Cronicas de una guerra: sombras del tiempo

CAPÍTULO XIV

Decidieron que por aquella noche se quedarían en casa de Jaime. Era lo mejor, estar acompañados por alguien que ya había pasado por aquello. Si cualquier cosa llegaba a pasar con los poderes de Emma, César no estaría solo para lidiar con ello.

La niña, sin embargo, parecía completamente confiada en que nada pasaría, en que ahora tenía completo control sobre sus poderes. Ya no la asustaban, se veía incluso orgullosa de tenerlos.

―Abuelo. ― Emma comenzó a hablar mientras cenaban. Había permanecido en silencio por un largo rato, probablemente pensando en todo lo que estaba pasando. ―Antes dijiste que el fuego conecta a todos los que tenemos sangre marciana. Y el fuego mismo me mostró un montón de marcianos usando sus poderes, para darme confianza, ¿crees que podría ver a mi papá con la ayuda de mis poderes?

Jaime se quedó un momento pensando. ―Creo que es posible, sí. Recuerdo que a veces Duncan podía saber cuándo sus amigos estaban en peligro, aun estando aquí de visita y ellos en Marte.

La niña miró entonces a su padre, sonriente. ―Entonces intentaré ponerme en contacto con papi, ¡así sabremos dónde está y traerlo de vuelta!

El fiscal sintió como el corazón le daba un vuelco, una mezcla de orgullo y esperanza mezclados. ―Estoy seguro de que podrás hacerlo si te concentras lo suficiente, cariño. ― le dedicó su mejor sonrisa y luego siguieron comiendo.

La noche transcurrió de forma normal, ninguno volvió a hablar sobre Marte, el fuego, o los poderes. Querían distraerse un poco de todo lo que estaba pasando, por lo que miraron una película y disfrutaron de un poco de tranquilidad. César sin embargo apenas prestó atención a la pantalla y cuanto la película terminó, no tenía idea de cuál era su trama; su mente no podía dejar de pensar en Duncan, en Emma, incluso en Jaime. Su vida acababa de dar un vuelco de ciento ochenta grados, pero aquel hombre había pasado prácticamente por lo mismo y había estado completamente solo. Sin nadie a quién confiarle lo que pasaba, esperando en silencio que su único hijo volviera de una guerra de la que ningún portal de noticias estaba enterado. Debía haber sido un verdadero infierno.

Pronto llegó la hora de acostarse, y Emma y César ocuparon el antiguo cuarto de Duncan. El hombre, en contra de todo pronóstico, se durmió bastante rápido, por lo que la niña aprovechó para poner en práctica lo que su abuelo le había enseñado.

***

En cuanto cerró los ojos, pudo sentir una voz distante hablándole. Era la voz de su padre, de Duncan, pero ella sabía que no era él, era el fuego. Por la tarde había pasado lo mismo, aquella llama eterna le había hablado usando la voz de su padre, quizás para que no se asustara, quizás porque sabía que así podría mantenerse concentrada en un objetivo.

―Te vuelves más fuerte a cada segundo, Emma. ― le susurró la voz y ella simplemente continuó con los ojos cerrados, respirando pausadamente. Hasta que en cierto momento, sin saber cómo, se vio rodeada de completa y absoluta oscuridad, con solo una fogata ardiendo frente a ella. ―Bienvenida.

―¿En dónde estoy?

―En tu propia mente, pero en un lugar muy profundo. Muchos dirían que en realidad es parte de tu alma, a decir verdad, nunca intenté ponerle un nombre a este lugar. ― la chica se quedó en silencio, mirando extrañada al fuego. ―Lo siento, sé que no estás aquí para debates filosóficos, ¿qué es lo que necesitas?

―Quiero encontrar a mi papá. ― respondió con total seguridad.

―Ah, Duncan, sí. ― hubo un momento de silencio, la llama pareció agitarse levemente. ―Lamento decirte que tu padre no está ahora mismo aquí.

Eso la hizo estremecerse y tuvo que hacer  un esfuerzo para hablar. ―¿Q-Qué quiere decir eso? ― no quería comunicar la posibilidad que se había cruzado por su cabeza.

―Descuida, él está vivo. ― que aquella llama pudiera leer su mente no la tranquilizó lo más mínimo. ―Pero no está aquí ahora, por lo que no puedo ponerte en contacto. Sin embargo, puedo ayudarte a hablar con alguien que seguramente tendrá alguna respuesta.

―¡Hazlo, por favor!

Lo siguiente que supo, fue que estaba frente a una mujer de cabello azul marino muy preciosa. La mujer la miró sorprendida por un momento, pero luego sonrió.

―Hola, mi nombre es Kanda.

Aquello era como tener una conversación por internet, pensó. Una con un completo desconocido. Las voces de sus padres diciendo que nunca hablara con desconocidos por internet retumbó en su mente, tanto que pudo sentirlos a lo lejos en aquella oscuridad infinita. Pero aquello no era internet, aquello era... Algo diferente, aquello era seguro, el fuego no la pondría frente a alguien que quisiera lastimarla, ¿no?



Merlucito

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En el texto hay: amor gay, aliens, poderes elementales

Editado: 09.10.2019

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