Durante mucho tiempo pensé que había decepcionado a mi familia.
Veía a mis hermanas avanzar.
Estudiar.
Trabajar.
Cumplir sus sueños.
Las miraba y me sentía orgullosa.
Pero también sentía vergüenza.
¿Por qué ellas podían seguir adelante y yo no?
Una noche mi hermana se sentó a mi lado.
—¿Sabes qué veo cuando te miro?
Negué con la cabeza.
—A Anna.
Me reí amargamente.
—Yo ya no sé quién es Anna.
Ella tomó mi mano.
—Entonces vamos a recordártelo.
Aquellas palabras se quedaron conmigo.
Porque tenía razón.
Yo no había decepcionado a las personas que me amaban.
Me había decepcionado a mí misma.
Me había decepcionado a mí misma.
Me había abandonado.
Y quizás esa era la herida más profunda.
Pero también podía hacer algo.
Podía volver.
No podía cambiar los años que habían pasado.
No podía darle a Ciara una infancia diferente.
No podía recuperar mis sueños perdidos.
Pero podía dejar de perder los que todavía quedaban.