Cuando el Caos Aprendió a Amar

El jardín de la Primera Promesa

El sendero se abrió lentamente frente a ellos.

Las flores blancas que cubrían el suelo parecían inclinarse a cada paso de Emma y Noah, como si reconocieran su presencia. El aire era diferente. No olía a humo ni a humedad, sino a tierra mojada después de la lluvia, a vida.

Gabriel caminaba delante de ellos sin decir una palabra.

A ambos lados del sendero crecían árboles gigantescos cuyos troncos estaban cubiertos por raíces doradas que emitían una tenue luz. Entre las ramas revoloteaban pequeñas aves de plumaje azul, especies que Emma jamás había visto.

—Pensé que ya no quedaban lugares así... —susurró.

—Existen —respondió Gabriel—. Solo permanecen ocultos para quienes han olvidado mirar con el corazón.

Después de varios minutos de caminata, el bosque desapareció.

Ante ellos se extendía un inmenso jardín.

Era tan hermoso que parecía imposible.

Miles de flores de todos los colores cubrían los campos. Arroyos cristalinos recorrían la pradera y, en el centro, un gigantesco árbol de hojas plateadas se elevaba hacia el cielo.

Su copa era tan inmensa que parecía sostener las nubes.

Emma quedó sin aliento.

—Es... precioso.

Gabriel sonrió.

—Bienvenidos al Jardín Olvidado.

Noah observó el enorme árbol.

—¿Qué tiene de especial?

El anciano apoyó una mano sobre el tronco.

Al hacerlo, todo el árbol comenzó a brillar.

—Aquí nació la Primera Promesa.

Emma frunció el ceño.

—¿Qué promesa?

Gabriel los miró con serenidad.

—Hace miles de años, cuando la humanidad dio sus primeros pasos, recibió un regalo que ninguna otra especie poseía.

No fue la inteligencia.

No fue la fuerza.

Fue la capacidad de amar incluso en medio del miedo.

Mientras esa promesa permaneciera viva, el caos nunca podría dominar completamente el mundo.

Pero los hombres comenzaron a elegir el odio, la ambición y la violencia.

Con cada guerra, con cada traición y con cada acto de crueldad, el árbol perdió parte de su luz.

Hasta que llegó el Gran Colapso.

Noah bajó la mirada.

—¿Entonces el caos no apareció de repente?

Gabriel negó con la cabeza.

—No.

El caos nació lentamente, dentro del corazón humano.

Lo que ustedes vivieron fue solo la consecuencia.

Emma se acercó al árbol.

Cuando apoyó su mano sobre la corteza, una cálida energía recorrió todo su cuerpo.

Cerró los ojos.

De pronto, una visión apareció ante ella.

Vio a miles de personas tomadas de las manos alrededor del árbol.

No existían diferencias entre ellas.

Ni fronteras.

Ni guerras.

Ni odio.

Solo paz.

Entonces la imagen cambió.

El cielo se volvió negro.

Las personas comenzaron a soltarse unas a otras.

La desconfianza apareció.

Luego el miedo.

Después la violencia.

Finalmente, el árbol perdió casi toda su luz.

Emma abrió los ojos con lágrimas.

—Lo vi todo...

Gabriel asintió lentamente.

—Ahora entiendes por qué fuiste elegida.

—¿Yo?

—No eres la elegida para luchar.

Eres la elegida para recordar.

Noah miró confundido al anciano.

—¿Recordar qué?

Gabriel sonrió.

—Que el amor no es una debilidad.

Es la fuerza más poderosa que existe.

En ese momento, un estruendo hizo temblar el jardín.

Las aves levantaron vuelo.

El agua del arroyo comenzó a agitarse.

El árbol perdió intensidad durante unos segundos.

Gabriel levantó la vista con preocupación.

—Nos encontraron.

Desde la entrada del jardín aparecieron decenas de figuras encapuchadas.

Los Hijos del Vacío habían llegado.

Pero esta vez no estaban solos.

El líder avanzó lentamente.

Se quitó la máscara por primera vez.

Emma sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

No podía creer lo que veía.

El hombre tenía el mismo rostro que Noah.

Solo que parecía mayor y estaba marcado por profundas cicatrices.

Noah dio un paso atrás.

—No...

El desconocido sonrió con tristeza.

—Hola, hijo.

El silencio fue absoluto.

Emma miró a Noah, incapaz de comprender.

—¿Tu padre...?

Noah apenas podía respirar.

Toda su vida había creído que estaba muerto.

Gabriel cerró los ojos.

Sabía que ese momento llegaría.

El hombre extendió lentamente la mano.

—Ven conmigo.

Todavía podemos salvar este mundo... pero primero debemos destruir la mentira que llaman esperanza.

Noah permaneció inmóvil.

Su corazón luchaba entre el deseo de recuperar al padre que creyó perdido y la certeza de que algo terrible había cambiado en él.

Emma tomó suavemente su mano.

No dijo una sola palabra.

Solo la sostuvo.

Y ese pequeño gesto fue suficiente para recordarle quién era realmente.

El padre de Noah sonrió con amargura.

—Ya veo...

Ella es la razón por la que no puedes regresar.

Entonces levantó la vista hacia el inmenso árbol.

Su expresión cambió.

—Si no puedo recuperarte...

Haré que el mundo vuelva a arrodillarse ante el caos.

Levantó ambas manos.

El cielo comenzó a oscurecerse.

Una grieta gigantesca atravesó las nubes.

Del interior surgió una oscuridad tan profunda que parecía devorar la luz.

El árbol respondió iluminándose con toda su fuerza.

Las flores comenzaron a abrirse al mismo tiempo.

El viento rugió.

Emma sintió que la semilla dorada brillaba dentro de su bolsillo.

Gabriel dio un paso atrás.

—Ha comenzado.

La batalla por el corazón de la humanidad ya no podía evitarse.

Y el destino del mundo dependería de una sola decisión: si el amor sería capaz de vencer al miedo... o si el caos reclamaría para siempre todo aquello que alguna vez fue hermoso.




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