Cruzada de sangre

Capítulo 50

Sentada en un silla con las piernas flectadas cerca de una estufa a gas, con la mirada perdida y despeinada, confundida sin saber hacia donde ir o que pasos debo seguir. Soy solo una patética criatura que siente que ha perdido el rumbo y solo permanece cerca del calor de un artefacto temiendo darse cuenta lo frío que se ha vuelto su mundo. Una frazada cayó encima de mi cabeza y escucho la voz de Benjamín que sorbe su café.

 

—¿Quieres enfermarte? —agregó con fastidio—. Sería lo que faltará tener en mi departamento a un vampiro enfermo, por lo menos ya has dejado de llorar, pensé que inundarías el edificio.

 

—Los vampiros no nos enfermamos —respondí secamente—. Imaginó que lo sabes.

 

—Sí —afirmó de inmediato—. solo me pareció gracioso.

 

Lo miré en silencio sin agregar nada y mi cabeza se escondió en pensamientos oscuros y deprimente, es claro que estando así y lamentándome no logro nada, pero me siento en un vació, en una soledad abrumadora. El sonido del reloj de madera que cuelga en la sala es el único sonido que hay en aquel lugar.

 

Benjamín se levantó fastidiado, estaba cansado de mi mutismo y la forma como lo ignoraba, pero no es porque le guardo rencor, la verdad que eso ya ni siquiera me importa, solo quiero saber cual sera mi siguiente paso y aferrarme a él, porque ahora es como si estuviera a punto de caer a un oscuro foso.

 

—Come algo —indicó acercándome una bandeja con comida.

 

Solo lo observé por un leve instante y luego desvié mi mirada, me da nauseas el ver y sentir el aroma de la comida. No tengo apetito por lo que rehúso su ofrecimiento moviendo la cabeza sin decir palabra alguna.

 

—No tengo sangre para darte en este lugar —señaló algo herido por mi rechazo.

 

—No la necesito —le respondí apoyando mi frente en mis rodillas.

 

—¿Acaso te duele tanto que ese tipo al fin te dijera la verdad? Olvídalo de una vez por todas —habló con dureza.

 

—¿Como se llamaba ella? —le pregunté fijándome en su sorprendida mirada, sabe que le hablo de la mujer que aparece en las fotos que hay en el departamento.

 

— ... Adriana —murmuró desviando la mirada molesto.

 

—¿La has olvidado? —agregué observándolo fijamente.

 

—Es distinto —desvió la mirada incomodo, aunque el dolor de su expresión no paso desapercibido.

 

—¿Por que? —apoyé mi cabeza en mis rodillas entrecerrando los ojos.

 

—Porque ella me amaba —esta vez me miró seguro de lo que decía.

 

—¿Y acaso Víctor a mi no? —lo contemplé enfrentando su mirada.

 

—Los vampiros no aman —bufó molesto levantándose dispuesto a cortar la conversación—. Adriana dejo de ser ella cuando fue convertida en uno de esos monstruos.

 

—¿Y dejaste de amarla porque dejo de ser una humana? —arrugué el ceño observándolo fijamente.

 

Desvió la mirada con fastidio y sin agregar palabras me dio la espalda. Observé como se alejaba dejando su humeante café encima de la mesita de estar. El silencio vuelve a apoderarse de mi cabeza. Víctor me ha abandonado, así tal como suena, me indicó que no era capaz de amarme por lo que simplemente se fue sin pensar que más que bien me hundía en la desesperación de la soledad que comenzaba a carcomerme. Cuando desperté de mi inconsciencia ya me encontraba en el departamento de mi hermano, y aun cuando intente volver me recordó que Víctor me había dejado. Apreté los dientes molesta por marcharse sin siquiera darme el tiempo de evitarlo, y dejándome en el mismo desamparo que me invadió el día que me convertí en un vampiro, sin tener a un lugar donde ir, sin saber que había más adelante para mí. Tengo que ser fuerte pero el solo hecho de darme cuenta de la dura realidad en que mi marido ha decidido alejarse sin dar muestra de que volverá algún día me perturba. Una mezcla de dolor, rabia y tristeza se apodera de mi, y solo optó por abrazar mis piernas apoyando mi cabeza en mis rodillas, observando con indiferencia las noticias del televisor.

 

—No... —murmuró Benjamín sin acercarse—. A pesar de convertirse en un ragaz nunca deje de amarla...

 

Escuchar su dolido tono de voz me hizo sentir culpable por traerle triste recuerdos, quise decirle algo pero dos ligeros golpes sobre la puerta cortaron con brusquedad mis palabras. Seguí con la mirada los pasos de Benjamín que se alejaron a abrir y observé con indiferencia a quienes entraban al departamento.

 

—¿Aun sigues aquí lamentándote? —es la voz de Francisca, quien me observó con expresión adusta cruzando los brazos.

 

—No me lamentó —murmuré desviando mi atención molesta—. Estoy pensado en como salir de aquí sin que me detengan.



A.L. Méndez

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En el texto hay: vampiros, romance, cruzada de sangre

Editado: 30.03.2018

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