Cronicas de una guerra: sombras del tiempo

Historia extra: Emma.

Emma estaba orgullosa de ser quién era. Siempre lo había estado, pero desde los diez años, ese orgullo tenía un toque aún más especial.

Estaba orgullosa de sus padres, del trabajo que cada uno hacía. Cuando sus compañeros de colegio le preguntaban a qué se dedicaban, ella hinchaba el pecho y respondía que uno de ellos era fiscal y que el otro era arqueólogo. Ambos, en su propio campo, hacía del mundo un lugar mejor. Uno ayudaba a las personas a encontrar justicia, el otro les recordaba de sus errores pasados para que no volvieran a repetirlos. Juntos, construían un futuro mejor.

Y ella siempre había querido hacer algo similar, algo que también ayudara a volver el mundo un lugar mejor, aunque fuera en pequeñas acciones. Por eso, había decidido desde muy pequeña que haría algo relacionado a la ecología.

Pero cuando tenía diez años, descubrió que existía todo otro mundo más allá del planeta tierra, que su padre no solo era un arqueólogo, sino también un guerrero. Que sus manos podían crear enormes llamaradas, que los viajes en el tiempo eran posibles y que parte de su familia provenía de Marte.

Y cuando vio Marte por primera vez, con su paisaje desértico y sus edificios monumentales, pero también con la marca innegable de una terrible guerra, se dijo a sí misma que ahora había dos mundos por salvar. Y se propuso hacer no solo de la Tierra un lugar mejor, sino también de Marte.

Por eso decidió que estudiaría diplomacia en la universidad. Y por eso se convirtió en una embajadora de los humanos en el planeta rojo, y de los marcianos en la Tierra.

Muchas cosas habían cambiado desde que tenía diez años, y ahora con treinta y sus padres ya retirados, viviendo una vida relativamente tranquila, se encontraba en medio de un desastre.

La embajada terrestre en Marte, ubicada cerca del nuevo palacio real, era literalmente un caos. Los humanos hacían filas enormes y muchos de ellos parecían tener la paciencia de una cucharita de té. Los marcianos, por su parte, los miraban como si nunca hubieran visto criaturas más desorganizadas en su vida.

―Emma, el presidente dice que está esperando tu llamada.

La mujer miró al chico que acababa de hablarle. Un humano de unos veinte años, todavía estudiante, con un teléfono en la mano.

―¿Qué presidente, James? Hay más de doscientos en la Tierra.

―Oh, claro, lo siento. El presidente de Estados Unidos.

Por supuesto que era ese presidente. Los estadounidenses nunca se habían quitado la costumbre de creerse el centro del universo, ni siquiera cuando habían descubierto que la Tierra no era el único planeta con vida inteligente de la galaxia. Emma lanzó un suspiro y extendió su mano.

―De acuerdo, pásamelo. ― el chico le pasó el teléfono y ella se dispuso a escuchar. A veces se preguntaba por qué sus padres no la habían detenido cuando ella había dicho que se dedicaría a eso. Por un lado agradecía haber tenido la libertad de poder hacer lo que amaba, pero por otro lado ya no estaba tan segura que las relaciones diplomáticas fueran lo que amaba. Especialmente cuando tienes que convencer a presidentes de que no son los únicos esperando un boleto a Marte.

―Lo sé, señor presidente, pero debe entender que hay familias que tienen prioridad. Tenemos enfermos y heridos en combate que desean regresar a casa. Además de padres, madres e hijos que desean volver a ver a sus familias. ― el hombre al otro lado de la línea continuó hablando como si no hubiera escuchado una sola palabra de lo que le había dicho. ―Entiendo, señor presidente, pero no puedo adelantar su boleto, lo siento. ― Mientras volvía a escuchar su irritante voz, sus ojos siguieron a una persona que parecía perdida entre la multitud. ―Disculpe, pero estoy muy ocupada en este momento, lo llamaré en cuanto pueda.

Y sin esperar más, cortó la comunicación y se dirigió a hablar con aquel muchacho. Piel ligeramente amarronada, cabello oscuro y una barba algo desalineada. Exactamente su tipo.

―Disculpe, ¿necesita ayuda? ― el hombre la miró y ella se perdió en sus ojos al instante. Marrones como las avellanas, brillantes como perlas, con esa chispa que solo los marcianos poseían. ―Soy la embajadora Emma Leblanc-Paré, estoy a su disposición para cualquier cosa que necesite.

―Oh, ah, sí. ― incluso su voz la cautivó en al instante. Si había alguna definición de amor a primera vista, aquello era. ―Estoy buscando la fila para realizar el visado. Acabo de llegar desde la Tierra y wow, esto es increíble.

Emma sonrió con ternura, recordaba perfectamente su reacción cuando había pisado Marte por primera vez. ―Por supuesto, venga por aquí. ― Le hizo una seña para que lo siguiera y él, con pasos algo torpes, lo hizo. ―¿Primera vez en Marte?



Merlucito

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En el texto hay: amor gay, aliens, poderes elementales

Editado: 09.10.2019

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