El faro se alzaba sobre el acantilado como el último guardián de un mundo olvidado.
Sus paredes, desgastadas por el tiempo y las tormentas, seguían en pie desafiando el caos que había consumido todo a su alrededor. La enorme puerta de madera estaba entreabierta, moviéndose lentamente con el viento, como si invitara a entrar a quien aún tuviera el valor de buscar respuestas.
Emma respiró hondo.
Noah sostenía su brazo herido mientras observaba el lugar con desconfianza.
—¿Estás segura de que debemos entrar?
Emma recordó la voz de la radio.
"Diríjanse al faro de Santa Elena..."
Asintió.
—No hemos llegado hasta aquí para regresar.
Empujaron la puerta.
Un chirrido profundo rompió el silencio.
El interior estaba sorprendentemente limpio. No había polvo sobre los muebles ni telarañas en las esquinas. Parecía que alguien hubiera vivido allí hasta hacía muy poco.
Sobre una mesa descansaba una lámpara de aceite... encendida.
Noah se detuvo.
—Aquí hay alguien.
De pronto, una voz femenina resonó desde el piso superior.
—Los estaba esperando.
Ambos levantaron la vista.
Una mujer descendía lentamente por la escalera de caracol. Tendría unos cincuenta años, llevaba el cabello gris recogido y vestía un largo abrigo azul. Su mirada transmitía serenidad, pero también un cansancio inmenso, como el de alguien que había esperado demasiado tiempo.
—¿Quién es usted? —preguntó Emma.
La mujer sonrió con suavidad.
—Mi nombre es Elena. Durante veinte años fui la guardiana de este faro.
Noah frunció el ceño.
—¿Cómo sabía que vendríamos?
Elena miró directamente a Emma.
—Porque las luces te eligieron.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
La mujer hizo un gesto para que la siguieran.
Subieron hasta la sala donde giraba la enorme lente del faro. En el centro había un mapa antiguo cubierto de anotaciones, fotografías, cartas y símbolos dibujados a mano.
No era un mapa del país.
Era un mapa del mundo.
Y sobre él aparecían decenas de pequeños puntos luminosos.
—¿Qué es esto? —preguntó Noah.
—Los lugares donde las luces han aparecido.
Emma observó el mapa con atención.
—Entonces... no ocurrió solo aquí.
—No.
Elena respiró profundamente.
—Está ocurriendo en todo el planeta.
El silencio volvió a llenar la habitación.
La mujer señaló una fotografía antigua.
En ella aparecía un grupo de personas frente al mismo faro.
Entre ellas había un hombre muy parecido a Noah.
Él tomó la fotografía con manos temblorosas.
—No puede ser...
En el reverso había una fecha.
Veintisiete años atrás.
Y una frase escrita a mano:
"Nunca dejes que la luz desaparezca. Tu hijo terminará lo que nosotros empezamos."
Noah sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Ese es mi padre...
Elena bajó la cabeza.
—Sí.
Emma observó a Noah en silencio. Nunca lo había visto tan vulnerable.
Él había crecido creyendo que su padre murió en un accidente cuando era niño.
Pero aquella fotografía demostraba que la historia que conocía era una mentira.
—¿Dónde está? —preguntó con la voz quebrada.
Elena tardó unos segundos en responder.
—Murió protegiendo este lugar.
Noah cerró los ojos.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro.
Emma se acercó lentamente.
Sin decir una palabra, tomó su mano.
Él no la soltó.
Por primera vez desde que comenzó el caos, permitió que alguien compartiera su dolor.
En ese instante, un fuerte golpe sacudió la puerta principal del faro.
Después otro.
Y otro más.
Elena palideció.
—Nos encontraron.
Noah reaccionó de inmediato.
Corrió hacia una ventana.
Abajo, decenas de personas con máscaras negras rodeaban el faro.
Llevaban antorchas, armas improvisadas y una bandera oscura con un símbolo que Emma nunca había visto.
—¿Quiénes son? —preguntó.
Elena respondió con una mezcla de miedo y tristeza.
—Se hacen llamar Los Hijos del Vacío.
Creen que el amor es la causa de la debilidad humana y que el caos debe gobernar para siempre.
Los golpes se hicieron más fuertes.
Las viejas puertas comenzaron a ceder.
Elena abrió un compartimiento oculto bajo el suelo.
Sacó una pequeña caja de madera.
La colocó en las manos de Emma.
—Protégela.
—¿Qué hay dentro?
—La última esperanza.
Antes de que pudiera abrirla, un estruendo hizo temblar todo el edificio.
La puerta principal cayó.
Los hombres enmascarados comenzaron a entrar.
Noah tomó una barra de hierro.
Emma abrazó la caja contra su pecho.
Elena apagó la lámpara del faro.
La oscuridad cubrió la habitación.
Entonces, desde el interior de la caja, una intensa luz dorada comenzó a escapar por las pequeñas rendijas de la madera.
Los invasores se detuvieron.
Uno de ellos dio un paso atrás.
Con una voz temblorosa susurró:
—Es imposible...
La luz... ha despertado.
Y, por primera vez, el faro volvió a iluminar el horizonte.