Cuando El Cielo Desciende

6. MICHAEL

 

    Michael Esfordton caminaba por la acera de una antigua casa, en Nueva Hamsphire. Comía unas papas fritas, junto a un refresco en lata. Disfrutaba el delicioso sabor de la Coca-Cola.

Se dirigía a casa de un amigo suyo, un viejo amigo. Vivía cerca de la esquina en donde se ubicaba el Banco Nacional, y el estaba a punto de llegar a el. Antes de llegar, observó un Bullgod Americano que cruzaba junto a su dueña, una anciana que parecía tener un mal día, le habría agarrado un ataque de histeria. Se acomodó la gorra de campesino, que siempre utilizaba cuando iba de pesca, y avanzó una cuadra con cara al gran parque que, cuanto más se acercaba, más podían verse los niños correteando por las aceras de tierra, saltando por las piedras altas y derribando a otros chicos, haciendo un gesto de victoria porque se encontraban jugando a una lucha entre compatriotas, y, el que ganaba, era el campeón, maestro histórico o guerrero de corazón. Michael se echó a reír.

Llegó hacia un callejón el que pudo ver a más de diez tipos sentados, con monedas de veinticinco centavos que le relucían en los bolsillos. Se aproximó a un supermercado, y, al verlo, supo que ya no le quedaba absolutamente nada por caminar, era cuestión de dar unos veinte pasos más y adiós, llegas a la meta, como todo un campeón. Volvió a acomodarse la gorra. Antes de llegar a la casa, se cruzó con Gordan, con quien tuvo una larga charla.

-Demonios Michael, iba de compras.

-¿Cervezas?

-Hoy a las diez de la noche, -dijo él, y se echó a reír- ven a mi casa.

-Eso haré -comentó Michael- las cervezas deben ser saboreadas por su papito.

-Bueno, adiós. Debo llegar porque sino mi mujer dirá “que nunca estoy en casa”. Esa mujer, la odio, porque resulta que quien nunca está en casa es ella, sus cumpleaños de amigas, abuelas, tías, y demás.

Michael siguió con su camino, miró por encima del hombro y vio como Gordan dobló hacia la derecha, cruzando la entrada del supermercado. Llegó hacia la puerta principal, que daba acceso a la casa de su amigo, el moreno Oring. Tocó dos veces la puerta. No hubo respuesta. Prosiguió y tampoco. «Debe estar duchándose, o debe estar mirando la televisión», pensó el. Escuchó pasos que se aproximaban hacia la puerta, del lado de adentro. Vio como el picaporte comenzó a girar, no sin antes escuchar un gemido que venía desde muy lejos. Nuevamente, oyó otro, y así, tres veces más. El picaporte tomó su forma normal, y el fue quien comenzó a patear la puerta. Luego, lo agarró y lo giró, intentando no hacer mucho ruido. Cuando consiguió abrirla, entró. Lo único que podía ver era sangre, por todos lados, y una mancha lóbrega que se le acercaba lentamente por aquel pasillo que llevaba hacia el baño. Un trasfondo aterrador; moco. Algo color verde pegajoso, que parecía haber salido de la boca de un bicho de otro planeta, y Michael no pensaba en eso, creía que era demasiado ficticio. Desde la puerta de la cocina, la cual la alcanzaba ver a lo lejos, vio como una lengua comenzó a extenderse hasta llegar a la pequeña mesa del comedor, la cual sostenía un florero con flores amarillas, que se relucían con el resplandor del sol que daba justo en esa parte, agregando el hueco que quedaba entre la escalera que llevaba al segundo piso, el baño y la habitación muerta, en la que había dormido la esposa fallecida de Ormingt. Tras una pared que años atrás había sido pintada de un claro verde, una cosa apestosa salió de su alrededor, y comenzó a avanzar hacia la escalera y dirigiéndose hacia la habitación muerta. Michael dio dos pasos paralelos, retrocediendo. Ante él, pudo ubicar perfectamente a un cuerpo que se encontraba pálido, que parecía un pastel recién sacado del microondas. Tenía partes del cuerpo recubiertas por llamas no tan fuertes, y algunas incluso negras, oscuras. La lengua seguía acercándose, y Michael no prestó atención en ella. Había demasiadas cosas extrañas allí, y la única salida que tenía era abrir la puerta e irse. O quizás la opción que debía tomar era adaptarse al contorno, y no sufrir, creer que todo eso era un sueño y enfrentarlo, aunque fuera un gran error, el cual le favorece a aquel bicho el cual se apoderaba de él, lentamente. La lengüeta traspasó distintos remolinos que iba generándose a medida que el cuerpo comenzaba a desvanecerse, dejaba pequeños rastros de bichos que, poco a poco, iban yéndose hacia abajo del suelo. Por momentos, vio como espejos comenzaban a regenerarse delante suyo, y veía distintos reflejos, pero de distintas personas. El más relevante era el que se encontraba en el medio, de una fila de mil. Un espectro monstruoso, muy parecido a un alienígena. Estaba en una especie de 3D, y Michael presenciaba como poco a poco se aceraba a el, con lentos y cortos pasos. Los ruidos del impacto de sus pies retumbaban por su cabeza: ¡pum, pum, pum! Y no paraba. Los golpes generaban un terrible dolor dentro suyo, y Michael no podía controlarlo, tampoco podía moverse, y eso lo dificultaba demasiado. Debajo del monstruo, aparecía un tipo, que poco a poco se le acercaba, y parecía un ebrio que venía a matarlo. A la derecha, veía a la mujer que segundos antes estaba tirada en el suelo. El hombre comenzaba a asomarse por una oscuridad que impedía a Michael ver su cara. El espejo del monstruo se rompió, debido a un traspaso; la lengüeta había dado un terrible salto, que logró traspasar el espejo, y poco a poco iba acercándose a él, como un perro que saltaba para dar un abrazo de felicidad a su dueño. Intentó bajar la mirada, e intentar ver a aquel hombre que, poco a poco, iba revelándose tras una oscuridad tenebrosa. La lengüeta no pudo llegar, cayó antes de impactar contra la cara de Michael. Un ruido se generó, muy molesto, que rompió sus oídos. Cerró los ojos, y cuando los volvió a abrir, nada más se encontraba allí, solamente el florero de flores amarillas roto, caído en el suelo. Escuchó el picaporte girar, y sigilosamente se escondió entre el techo que impedía dar luz, el cual recubría un aposento completamente apoderado por la oscuridad, en la que solo habían recuerdos de Ormingt. Cerró rápidamente la puerta, antes de que el moreno entre a su casa, como si fuera un día normal. Cerró la puerta, fuerte, y se dirigió hacia la cocina. El hizo el intento de salir sin que lo oyera.



Barbero Santino

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En el texto hay: extraterrestre

Editado: 04.04.2018

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