De tu cielo a mi estrella

Capítulo 3: La chica en la puerta

🎸Narrado por Skay🎸

Hay días en los que el duelo se parece a una tormenta, y hay otros en los que se parece más a una habitación cerrada.
No pasa nada terrible, no hay explosiones, no hay recuerdos que te arranquen el aire de golpe, solo una sensación espesa, silenciosa, como si todo estuviera un poco más lejos de ti de lo normal.

Ese día empezó así.
Me desperté antes de que sonara la alarma, con la garganta seca y una canción a medio nacer dándome vueltas en la cabeza. No tenía letra.
Apenas una secuencia de acordes tristes, de esas que llegan cuando el cuerpo todavía no decidió si quiere salir de la cama o quedarse ahí para siempre.
Me incorporé despacio y me quedé sentado unos segundos, mirando la luz gris de la mañana filtrarse por la ventana.
Mi guitarra seguía apoyada contra la pared, negra y azul, como una parte de mí que nunca se dormía del todo.
La agarré antes incluso de ponerme de pie.
Mis dedos encontraron las cuerdas por costumbre.
Dejé sonar un par de notas sueltas, una progresión rota, algo incompleto.

A veces creo que así suena mi cabeza desde que Estela murió: como una canción que conoce el camino, pero no siempre tiene fuerzas para seguirlo hasta el final.

Cerré los ojos y como casi siempre últimamente, aparecieron las dos.
Estela primero.
Su risa suave.
La pintura en las manos.
Ese brillo en los ojos cuando me escuchaba tocar como si la música no saliera de la guitarra, sino de un lugar de mí que ella entendía mejor que nadie y después Estrella.
La forma en que dijo mi nombre la primera vez.
La manera extraña en que me sostuvo la mirada sin compadecerme.
Su voz temblando cuando habló de Estela, pero sin convertirla nunca en una herida incómoda.

Abrí los ojos de golpe y dejé la guitarra sobre la cama.

—Buen comienzo, campeón —murmuré.

Fui a la cocina, preparé café y lo dejé demasiado fuerte. Me lo tomé igual. Después me quedé apoyado en la encimera con la taza entre las manos, escuchando el silencio del apartamento.
No iba a verla.
Eso me repetí varias veces porque sabía que Rocío la había invitado al ensayo.
Lo sabía desde la noche anterior, cuando me lo había soltado con la misma naturalidad con la que una persona normal te diría mañana llueve.

—La invité al ensayo —me dijo, sentada en uno de los amplificadores del estudio mientras Rider fingía no prestarnos atención.

—¿A quién? —pregunté, aunque ya lo sabía.

Rocío me miró como si le diera ternura lo obvio que podía ser a veces.

—A Estrella, Skay.

Yo asentí como si no me hubiera cambiado nada por dentro, pero claro que me lo cambió porque una cosa era pensar en ella cuando estaba solo, dejar que su recuerdo apareciera en momentos torpes del día, preguntarme por qué seguía dando vueltas en mi cabeza y otra muy distinta era saber que iba a volver a verla.
Que iba a entrar por la puerta del estudio y que yo iba a tener que hacer algo con eso.

No estaba listo para hacer nada con eso y por eso, como un idiota muy coherente con su propia tragedia, llegué media hora antes al ensayo.

El estudio estaba vacío cuando entré.
Me gustaba así, sin ruido, sin las bromas de Elio, sin las baquetas de Rider golpeando cualquier superficie, sin Diego probando riffs como si el mundo dependiera de ello, solo el olor a madera, polvo, cables viejos y café malo.

Dejé mi funda en el suelo, saqué la guitarra y me senté en uno de los taburetes.
Toqué por inercia.
Una melodía lenta, torpe al principio, más clara después.
No era una canción para Estela, tampoco para Estrella o tal vez era para las dos sin que yo quisiera admitirlo.

A veces la música se adelanta a lo que una persona está dispuesta a entender.
Cuando la puerta se abrió, no levanté la mirada enseguida.

—Llegaste antes que yo. Eso ya me preocupa —dijo Diego.

—Anótalo en un calendario —respondí sin dejar de tocar.

Él dejó su estuche junto al amplificador.
—¿Nervioso?

Levanté por fin la vista.
—¿Por qué estaría nervioso?

Diego sonrió con una calma irritante.
—Porque hoy viene la chica del sueño.

—No la llames así.

—¿La chica rubia del evento? ¿La bailarina de ojos dorados? ¿La chica que no puedes dejar de pensar?

—Te odio.

—No de verdad.

Antes de que pudiera lanzarle una púa, entró Elio con dos cafés y una expresión de sueño mal curado.
—¿Qué me perdí?

—Skay está teniendo sentimientos —dijo Diego.

Elio me ofreció un café como gesto de pésame.
-Qué duro.

—¿Siempre son así de insoportables o hoy hicieron un esfuerzo especial? —pregunté.

—Hoy estamos inspirados —respondió Elio.

Rider llegó un rato después, cargando baquetas у una bolsa con panecillos, como si fuera un padre divorciado intentando ganarse el cariño de sus hijos con carbohidratos.

—Traje comida. No merecen mi generosidad.

—Yo sí —dijo Elio, arrebatándole la bolsa.

Rider me miró un segundo más de lo normal, no dijo nada, no hacía falta.
Todos sabían que yo estaba raro.
Yo también lo sabía pero había una diferencia entre estar raro por el duelo, que ya era prácticamente una condición crónica en mí, y estar raro por otra cosa. Una cosa nueva, una cosa que no quería nombrar porque cualquier nombre la haría demasiado real.

Empezamos a tocar antes de que llegaran Rocío y Estrella.
O lo intentamos.
La primera canción salió bien. La segunda, mejor. En la tercera me equivoqué en una entrada que jamás me equivocaba, y Rider golpeó el platillo con esa fuerza seca que usaba cuando quería decir concéntrate o te lanzo la batería entera.

—Estoy bien —dije antes de que alguien lo preguntara.

—Nadie te preguntó nada —dijo Elio.

—Pero lo pensaron.

—Sí —admitió Diego.

Solté una exhalación y me pasé la mano por el cuello.
Fue entonces cuando escuché voces al otro lado de la puerta.
Una risa suave, la de Rocío y otra más bajita.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Ridículo. Absolutamente ridículo.




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