atadas mi dos muñecas por detrás de mi espalda con cadenas, hechas de hierro resistente.

Me inclino hacia abajo, las cadenas se estiran e intento inclinar mi cuerpo lo más que puedo para mínimo alcanzar el pan con mi boca. Al principio dolía, pero con los años me acostumbré. Logró comer una porción de pan y luego un poco de arroz, pero los restos de pollo de me hacen imposibles de alcanzar.

Tengo sed, mucha sed. Mi lengua se pegaba al paladar y cada vez que tragaba sentía la garganta rasparse por dentro. Mis labios estaban agrietados por la sed. Mi estómago gruñia, no he comido bien desde hace años y aún no sé cómo sigo viva.

—¡Sueltenme! ¡Idiotas de mierda! ¡No saben con quien se meten! — Un hombre grita, alcé la vista para ver cómo los soldados sujetaban al hombre a fuerza brusca.

—¡Cállate, criminal! — El soldado que agarraba al hombre por el brazo izquierdo le gritó. Mientras que el otro abrió la reja de la celda y luego entre los dos empujan al hombre. El hombre choca contra la pared y suelta un gruñido.

—Comienza a conocer tu lugar o habrán consecuencias —. El soldado que traía una lanza dice con advertencia.

—Solo so los perros de los reyes —. El hombre escupe y se ríe burlándose. «Qué idiota.»

El soldado que traía una espada gruñe y frunce el ceño agarrando al hombre del cuello de la camisa y le da un fuerte puñetazo en la cara—. ¡Respeta! Pedazo de basura —. El hombre cae al suelo escupiendo saliva. Los soldados cierran la reja y se van caminando.

Suspiro y me quedo quieta sentada en el suelo. El hombre tras la celda se levanta sentándose en el suelo y mira al techo. Luego dirige su mirada a mi—. ¿Por qué te metieron aquí?

Veo al hombre sentado en el suelo y apoyando su espalda contra la pared—Por nada importante —. Literalmente la razón por la cual estoy encerrada aquí es injusta. «Para mi.»

—Por favor, tuviste que hacer algo para que te en cerrarán y con cadenas —. El hombre pasa su mirada sobre mis cadenas al decir lo último y luego vuelve la vista hacia mi rostro—. Aparte, pelo café largo ondulado con puntas claras y ojos morados. No pareces ser alguien normal.

—Hmm bueno, me metieron aquí por...

Pasos de soldados interrumpen nuestra conversación.

—Tú, vienes con nosotros —. Una de los soldados abre la reja y el otro entra quitando mis cadenas, pero al instante de sentir mis muñecas libres me empuja contra la pared. Suelto un jadeo por el golpe. Luego el soldado que me empujó me puso unas cadenas más cortas. Luego me agarra del pelo y me jala hacia atrás.

—El rey te llama —escucho susurrar el soldado a mi oído. Para que luego me empujara hacia afuera de la celda. Tenía un soldado detrás mío con un hacha. Al avanzar por los pasillos del calabozo, pasaba frente a unas celdas. Podía sentir las miradas de los prisioneros. Pero nadie comentó nada. Porque sabían, que si te sacaban de tu celda eran por dos razones:

  1. Te llamaba el rey, (nunca termina bien).
  2. Te iban a ejecutar.

Finalmente llegamos a la salida del calabozo. El soldado que iba delante mío abrió la puerta y el que estaba detrás mío empujó mi hombro. Incitántome a avanzar, caminamos subiendo unas escaleras y llegamos a otra puerta. Al pasar por la puerta llegamos al primer piso del palacio. Caminamos durante unos minutos, cuadros y espejos de alta calidad de oraba las paredes de los pasillos, un piso de porcelana blanca limpio, varios pilares de cuarzo, todo era elegante y lujoso. Tal como lo recordaba, nada había cambiado. Aún podía recorrer los pasillos con memoria.

Pasamos muchas puertas grandes de madera de calidad y las ventanas eran grandes de un cristal fino. Mis pasos se detuvieron por un instante, a través del cristal pude ver el pueblo de Bronzahall desde lejos y el Río del Alba brillando bajo la luz del día. Llevaba años sin ver ese pueblo, se ve que ha mejorado o eso creo. Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que vi un cielo despejado. Nos detuvimos frente a una puerta con un marco de oro. El soldado dio dos toques y dijo:




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