Cuando el Caos Aprendió a Amar

Cenizas y Esperanza

El silencio desapareció.

Las diminutas partículas de luz seguían cayendo del cielo como una lluvia interminable. Al tocar el suelo no dejaban marcas, no quemaban la tierra ni mojaban las calles. Simplemente se desvanecían, como si nunca hubieran existido.

Emma permanecía inmóvil con la mano extendida. La pequeña luz que había tocado su piel se apagó lentamente, pero una extraña sensación permaneció en su pecho. No era dolor. Tampoco miedo.

Era calma.

Una calma que no sentía desde antes de que el mundo se desmoronara.

Noah observó el cielo con el ceño fruncido.

—Tenemos que irnos.

Emma lo miró.

—¿Por qué?

—Porque cuando ocurre algo que nadie puede explicar, siempre llega alguien dispuesto a aprovecharse.

No esperó una respuesta. Comenzó a caminar con paso firme entre los edificios destruidos.

Emma dudó unos segundos antes de seguirlo.

No sabía nada de él. Ni siquiera su nombre. Sin embargo, quedarse sola tampoco era una opción.

Durante casi una hora caminaron sin hablar.

Las calles parecían un cementerio de cemento. Automóviles abandonados, bicicletas oxidadas, ventanas rotas y carteles caídos contaban la historia de una ciudad que había dejado de existir.

El viento movía un columpio en una plaza vacía.

Su chirrido rompía el silencio.

Emma se detuvo.

—Aquí venía cuando era niña.

Noah no respondió.

Ella sonrió con tristeza.

—Mi madre decía que los adultos olvidaban cómo mirar el cielo.

Noah levantó la vista apenas un instante.

Las luces seguían descendiendo.

—Tal vez tenía razón.

Continuaron caminando.

Cuando cayó la noche encontraron refugio en una vieja biblioteca municipal.

El edificio había resistido mejor que los demás.

Los estantes seguían en pie y cientos de libros permanecían cubiertos por una fina capa de polvo.

Emma recorrió los pasillos lentamente.

Pasó la mano sobre las tapas.

—Es extraño...

—¿Qué cosa?

—Todo lo que la humanidad aprendió está aquí... y ahora casi no queda nadie para leerlo.

Noah la observó en silencio.

Por primera vez desde que comenzó el caos vio una chispa diferente en los ojos de alguien.

No era esperanza.

Era amor por la vida.

Mientras Emma encendía una pequeña fogata con algunos muebles rotos, Noah salió a buscar agua.

Regresó una hora después.

Traía una mochila.

—Encontré esto.

Dentro había varias latas de comida, dos mantas y una vieja radio.

Emma sonrió.

—Hoy tuvimos suerte.

Noah giró la perilla de la radio.

Solo se escuchaban interferencias.

De repente...

"...si alguien recibe esta transmisión..."

Ambos levantaron la cabeza.

La voz era débil.

"...diríjanse al faro de Santa Elena..."

La señal volvió a llenarse de ruido.

"...no confíen..."

Silencio.

Emma abrió los ojos con sorpresa.

—¿Escuchaste eso?

Noah asintió.

—Sí.

—Hay más sobrevivientes.

Él permaneció callado.

Algo en aquella transmisión no le inspiraba confianza.

Las palabras "no confíen" seguían resonando en su cabeza.

¿No confiar en quién?

Esa noche casi no durmieron.

El viento golpeaba las ventanas.

La lluvia de luces continuaba cayendo.

Emma observaba el fuego mientras escribía en su libreta.

Noah, desde el otro lado de la sala, rompió el silencio.

—¿Qué escribes?

Ella levantó la vista.

—Recuerdos.

—¿Para qué?

Emma pensó unos segundos.

—Porque tengo miedo de olvidar quién era antes de todo esto.

Noah bajó la mirada.

—Yo ya lo olvidé.

Emma cerró la libreta.

—No.

Él la miró confundido.

—Todavía eres el hombre que volvió por mí en el supermercado.

Noah no respondió.

Hacía mucho tiempo que nadie le decía algo bueno sobre sí mismo.

Antes de dormir, Emma encontró un viejo libro de poemas.

Lo abrió al azar.

Leyó en voz baja:

"Cuando todo parezca perdido, busca aquello que todavía haga latir tu corazón."

Cerró el libro lentamente.

No sabía quién había escrito aquellas palabras.

Pero sintió que estaban dirigidas a ella.

A la madrugada ocurrió algo imposible.

Un resplandor iluminó toda la biblioteca.

Emma despertó sobresaltada.

Las luces que habían caído del cielo comenzaron a reunirse en el centro de la sala.

Giraban lentamente formando un círculo.

Noah tomó su cuchillo.

—Atrás.

Las partículas comenzaron a unirse unas con otras.

El aire vibraba.

Los libros caían de los estantes.

Las ventanas temblaban.

Y entonces...

La luz tomó forma.

Era la silueta de una niña de unos diez años.

No tenía rostro definido.

Solo estaba hecha de miles de pequeños destellos.

Emma sintió que el corazón se detenía.

La figura levantó lentamente una mano.

Y con una voz tan suave que parecía venir de todas partes dijo:

—El amor será la última esperanza de la humanidad...

Después desapareció.

La biblioteca volvió a quedar en silencio.

Emma y Noah permanecieron inmóviles durante varios minutos.

Ninguno podía explicar lo que acababan de presenciar.

Noah respiró hondo.

—Tenemos que encontrar ese faro.

Emma asintió lentamente.

Ya no era solo cuestión de sobrevivir.

Por primera vez desde que el mundo cayó en el caos, tenían un propósito.

Sin saberlo, acababan de dar el primer paso hacia una verdad que cambiaría para siempre sus vidas... y el destino de toda la humanidad.




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