Coronas de sangre.

Prólogo

Cuando Thyma reaccionó a la inconciencia que poseía su cuerpo, sintió su espalda recostada en el piso frío. No pasó mucho tiempo hasta descubrir que se encontraba recostado en un lugar metálico. No pudo abrir sus ojos, puesto que los sintió pesados al recuperar nueva y lentamente el conocimiento que había perdido tiempo atrás en un bastión feroz contra la parte trasera de su nave. Con todos sus esfuerzos, sus ojos divisaron borrosamente las paredes plateadas. En su mente ondeaban preguntas tan relevantes: “¿Qué hago aquí?, ¿qué es esto?, ¿dónde estoy?”, preguntas que pronto se iban acumulando y haciéndose más claras al paralelo de su visión y de una pequeña ansiedad que atacaba el centro de su pecho, una ansiedad que se iba tornando en claustrofobia al no ver un posible escape del misterioso sitio y le hizo levantarse hasta recostarse en las paredes tocando cada sector de las mismas. Toda habitación de toda nave tiene una salida y toda salida guía hacia el camino de las respuestas cuyas incógnitas aún resonaban fuertemente en su mente, cada vez con más potencia, hasta que sus manos casi temblorosas empujaron una puerta escondida entre el color de las paredes. No le sorprendió el cómo se sentía, sino la suciedad que ennegrecía sus manos desde la punta de sus largas uñas. Entretanto caminaba hacia afuera de la habitación, la sorpresa se iba desvaneciendo y nuevas preguntas empezaron a surgir en su mente en cuanto caminaba muy despacio, sin posibilidad de hacer sonar sus pies sobre el suelo.

El ambiente iba cambiando después de que Thyma salió de la habitación en donde estaba. La luz se podía ver a sus espaldas, el resplandor de la habitación de la que había salido. Fugazmente, se apagó aquello, causándole a Thyma un pavor que nunca había sentido. Sus ojos no vieron nada ante la sorpresa y el miedo hasta que siguió adelante. Un destello esperanzador, una luz que le hizo ver en las paredes un conjunto de gruesos trozos de metal que, a la larga, eran no más que caparazones que ocultaban los extensos cables que le dan energía a lo que parecía ser una nave. La poca cordura del sujeto asustado volvió en sí y siguió caminando todavía, dejándose guiar por la luz violeta que se hacía cada vez más intensa, tratando de encontrar una salida o, por lo menos, respuestas.

Cada vez que Thyma se encontraba en un espacio más abierto, caminando por lo que parecía ser el pasillo principal que llega hasta la cámara de la comandancia, unas voces varoniles se iban haciendo cada vez más intensas. Para protegerse de cualquier intención de ser descubierto, no hizo más que mantenerse silencioso.

─Debemos idear un plan en caso de que nuestros hombres sean descubiertos en su trabajo─ dijo una voz.

─No hace falta un plan de contingencia. Enviemos a uno solo a servir como señuelo─, le contesta otra. ─Más vale salvar una vida a perder cien de ellas─.

─Se sacrificará una vida después de todo─ le responde una voz distinta a las demás. ─Sea el número de hombres que sea, la misión requiere de un plan de contingencia. Recordemos que lo importante aquí es mantenernos ocultos. Una vez nos pase lo contrario, bueno… los antiguos reyes nos protejan─.

─Vinimos aquí por la seguridad de nuestro pueblo─ y toma la palabra la voz inicial. ─En caso de ser descubiertos, eliminaremos el sistema de flotación de esta nave. Daremos la retirada y nos iremos todos, si es posible, sanos y salvos. Enviaremos un señuelo, pero tendrá refuerzos en caso del fracaso de la misión. Esperemos no lleguemos a efectuar este plan─.

Thyma solo escuchaba la conversación de los hombres de aquella sala. Sintió un leve presentimiento de que los asistentes se habían levantado de sus puestos. Así que se dio un vuelco atrás. El sonido de unas botas se hacía notar con cada paso contra la dirección en la que se encontraba Thyma. Nuevamente, se dio la vuelta para tratar de huir en otra dirección, pero justo se tropezó con el pecho de uno de los asistentes de la reunión, junto con los otros tres. Un séquito de soldados le descubrió a Thyma por la espalda y se quedó perplejo ante los descubrimientos efectuados por los extraños. Uno de los superiores, que estaba anteriormente en la reunión, tomó de su cadera el cilindro metálico en ágil movimiento, asi imperceptible y con este destello, Thyima percibió la muerte a manos del sable cuyo usuario no conocía. Por el contrario, el movimiento de la mano de otra persona en el hombre de quien desenfunda su sable le calma los ánimos de asesino.

─El señuelo perfecto es alguien que no conoce este lugar y que podemos enviar para darnos informes sobre el contexto en donde se encuentra─ le dice quien le sostiene el brazo. ─También me atrevo a decir que no tiene el mismo nivel de importancia de un soldado como para preocuparnos de que muera en caso de ser descubierto─.

Entonces, Thyma vio sobre sí las miradas de todos.

─No tiene nuestro uniforme─ dice el superior que trataba de atacarle, volviendo a enfundar el cilindro metálico nuevamente en su cintura. ─Es perfecto para el trabajo que se nos encargó─.

Con un asentimiento de quien sostuvo el brazo del que quería matarlo, dos soldados le tomaron de tal forma que no pudo mover sus extremidades superiores, mientras que era llevado cual anciano por la fuerza a un lugar desconocido para él. Era una cabina como de alguna nave tan pequeña como para que un solo hombre cupiera en él.

─Tienes suerte de que no te mataran, Nacional─ le dijo uno de los soldados que lo estaba llevando por la fuerza. ─Agradece que te han tenido misericordia al dejarte en libertad─.



Cesar AR Martínez

Editado: 02.09.2020

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