Crónicas de Anthir: Coronas y Corazones

Confesión

Era casi media noche y, el resplandor de la luna hacia relucir las blancas tiendas, especialmente la del Rey que se encontraba en un terreno un poco más elevado. Dentro del toldo de la realeza se estaba llevando a cabo una reunión; en el medio se encontraba una mesa redonda hecha de madera de un tono oscuro perfectamente pulido, sobre ella había tarros de vinos y dos grandes bandejas de ternero y cerdo.

Las luces de las velas hacían centellear las armaduras de los Caballeros que estaban discutiendo.

—¿Cuántos hombres hemos perdido en el ataque? —preguntó el rey masticando un trozo de carne asada.

—Unos quince su majestad. No nos esperábamos este tipo de ataque, si bien eran unos pocos, pero estos… estaban mejor entrenados que los nuestros —admitió a regañadientes—. También poseían mejores armas, dándoles una clara ventaja sobre nuestras fuerzas —dijo Drulain uno de los caballeros sabios más experimentados.

—¡Malditos cobardes! —refunfuñó uno de ellos golpeando la mesa con su pequeño vaso de madera haciendo que el vino saliera desparramado por todos lados—. Mataron a cuatro de mis mejores hombres con suma facilidad. Estos no son hombres mi rey, ¡son demonios! —acotó con el rostro enfurecido

—Lamento decirte que estás equivocado, son hombres de carne y hueso. La disciplina de estos es envidiable, luchan con fervor por su causa y son capaces de morir por ella. Deberíamos de replantear el tipo de entrenamiento que estamos dando a nuestros soldados —señaló Narantriel.

—Tienes razón, la forma en que ejecutan sus golpes y empuñan sus espadas deja mucho que desear —se escuchó la áspera voz de Miroth.

Aquel hombre pasado de copas azotó bruscamente la mesa, se levantó, tambaleó hacia atrás y señaló al pálido guardián con su espada.

—¡Como te atreves a cuestionar a nuestros hombres!, en este lugar el mando está a cargo de los Caballeros Sabios y no en manos de seres extraños como los son ustedes. No tienen voz ni voto en los asuntos militares y políticos, ¡solo están aquí para cumplir órdenes del Rey! —La cara del hombre estaba rojo y sus venas palpitaban en su grueso cuello.

Al terminar de decir aquellas absurdas palabras el hombre recibió un fuerte golpe en el rostro haciéndolo caer al instante. Era Raulf, uno de los caballeros más viejos el que propinó aquel topetazo.

—Saquen este insolente de la tienda. La soberbia no se tolerará en estas instancias. —Luego de aquel bochorno, Raulf se inclinó delante de su rey y de los guardianes haciendo rechinar su maciza armadura de color plata—. Disculpen señores por este embarazoso acto, lo cierto es que nuestros hombres se pasan mucho tiempo en las tabernas y burdeles, situación la cual me avergüenza admitirlo —dejó escapar un prolongado suspiro—. Debemos de ser más estrictos y hacerles saber a qué ejército pertenecen. Es hora de sacar a aquellos que solo están por la reputación y la retribución, y poner a los que cumplirán con disciplina la tarea.

Con pesadumbre Narantriel asintió la cabeza, admitiendo aquellas duras palabras que provenían de uno de los Caballeros Sabios más respetados.

—Estas en lo cierto hermano. Procederemos a las destituciones y pondremos a los que estén realmente comprometidos con la causa y demuestran disciplina —declaró—. Así también, con la potestad que me es conferida, en este momento pronuncio a Lakan, Arktruim y Miroth como miembros del Comité.

Al escuchar dicha decisión, todos afirmaron con la cabeza.

—Narantriel, necesitamos hablar de algo —Lakan frunció el ceño—, pero a solas.

—Klurc y Raulf se quedaran aquí —respondió Narantriel.

—Estoy de acuerdo.

—Caballeros —hizo un ademan hacia la salida.

Los hombres que se encontraban en la mesa fueron saliendo ordenadamente sin antes hacer una reverencia a su rey. Cuando quedaron a solas, todos miraron hacia el fornido Guardián.

—Muy bien. ¿Qué es tan importante como para disolver el comité?

—Después de la gresca, nos percatamos que aquellos hombres poseían corazas y armamentos de un material muy resistente —informó Lakan.

—Pues bien ¿No tienen alguna muestra? —cuestionó Klurc.

Lakan se dirigió en la parte del frente de la tienda en donde había dejado un bulto, lo recogió y al llegar volcó el bulto sobre la gruesa mesa y las partes metálicas se esparcieron por todos lados.

—Echen un vistazo, así sabrán de lo que estamos hablando —hizo un gesto con sus manos para que lo revisen.



Reuel Cott

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En el texto hay: misterios, caballeros y espadas, guerras y pasiones

Editado: 09.11.2019

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