Corona de Sangre

DOCE.

Nicholas.

Regresamos al ala principal del castillo justo cuando las campanas anunciaban la cena.

A pesar de la amenaza en el cielo y la guerra en la frontera, mi madre había insistido en mantener el protocolo. "Si dejamos de cenar, los salvajes ganan", había dicho Beatriz. Una lógica absurda, pero necesaria para mantener la moral de los sirvientes y la poca corte que quedaba.

Ana caminaba a mi lado, con el arco negro colgado al hombro sobre su vestido de gala. Era una imagen discordante y hermosa: seda y muerte.

Al llegar al pasillo que daba al Gran Comedor, una figura emergió de las sombras de una columna.

Leticia.

Mi abuela no se veía sorprendida por nuestra aparición tardía ni por el arma de Ana. Se apoyó en su bastón, bloqueándonos el paso con su diminuta pero formidable presencia.

—Huelen a aceite de armas y a sexo—dijo sin preámbulos, arrugando la nariz—. Al menos aprovecharon el tiempo antes del apocalipsis.

—Abuela, no tenemos tiempo para... —empecé, pero ella levantó una mano huesuda.

—Cállate, Nicholas. Mi asunto es con tu esposa.

Leticia clavó sus ojos agudos en Ana.

—He estado hablando con los ingenieros del Corazón de Hierro. Están desconcertados. Dicen que la Fuente... cantó cuando la reina la tocó. Dicen que la energía se comporta como si reconociera a su dueño.

Sentí que Ana se tensaba a mi lado. Puse mi mano en la base de su espalda, ofreciendo soporte.

—¿A dónde quieres llegar, Leticia? —preguntó Ana, su voz fría.

—Tu padre, el Rey de Esdaney, siempre tuvo fama de ser un hombre práctico en la guerra. —Leticia dio un paso más cerca—. Se rumorea que hace treinta años, una expedición conjunta cruzó el desierto. Mi hijo trajo la Fuente. ¿Qué trajo tu padre, niña?

El silencio se estiró, tenso como una cuerda de piano a punto de romperse. Leticia estaba rozando la verdad con la punta de los dedos.

—Trajo cicatrices —respondió Ana, sin pestañear—. Y el odio eterno de un imperio. Si la Fuente me responde, es porque la magia reconoce el poder. Y yo tengo mucho de eso.

Leticia la estudió un segundo más, buscando la mentira. Finalmente, soltó una risa seca.

—Bien. Mantén esa arrogancia. La necesitarás para lo que viene. —Se hizo a un lado—. Entren. Tu madre ha mandado abrir el vino de la reserva especial. Dice que, si vamos a morir, lo haremos borrachos.

El Gran Comedor estaba iluminado por cientos de velas flotantes, tecnología antigravedad disfrazada de magia antigua. La mesa estaba servida con una opulencia que me revolvió el estómago.

Beatriz presidía la cabecera opuesta, sonriendo con una fragilidad de cristal.

—¡Ah, mis reyes! —exclamó, alzando su copa—. Siéntense. El asado está exquisito.

Nos sentamos. Ana dejó su arco sobre la mesa, junto a los cubiertos de plata, ignorando las miradas escandalizadas de los sirvientes.

El ambiente era sofocante. Cada tintineo de los tenedores sonaba como un disparo.

—¿Alguna noticia del príncipe Adal? —preguntó mi madre, intentando llenar el silencio.

—Llegará a Esdaney al amanecer—respondí, cortando la carne mecánicamente—. Si convence a su padre, tendremos refuerzos en tres días.

—Tres días... —murmuró Leticia, mirando su copa de vino—. Mucho tiempo para una ciudad sitiada por fantasmas.

En ese momento, las luces parpadearon.

No fue un fallo eléctrico normal. Las velas flotantes descendieron bruscamente medio metro y su luz cambió de dorado cálido a un violeta enfermizo.

Ana soltó el tenedor. Sus manos volaron a sus sienes, como si un dolor repentino la hubiera golpeado.

—¿Ana? —La tomé del brazo—. ¿Qué pasa?

—Está aquí... —jadeó ella, con los ojos desorbitados—. Ella está entrando.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, Beatriz gritó.

La Reina Madre soltó su copa, que se hizo añicos contra el suelo. Pero no fue vino lo que manchó la alfombra.

Era sangre. Espesa, oscura y caliente.

Miré mi propia copa. El líquido burdeos se había transformado. Un olor metálico inundó el salón, superponiéndose al aroma de la comida.

Las fuentes de agua decorativas en las esquinas del salón empezaron a burbujear y, en segundos, también brotaban sangre.

—¡Brujería! —chilló Beatriz, poniéndose de pie y retrocediendo—. ¡Guardias!

Los guardias reales irrumpieron, armas en mano, pero no había nadie a quien atacar. El enemigo no estaba físicamente allí.

Entonces, una voz resonó. No venía de ningún lado y venía de todos. Era una voz femenina, gutural y melódica a la vez, que parecía vibrar en los huesos de todos los presentes.

—Cressedent se esconde detrás de muros de piedra y luz robada...

Ana se puso de pie, temblando.



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En el texto hay: romace, guerra

Editado: 12.04.2026

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