Crónicas de Anthir: Coronas y Corazones

Fortaleza

La lluvia retumbaba en el amplio salón. Las refulgentes llamas de las chimeneas alumbraban las húmedas paredes y contorneaba la sombra de aquel hombre sentado con una copa de vino en la mano. En medio del sepulcral silencio, las puertas se abrieron y entraron dos hombres de vestimentas negras, caminaron hasta el extraño hombre y, una vez que estuvieron frente a él se pusieron firmes.

—Señor, venimos a traer un mensaje —dijo entregándole un sobre sucio.

El hombre tomó la carta y empezó a leerla en voz baja, cuando terminó de hacerlo sus manos empezaron a temblar.

—Raulf… no debería haber muerto de esta manera —arrugó el escrito y lo arrojo al fuego.

En medio del tenso momento las puertas volvieron a abrirse y se adentraron al salón dos niños empapados por la lluvia. Llevaban atuendos andrajosos, estaban descalzos y tenían la piel pálida debido al frío. El hombre se levantó y con pasos lentos se dirigió hacia a los infantes, los tomó de las manos y los llevó frente a una de las chimeneas. Se sacó su tapado hecho de piel de lobo para cubrirlos y ordenó a que los traigan sopa caliente.

—¿Quién me explica esto? —cuestionó el encapuchado.

—Los rescaté de la fortaleza de un poderoso mercader. Tiene a varias familias como esclavos señor y creo que comparte sus riquezas con los Rojan. Vi a varios miembros del clan resguardando su lujosa morada —expuso el joven explorador de las tropas negras.

—Corrupción —susurró—. La justicia aún no ha recaído sobre estos, un hombre que se cree superior frente a los indefensos no es más que un simple pedazo de carne.

—He intentado rescatar a otras personas, pero esos bastardos son huesos duros de roer.

—Sí, son eternos enemigos del reino y el temor de todo habitante sobre este continente. Me hervía la sangre cuando mataba a estos —una macabra sonrisa se dibujó en su rostro—. Creo que tenemos un enemigo en común con el reino.

—Están bajo el mando del llamado Arlequín mi señor.

—Sí, lo recuerdo, posee un triste pasado y está dominado por la locura. Lleva puesta una máscara para esconder su profundo dolor —apretó sus puños—. No importa cuántos enemigos tenga, a todos les impartiré justicia.

Una esbelta mujer de cabellera roja pasó por la puerta del costado con los dos platos que el Capitán había ordenado.

—Mi señor, aquí traigo su pedido.

—Alimenten a los niños, luego vístanlos con las mejores prendas y que duerman en las más cómodas alcobas. —La mujer asintió con la cabeza y se arrodilló junto a los niños.

—¿Qué haremos con aquel hombre señor?

—Donde se encuentra su hogar.

—Cruzando la roca estrellada, descendiendo por una de las sendas que se dirige al bosque.

—Le daré una grata visita —dijo mientras miraba a los inocentes niños.

—Déjanos acompañarlo señor.

—Iré solo —sacó de uno de sus bolsillos dos figuras de caballos tallados en madera y se los entregó a los nuevos huéspedes, luego sin mediar palabra alguna abandonó el salón.

El encapuchado galopaba por la lúgubre senda, los relámpagos alumbraban el inmenso firmamento, levantó la mirada al cielo y empezó a rememorar aquellos recuerdos que lo torturaban, se tomaba del rostro intentando espantarlos pero estos seguían viniendo, las manchas de sangre por las paredes, su hijo tirado en el suelo; el cuerpo tendido de su mujer en la cama, luego los caballos de madera con los que jugaba su primogénito en su patio con una inocente sonrisa.

El encapuchado cabalgó con premura y, tiempo después llegó hasta una roca gigantesca y se adentró a la senda. Los chapoteos del caballo se escuchaban claramente debido al lodo que había dejado la prolongada lluvia. La noche estaba en su momento más oscura, mientras deambulaba por el lúgubre bosque a lo lejos vio un destello de luminosidad y, a medida que se acercaba, se percató de que eran antorchas.

Se bajó de su corcel y lo amarró junto a un árbol, con sigilo caminó entre la espesa arboleda hasta llegar a la lujosa fortaleza. Miró de lado a lado y, definitivamente estaba rodeados por miembros del Rojan. Observó con detenimiento su entorno, luego escuchó unos gritos que provenían de un establo. Él encapuchado se dirigió al lugar y vio a dos hombres forcejeando a dos mujeres, al ver esto el encapuchado arremetió con sigilo matándolos al instante, seguidamente escondió los cuerpos en el montículo de paja.



Reuel Cott

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En el texto hay: misterios, caballeros y espadas, guerras y pasiones

Editado: 09.11.2019

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