Cuando descubrí que estaba embarazada, lloré.
Pero esta vez de felicidad.
Tenía miedo, por supuesto.
Ser madre era algo que no había planeado de aquella manera, pero cuando escuché los latidos de aquel pequeño corazón, algo dentro de mí cambió.
Había alguien allí.
Alguien que dependía de mí.
Alguien a quien todavía no conocía y ya amaba con toda mi alma.
Cuando se lo conté, esperaba encontrar la misma emoción en sus ojos.
No la encontré.
—Estoy asustado —fue lo que me dijo.
Quise creerle.
Me aferré a aquella explicación.
Pensé que necesitaba tiempo.
Que cuando naciera nuestra hija todo cambiaría.
Que cuando la tuviera entre sus brazos comprendería.
Pero no fue así.
Cuando Ciara llegó al mundo, yo sentí que mi corazón había encontrado un lugar fuera de mi cuerpo.
Él, en cambio, parecía estar cada vez más lejos.
No faltaba dinero.
No faltaba una casa grande.
No faltaban comodidades.
Pero faltaba algo que ninguna cantidad de dinero podía comprar.
Presencia.
Amor.
Una familia.
Ciara crecía.
Y su padre se perdía cada momento.
No estuvo en su primer cumpleaños.
No estuvo cuando comenzó la guardería.
No estuvo cuando estuvo enferma.
No estuvo para jugar con ella.
No estuvo para escucharla.
No estuvo.
Y yo seguía inventando excusas para explicarle a una niña lo inexplicable.
—Papá está trabajando.
—Papá está ocupado.
—Papá tiene muchas cosas que hacer.
Hasta que un día comprendí que también me estaba mintiendo a mí misma.