Ciara estaba por cumplir cuatro años cuando finalmente acepté la verdad.
Él no quería aquella vida.
Y yo tampoco.
Había pasado demasiado tiempo intentando salvar algo que ya no existía.
Una tarde coloqué los papeles sobre la mesa.
Mis manos temblaban.
—Quiero divorciarme.
Esperé una reacción.
Una discusión.
Un intento.
Algo.
Pero él simplemente me miró.
Firmó.
Y eso fue todo.
Durante unos segundos me quedé mirando su firma.
Era extraño.
Aquel pequeño movimiento de su mano acababa con años de mi vida.
Salí de aquella casa con mi hija de la mano.
No sabía qué haría.
No sabía dónde viviríamos.
No sabía cómo comenzaría de nuevo.
Lo único que sabía era que ya no podía seguir allí.
Aquella noche me pregunté:
¿Dónde voy a ir?
Y entonces escuché que alguien llamaba a la puerta.
Cuando la abrí, me quedé inmóvil.
Eran ellos.
Mis padres.
Mis hermanas.
Mi familia.
Nadie me preguntó por qué había tardado tanto.
Nadie me reprochó haberme alejado.
Mi madre simplemente me abrazó.
Mi padre tomó la pequeña mochila de Ciara.
Y una de mis hermanas me dijo:
—Vámonos a casa.