Cuando el Caos Aprendió a Amar

El hombre que perdió la fe

El cielo rugía.

La inmensa grieta que había rasgado las nubes seguía expandiéndose sobre el Jardín Olvidado. Cada segundo parecía abrir una herida más profunda en el firmamento, dejando escapar una oscuridad que absorbía la luz de las estrellas.

Las hojas plateadas del gran árbol comenzaron a caer lentamente.

No era otoño.

Era como si el propio jardín estuviera llorando.

Emma sintió un vacío en el pecho.

La semilla dorada brillaba con tanta intensidad que apenas podía sostenerla entre sus manos.

Noah permanecía inmóvil.

Frente a él estaba el hombre al que había llorado durante toda su infancia.

El hombre al que creyó muerto.

Su padre.

Durante unos segundos ninguno habló.

Solo se escuchaba el viento atravesando las ramas.

Finalmente, Noah dio un paso al frente.

—¿Por qué?

Su voz estaba quebrada.

—¿Por qué nos abandonaste?

El hombre bajó lentamente la mirada.

Las cicatrices que cubrían su rostro parecían contar una historia de sufrimiento.

—Nunca los abandoné.

Emma observó con atención.

No había odio en aquella voz.

Solo un cansancio infinito.

—Cuando el caos comenzó —continuó el hombre— intenté detenerlo junto con Elena, Gabriel y muchos otros guardianes.

Éramos cientos.

Creíamos que la humanidad todavía podía cambiar.

Pero llegábamos siempre demasiado tarde.

Cada ciudad que intentábamos salvar terminaba consumida por el miedo.

Cada familia acababa traicionándose por sobrevivir.

Cada promesa terminaba rota.

Noah sintió un nudo en la garganta.

—¿Y mamá?

El hombre cerró los ojos.

Las lágrimas comenzaron a recorrer las profundas cicatrices de su rostro.

—Murió intentando protegerte.

El silencio cayó sobre el jardín.

Aquellas palabras golpearon a Noah con más fuerza que cualquier arma.

Durante años había culpado al destino.

Ahora descubría que su madre había entregado la vida por él.

—Después de perderla... —continuó su padre— dejé de creer.

Comprendí que el amor solo hacía sufrir a las personas.

Que mientras existiera, siempre habría dolor.

Emma dio un paso al frente.

—No.

Él la miró.

—El amor no destruyó el mundo.

Fue el miedo.

El hombre sonrió con tristeza.

—Eso también creía yo.

Hasta que vi cómo padres abandonaban a sus hijos para salvarse.

Cómo hermanos se mataban por un pedazo de pan.

Cómo amigos se traicionaban.

¿Dónde estaba el amor entonces?

Emma permaneció en silencio.

No tenía una respuesta sencilla.

Gabriel habló por primera vez.

—El amor nunca desapareció.

Solo quedó enterrado bajo el miedo.

El padre de Noah negó lentamente.

—Y yo decidí arrancarlo para siempre.

Levantó una mano.

La oscuridad descendió un poco más.

Las flores comenzaron a marchitarse.

El agua cristalina del arroyo perdió su transparencia.

El Jardín Olvidado empezaba a morir.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Un pequeño niño apareció entre los árboles.

Tendría unos ocho años.

Estaba descalzo.

Llevaba ropa vieja y abrazaba un cachorro herido contra su pecho.

Nadie entendía cómo había llegado hasta allí.

El niño caminó directamente hacia el padre de Noah.

Todos contuvieron la respiración.

Los Hijos del Vacío levantaron sus armas.

Pero el niño no mostró miedo.

Se detuvo frente al hombre.

Luego extendió el cachorro.

—Está herido...

¿Puedes ayudarme?

El líder permaneció inmóvil.

Sus manos comenzaron a temblar.

Durante un instante, las cicatrices de su rostro parecieron desaparecer bajo las lágrimas.

Recordó a Noah cuando era pequeño.

Recordó la primera vez que lo sostuvo en brazos.

Recordó la promesa que le hizo a su esposa.

"Siempre lo protegeré."

La oscuridad del cielo vaciló.

Emma observó aquella escena con esperanza.

Quizá aún quedaba luz en él.

Pero desde la inmensa grieta surgió un rugido ensordecedor.

Una voz antigua, fría y profunda atravesó el jardín.

—No olvides quién eres...

El padre de Noah cerró los ojos con fuerza.

Cuando volvió a abrirlos, la compasión había desaparecido.

Tomó al niño con una mano y lo apartó con brusquedad.

El cachorro cayó al suelo.

Emma corrió a levantarlo.

El pequeño comenzó a llorar.

Noah sintió que el corazón se rompía.

Comprendió que su padre seguía luchando por dentro.

No era completamente libre.

Había algo... o alguien... controlando su dolor.

Gabriel dio un paso hacia Emma y habló en voz muy baja.

—Ahora ya conocen la verdad.

—¿Qué verdad? —preguntó ella.

El anciano miró la grieta en el cielo.

—El verdadero enemigo nunca fue el padre de Noah.

Solo es el primer prisionero del Caos.

Y mientras pronunciaba esas palabras, dos inmensos ojos de color rojo comenzaron a abrirse lentamente dentro de la oscuridad que cubría el firmamento.

Por primera vez, Emma comprendió que el caos no era una idea.

Era una presencia.

Antigua.

Paciente.

Y había esperado siglos para regresar.




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