De cómo aman los Jensen.

CAPÍTULO TRECE.

━━━━━ CAPÍTULO TRECE ━━━━━

HABLAMOS SOBRE AMOR.

━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

Cuando Noah la miraba a los ojos, sentía mariposas en su estómago. Se odiaba por eso, era demasiado cursi, pero no tenía otra forma de describir lo que sentía en su barriga. A River le gustaba Noah, no tenía ánimos de negarlo, sólo ganas de aprovecharlo. 

Sin embargo, más cosquillas sentía al verlo escrudiñar sus lienzos. Eran horribles, la pintura sobre ellos no tenía mucho sentido para nadie, sólo para ella. Estaba plasmada su rabia, su vergüenza, su odio, su humillación. Todos los sentimientos negativos hacia su madre, la misma que se encargó de darle la peor de las niñeces.

Le avergonzaba un montón que Noah viera su inexistente talento para la pintura, pero había insistido tanto que finalmente cedió. Sucedería tarde o temprano, así que era mejor la humillación temprana.

Al cumplir los cuatro años, Katrina vio en su hija potencial. Era una niña preciosa, su belleza de seguro triunfaría en los concursos donde ella misma había participado en su niñez y adolescencia. A River no le gustaba, lo único que quería era jugar con sus muñecas y los automóviles que su padre le compraba a escondidas, pero era el único vínculo que tenía con su madre, lo único que tenían en común. 

River, con sólo cuatro años de vida, soportó múltiples horas con pesado maquillaje en su pequeño rostro, con vestidos llenos de incómoda pedrería y tacones brillantes que le provocaban mucho dolor en sus piecitos. Ella estaba explotándola sólo para satisfacer su propio egocentrismo.

Su padre discutió demasiadas veces con Katrina respecto a los concursos, pero ella lo amenazaba con demandarlo y pedir custodia permanente de River. Se habían divorciado cuando ella había cumplido apenas los dos años. Él podía perder sin duda alguna, viajaba bastante por su trabajo y eso podía jugarle en contra, así que aceptó que River siguiera participando con la condición de que ella lo quisiera, y ella lo seguía queriendo sólo porque deseaba la atención que su madre le brindaba en esos momentos, porque en el día a día no la tenía.

Fueron tres años eternos para River, que no hubiesen terminado sino fuera porque uno de los encargados de los tantos concursos a los que asistió intentó abusar de ella. Era una parte de su vida que no le gustaba recordar. Una experiencia horrible que pudo haber terminado mucho peor si no fuese por esa mujer que la encontró y la salvó. 

Su padre demandó a ese hombre y a Katrina, y gracias al cielo ganó. River pudo volver a los brazos de su padre y ser la niña que no pudo ser por culpa de su supuesta mamá. Desde ese momento nunca más supo de ella, entendiendo que nunca la quiso. Pero no le preocupaba, su padre tenía tanto amor que no notaba la falta de una figura materna. 

La terapia la salvó como nunca imaginó, las feas pinturas que Noah veía eran la prueba. Si bien no tenía el talento, sí tenía el amor por el arte y eso bastaba. Algún día él sabría lo que ocultaban sus lienzos, pero todavía no era el momento.

—¿Quieres salir conmigo? —le preguntó River sonriendo de lado. Noah elevó su mirada y rio con suavidad. 

—¿Es una cita?

—Claro que sí.

—Entonces sí.

No se demoraron mucho en salir. Noah no podría decirlo en voz alta, pero realmente disfrutaba mucho de la compañía de River. Tenían una especie de complicidad única, algo que nunca obtuvo con Paige, quien, a pesar de que ya no inundaba sus pensamientos, seguía siendo un fantasma rondando en su cabeza. 

Subieron al auto de Noah, con River permitiendo que él la sorprendiera con algún lugar para comer. 

—Tus cuadros son… diferentes —le dijo Noah haciéndola reír.

—Sólo di que son horribles.

—No diré eso, el arte es subjetivo —se encogió de hombros, sonriente, sin despegar su vista del camino. River lo miró, pensando en lo guapo que se veía con su abrigo negro, su cabello peinado hacia atrás, manejando.

—Si tuvieras una casa propia y vieras mis cuadros en alguna galería, ¿los comprarías para decorarla? 

—¿Sí? —respondió dudoso, haciéndola reír—. Oye, si algún día vivimos juntos, debo apoyarte, ¿no?

—Deja esas bromas —pidió River—. Si vivimos juntos, no tendrás que comprarlas. 

Noah amplió su sonrisa. Esta vez, ella le había seguido el juego. 

Cuando se bajaron del auto una vez llegaron, River no evitó abrir su boca, sorprendida por la belleza del restaurant. Estaba hecho completamente de madera, con varias plantas y un estilo bohemio. River no podía estar más feliz.

—Esto es maravilloso —le dijo—. ¿Por qué no conocía este lugar?

—Es nuevo, lo descubrimos con unos amigos hace… ¿dos, tres semanas? —Noah sonrió—. Son los mejores sándwiches de Rhode Island.

—¡Ya quiero probarlos! —chilló River tomando su mano y guiándolo hacia dentro.

Pidieron una mesa y realizaron sus respectivos pedidos con rapidez. Noah había elegido algo que ya había probado y River no se demoraba mucho escogiendo platos. Para fortuna de ambos, estaban sentados frente a frente. 



Emily Taylor

Editado: 06.04.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar