De tu cielo a mi estrella

Capítulo 2: Las chicas que sobreviven

🩰Narrado por Estrella🩰

Hay personas que creen que cuando sobrevives a algo terrible, automáticamente te vuelves fuerte como si el dolor fuera una máquina que te rompe y te reconstruye mejor como si después de estar al borde, una regresara convertida en alguien valiente, segura, invencible.
No funciona así.
A veces sobrevivir solo significa que sigues aquí.
Que abriste los ojos un día más.
Que tu corazón siguió latiendo aunque había noches en las que habías deseado dormir sin sentir nada.
Que tu cuerpo, tan cansado de luchar, decidió no rendirse del todo y después de eso... toca aprender a existir otra vez.
A mí nadie me enseñó esa parte.
Nadie te explica qué hacer cuando el mundo te felicita por seguir viva, pero tú todavía no reconoces
del todo a la persona que te devuelve la mirada en el espejo. Nadie te dice cómo volver a confiar en tu propio cuerpo cuando durante tanto tiempo lo sentiste como un lugar frágil, traicionero, herido.
Yo tenía veintitrés años y una segunda oportunidad que me quedaba hermosa desde fuera... pero enorme por dentro.
El espejo de mi habitación estaba junto a la ventana, y la luz de la mañana siempre me caía de lado, marcándome el contorno de la cara, el cabello rubio lacio por los hombros, el cerquillo ordenado, los ojos demasiado brillantes para alguien que todavía cargaba tanto miedo en el pecho.
La gente decía que mis ojos parecían dorados cuando el sol los tocaba.
Mi mamá decía que eran ojos de niña milagro.
Yo a veces pensaba que eran ojos de alguien que había visto demasiado temprano lo que era perder el control de su propia vida.
Esa mañana tardé más de lo normal en arreglarme.
No porque tuviera un plan importante. No exactamente. Solo sabía que no quería quedarme encerrada en casa con mi cabeza.
Habían pasado algunos días desde el evento benéfico.
Algunos días desde que conocí a Skay y todavía no lograba ordenar nada de lo que sentía.
No era amor. Ni siquiera algo parecido. Sería absurdo, apenas lo conocía. Apenas había rozado la superficie de su tristeza y él la mía pero había algo.
No una chispa.
No una locura del destino.
No mariposas, ni fantasías, ni esa clase de cosas.
Era reconocimiento como ver a alguien caminando con la misma grieta que tú, aunque estuviera rota en una parte distinta del alma.
Me puse una chaqueta clara, guardé mis cosas en el bolso y salí antes de que pudiera convencerme de no hacerlo.
Había aceptado encontrarme con Rocío.
Todavía me sorprendía pensarlo.
La hermana de Estela.
La chica del sueño tenía una hermana real, con voz real, con pasos reales, con duelo real y por alguna razón que seguía pareciéndome delicada y aterradora al mismo tiempo, Rocío había querido verme. No sabía si eso me tranquilizaba o me ponía más nerviosa. Nos citamos en una cafetería pequeña, de esas que huelen a canela, libros viejos y tardes lentas. Llegué diez minutos antes porque mi ansiedad siempre necesita llegar primero a todos lados. Pedí un té que no pensaba disfrutar si seguía tan tensa y me senté junto a la ventana.
Mis dedos juguetearon con la taza mientras miraba la calle.
Respira, me dije.
No vienes a defenderte de nada, ni vienes a ocupar el lugar de nadie y sin embargo, una parte de mí seguía con miedo, ni de Rocío exactamente sino de lo que significaba estar cerca de alguien que había amado a Estela desde mucho antes que yo supiera siquiera su nombre. Estaba entrando, aunque fuera solo por un rato, en un dolor que no me pertenecía del todo.
Cuando Rocío entró, la reconocí enseguida.
Tenía algo de Estela en la mirada, no igual, no de una manera idéntica pero sí en esa forma de mirar como si dentro de los ojos hubiera siempre una emoción a punto de convertirse en palabra.
Llevaba el cabello suelto y un suéter bonito que le daba un aire suave, aunque en su postura había algo cauteloso. Me vio, sonrió apenas y caminó hacia mí.
Yo me puse de pie tan rápido que casi golpeé la mesa con las rodillas.
-Hola -dije, y odié lo nerviosa que sonó mi voz.
Rocío sonrió un poquito más.
-Hola, Estrella.
Nos abrazamos con torpeza amable, como dos personas que no sabían todavía en qué lugar exacto ponerse dentro de una historia tan sensible.
Cuando se sentó frente a mí, dejó el bolso a un lado y me estudió durante un segundo que no se sintió incómodo. Solo honesto.
-Gracias por venir -dijo.
-Gracias por invitarme.
La mesera se acercó, Rocío pidió café y por unos segundos las dos fingimos concentrarnos en cosas pequeñas para no ir demasiado rápido hacia lo importante pero al final fue ella quien cruzó primero ese puente.
-Skay me habló de ti.
Mi respiración cambió apenas.
-¿Sí?
Rocío asintió.
-No mucho. Ya sabes cómo es él. A veces parece que para sacarle una emoción hay que abrirle el pecho con un abrelatas pero... habló.
No pude evitar una risa pequeña.
-Eso suena bastante preciso.
-Lo es. -Tomó una servilleta y la dobló entre los dedos-También me contó lo del sueño.
Mis manos se tensaron alrededor de la taza.
Rocío lo notó enseguida.
-No te pongas así -dijo con suavidad-No te cité para interrogarte.
Bajé la mirada y exhalé despacio.
-Lo siento. Todavía no sé cómo hablar de eso sin sentir que voy a sonar loca.
-Honestamente, en otra vida quiza habría pensado que era imposible -dijo-Pero mi hermana era... - se detuvo, buscando la palabra correcta, y sonrió con tristeza-Estela siempre tuvo una forma de amar que no cabía en las cosas normales.
Algo se me apretó en el pecho.
Yo no conocí a Estela en vida.
No escuché su risa fuera de ese sueño.
No vi cómo movía las manos al hablar.
No sé cómo sonaba su voz cuando estaba enojada, o feliz, o enamorada y aun así, cada vez que alguien la nombraba, sentía que el aire cambiaba.
-Era muy linda -dije en voz baja, casi sin pensar.
Rocío levantó la mirada hacia mí.
-Lo era.
No solo físicamente, pensé. Lo era de esa forma más rara y más difícil: la de las personas que dejan calor incluso en la ausencia. Rocío se quedó mirándome un momento largo, y luego dijo algo que me desarmó por completo.
-Gracias por no hablar de ella como si fuera un obstáculo.
Parpadeé.
-Nunca podría hacerlo.
-Lo sé -respondió enseguida, como si no hubiera tenido ninguna duda-Y creo que eso es lo primero que me hizo querer conocerte.
Sentí un nudo en la garganta. No sabía cuánto miedo había cargado hasta ese instante. Miedo a herir, a incomodar, a ser vista como una invasión hermosa pero inoportuna, miedo a entrar en una historia donde el amor seguía vivo en forma de duelo y, sin embargo, ahí estaba Rocío, mirándome con una ternura prudente que me hizo sentir menos extranjera. Su café llegó y ella le dio un sorbo antes de volver a hablar.
-Skay no está bien -dijo sin rodeos.
No era crueldad. Era verdad.
Asentí despacio.
-Lo sé.
-Pero tampoco está tan perdido como antes.
Eso me hizo alzar la mirada.
Rocío jugueteó con la cucharita.
-No sé qué va a pasar entre ustedes. Y tampoco creo que haga bien ponerle un nombre tan pronto pero desde que apareciste... algo en él se movió.
Tragué saliva.
-No quiero hacerle daño.
Rocío suspiró, y por un momento pareció más hermana mayor que chica de su edad.
-Las personas heridas siempre corremos ese riesgo entre nosotras -dijo-Hacer daño incluso cuando estamos intentando cuidar.
No supe qué decir a eso porque era verdad.
Yo también tenía miedo de ser querida por alguien y no saber sostenerlo sin romperme. También conocía esa culpa rara de sentir que tu dolor puede salpicarle el alma a los demás.
Rocío me observó unos segundos más.
-¿Puedo preguntarte algo?
-SÍ.
-¿Cómo fue para ti?
La pregunta llegó desnuda sin adornos, sin lástima.
Supe enseguida a qué se refería.
Miré mi reflejo borroso en la ventana antes de responder.
-Horrible -dije, y las dos soltamos una risa breve por lo simple de la palabra-Supongo que podría decir algo más bonito, más fuerte... pero fue horrible.
Rocío no apartó la vista.
Y yo seguí.
-Al principio creí que lo peor iba a ser el tratamiento, el dolor físico, las agujas, las náuseas, el cansancio y sí, todo eso fue espantos pero lo peor... -tragué saliva-lo peor fue sentir que mi vida dejó de pertenecerme.
Noté cómo Rocío apretaba los dedos alrededor de la taza.
-Todo giraba en torno a si mi cuerpo resistía o no. A si mis análisis salían bien. A si había esperanza o no.
Y yo estaba ahí, en medio de todo, intentando seguir siendo una persona pero sintiéndome cada vez más lejos de mí.
Por un momento pensé que iba a llorar, pero la voz me salió firme.
-Dejé de bailar. Y eso fue como dejar de respirar un idioma que solo mi cuerpo sabía hablar. Miraba mis zapatillas guardadas y sentía rabia. Envidia. Miedo.
Me daba miedo volver y descubrir que ya no podía.
Que la enfermedad no solo me había quitado meses, sino también la versión de mí que existía antes de ella.
Rocío bajó la mirada.
-Eso suena devastador.
-Lo fue. -Sonreí apenas, sin alegría-Hubo días en los que no me sentía valiente. Ni especial. Ni inspiradora. Solo me sentía cansada, fea, enojada, aterrada de morirme y, al mismo tiempo, culpable por pensar tanto en mí cuando había otras personas pasando por lo mismo.
La palabra culpa quedó entre las dos como un vaso lleno.
Rocío asintió lentamente.
-Te entiendo más de lo que crees.
Y eso me hizo mirarla con atención.
Claro que me entendía.
Ella no había tenido cáncer pero había perdido a alguien y el duelo también convierte el cuerpo en una casa extraña.
-A veces sigo sintiéndome culpable por estar viva
-admití en voz baja-Como si tuviera que hacer algo extraordinario para merecer haber salido de todo eso.
Rocío tardó apenas un instante en responder.
-Tal vez seguir viviendo ya es extraordinario.
Sentí el golpe de esa frase justo en el centro del pecho.
Se me llenaron los ojos, pero sonreí.
-Tu hermana también diría algo así, ¿verdad?
Rocío sonrió con tristeza.
-Sí. Pero luego lo arruinaría diciendo algo dramáticamente poético, porque era insoportable.
Me reí entre lágrimas.
-Creo que me habría gustado mucho.
-Te habría adorado -dijo Rocío.
Y esa vez sí se me rompió algo.
No de forma fea.
No como una herida.
Más bien como cuando algo que estaba demasiado tenso por fin se afloja.
Nos quedamos un rato en silencio. Uno cómodo.
Uno lleno de cosas entendidas sin necesidad de explicarlas demasiado. Después hablamos de cosas más pequeñas. De ballet. De conciertos. De cómo Rider tenía cara de tipo duro pero en realidad era absurdamente atento cuando alguien estaba triste. De Elio y Diego peleándose por tonterías musicales como si fueran ancianos casados. De cómo Broken Skies sonaba diferente en vivo, más cruda, más humana.
Poco a poco, la conversación empezó a sentirse menos como una charla difícil y más como el inicio de algo tierno.
Un vínculo.
No porque el dolor lo justificara todo.
Sino porque ambas sabíamos lo que era perder una versión de la vida que creías segura.
Cuando salimos de la cafetería, el sol de la tarde pintaba la calle de dorado suave. Caminamos juntas una cuadra sin prisa. Rocio llevaba las manos en los bolsillos del suéter, y yo sentía el cuerpo más liviano que al llegar.
-¿Puedo decirte algo sin que suene raro? - preguntó de pronto.
-Puedes intentarlo.
Me miró de lado y sonrió.
-Me alegra que seas tú.
Sentí que el mundo bajaba el volumen por un segundo.
-¿Yo?
Rocío asintió.
-Sí. No porque tenga una idea loca del destino perfecto ni nada así y tampoco porque crea que ya sé qué lugar vas a tener en la vida de Skay pero... me alegra que seas tú porque no vienes desde la prisa. Ni desde la vanidad. Ni desde las ganas de salvar a nadie.
Bajé la mirada, conmovida.
-No podría salvarlo aunque quisiera.
-Exacto -dijo ella-Y tal vez por eso puedes acompañarlo.
La miré en silencio.
Entonces Rocío se acercó un poco más y, con esa dulzura cauta que empezaba a reconocerle, me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
El gesto fue tan sencillo que me tomó por sorpresa.
-Además -añadió-, me da la impresión de que a ti también te vendría bien que alguien te acompañe.
Esa fue la frase que terminó de abrir la puerta.
No Skay.
No el sueño.
No el destino.
Rocío.
La hermana de la chica que pintó el cielo era la primera persona en mucho tiempo que veía mi luz
sin ignorar mis ruinas y tal vez por eso, antes de despedirnos, fui yo la que dio un paso al frente y la abracé primero.
Esta vez no hubo torpeza.
Rocío me devolvió el abrazo con fuerza suave, como si ambas supiéramos que no era un gesto pequeño.
Que no era solo simpatía ni cortesía. Era otra cosa.
Una clase de reconocimiento.
Dos chicas jóvenes con el alma remendada de maneras distintas, encontrándose en la mitad de una historia que todavía no sabía en qué iba a convertirse.
Cuando nos separamos, Rocío me miró con una sonrisa más cálida.
-¿Te gustaría venir al próximo ensayo?
Parpadeé.
-¿Al ensayo de la banda?
-Sí. Elio dice que nadie debería perderse el circo emocional que son cuatro músicos sin supervisión.
Solté una risa.
-Eso suena peligrosamente tentador.
-Entonces ven. Sin presión. Solo... ven.
Asentí, todavía sonriendo.
-Me gustaría.
Nos despedimos ahí mismo, en la esquina, y seguí caminando sola unas cuadras sin sacar el teléfono ni mirar atrás. Solo respirando.
El aire tenía ese olor limpio de las tardes que prometen calma y mientras caminaba, pensé en Estela. En la playa del sueño. En la forma en que me había mirado. En la tristeza luminosa de su sonrisa.
No vengo a reemplazar nada, le había dicho.
Ahora lo entendía mejor que nunca.
No estaba entrando en esa historia para borrar una ausencia.
Estaba entrando con cuidado, con respeto, con miedo incluso... pero también con verdad y quizá eso era lo único que podía ofrecer.
Mi verdad.
Mi dolor sobrevivido.
Mi manera torpe pero sincera de quedarme.
Cuando llegué a casa, dejé el bolso en la silla y me quedé quieta en medio de mi habitación. El espejo seguía junto a la ventana. La luz ya no era de mañana, sino de tarde cansada, más dorada, más suave.
Me miré un instante.
La misma chica.
El mismo cuerpo.
Las mismas cicatrices invisibles.
Pero algo había cambiado.
No estaba menos herida.
No estaba mágicamente curada.
No tenía respuestas pero por primera vez desde aquella noche en la playa del sueño, dejé de sentir que caminaba sola hacia algo incomprensible.
Ahora había una mano tendida en medio de ese misterio.
La de Rocío.
Y quizá, pensé mientras una pequeña sonrisa me nacía sin esfuerzo, algunas historias de amor no empiezan con un beso.
A veces empiezan con una hermana.
Con una taza de té.
Con dos chicas hablándose del dolor como si hablaran de lluvia.
Con la extraña y hermosa certeza de que sobrevivir también puede unir a quienes todavía están
aprendiendo a vivir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.