Cuentos y relatos

Belleza escondida (I)

Otro volante de una joven desaparecida circula en cada esquina de los establecimientos locales del remoto pueblo. Alina se quedó observando uno con fijeza hasta que decidió continuar su camino tarareando una melodía mientras sujetaba optimista su faldón gris, dejando ver unos botines un tanto viejos. Por fortuna para ella nunca desapareció alguna chica conocida en los estrechos lazos de una amistad.

En el pueblo, donde la luz del sol brillaba por su ausencia y los bosques de pinos parecen susurrar a las ánimas, desaparecen las mujeres de manera misteriosa. Nadie sabe cómo o cuándo, como si un espectro las hubiera engullido. Tarde ya daban cuenta de la ausencia, cuando se les buscaba y no eran halladas.

Quien sea o lo que fuera tras agobiantes desapariciones mostraba una fuerte predilección en las mayores de diecisiete años: muchachas jóvenes, bonitas o en edad madura; aquellas que a pesar de los años no habían perdido el encanto.

Pronto, las más hermosas pasaron a ser vigiladas con recelo por sus familiares, novios y gente allegada con tal de refrenar esas desapariciones que tantas lágrimas costaban a sus seres amados. Todas ellas eran avisadas del peligro para que estuvieran siempre alerta a cualquier movimiento extraño. Sin embargo, nada de eso evitaba sus desapariciones.

Eran muy constantes los disgustos que le hacía pasar su hermano menor a Alina debido a esto.

Él le decía:

—Quien se está llevando a las mujeres más hermosas nunca te llevará a ti, por fea.

Alina respondía siempre con un golpe de nudillo en la cabeza del menor de edad; y otras veces acudía a la tranquilidad del bosque a sanar sus penas.

Aunque bien sabía que su hermano sólo buscaba la forma de fastidiarla, tampoco creía que él estuviera del todo equivocado.

Quienes desaparecían eran bellas como las princesas de los cuentos y la gracia de los cisnes, con más de un pretendiente detrás; Alina, en cambio, con diecinueve años nunca probó el primer rubor de ser la favorita de un joven. El menosprecio a sus encantos femeninos la hicieron pensar que ese deleite nunca sería para ella. Por tanto, nadie en su casa se preocuparía por un secuestro. No a Alina.

Joven de mediana estatura, apariencia frágil e inocente, sin nada especial, un poco gordita y, según quienes la rodeaban, sin mucho atractivo físico. Su busto quedó atrapado en el de una niña menor a trece y sus dos hermanas mayores la hicieron acomplejarse por eso; estas se consideraban mucho más atractivas y superiores; pero ya casadas y con hijos, se excusaban de que sus cuerpos no eran los mismos de antes de los embarazos y por ello no eran raptadas por quien se llevaba a las mujeres más hermosas.

Alina, de cierta forma, era de esas mujeres agraciadas que podía darse el lujo de caminar de manera tranquila por el pueblo y sus bosques, porque estaba convencida que jamás raptarían a una jovencita tan poco atractiva como ella. Incluso su labor constaba de ayudar a su madre con el mercado de verduras que le daba sustento a la familia. En ella estaba la responsabilidad de ir de un lado a otro a comprar semillas, herramientas para el cuidado del huerto y ayudar en la cosecha.

Durante esas caminatas Alina se distraía en el único deleite arquitectónico en todo el pueblo. La hermosa mansión georgiana con acabados hechos en mármol blanco. La misma fue edificada sobre una colina que permitía a los pueblerinos verla desde la lejanía. Sin temor a equivocaciones, una de las casas más hermosas en toda la región y la más surreal por el desentono con el lugar en el que fue construida. Todos los demás vivían en chozas, casas pequeñas y empedradas, humildes, en un ambiente tranquilo y ordinario.

Era como si una pieza de arte de incalculable valor fuera exhibida al lado de la basura.

Quizás esa fue la intención de los viejos dueños, construirla en ese lugar para resaltar mucho más de lo que hacen las maravillosas piezas de arte puestas en un museo, en donde se opacan las unas a las otras.

Se sabía que la habitaba un señor de unos cincuenta años, el cual iba muy pocas veces al pueblo. Solo bajaba a comprar comida y algunas otras extravagancias que se permitía en la soledad de aquella casa.

Por ese estilo de vida tan ermitaño, por un tiempo se le acusó de ser el autor de las desapariciones, pero las veces que fueron a revisar su casa no hallaron nada. El allanamiento sólo provocó que el señor se recluyera más.

Alina lo había visto en más de una ocasión a distancia. Era un hombre muy elegante, atractivo para su edad, se notaba que aún conservaba su vigor, incluso su cabello negro cubierto por gruesos mechones blancos era algo que encantaba a más de una mujer del pueblo. Según se rumoreaba, él era viudo y quedó tan mal cuando murió su esposa que se aisló en aquella mansión.

Se decía que sus ancestros la habían edificado con sus propias manos una vez que se asentaron en aquel pueblecito abandonado del mundo —eran extranjeros—, convirtiéndola en una de las casas más antiguas y mejor conservadas de toda la zona.

A veces, sin pretenderlo su mirada se dirigía a la mansión como atraída  por la fuerza sobrenatural de un imán invisible.

—Cómo me gustaría vivir en un lugar así —dijo en un suspiro, consolando su fealdad en la vista que tenía de la mansión.

Ocurrió que una tarde Alina volvía de sus labores en el bosque y de comprar fruta. En el camino se topó con algo que la hizo detenerse al instante, una avecita con un ala lastimada, se arrastraba por el suelo en un intento por despegar sus alas a la libertad; su cantar, antes hermoso, se volvió un sonido lastimero, delator del inmenso dolor presente.



Clem

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En el texto hay: antologia, cuentos, ficcion general

Editado: 30.10.2020

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