Dulce Caos (en español)

DIA TRES ¿cambio?

El aire del pasillo se había envuelto en un silencio casi cálido. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su respiración, una amenaza violenta contra mi "frialdad de hielo". Sus ojos estaban clavados en los míos, y por un segundo el Alex comandante en mi cabeza dejó de gritar órdenes dembes de eso solo había un espacio de silencio. Nuestras respiraciones se cruzaron y el control, esa joya que me hacía perfecto, empezó a romperse. Estábamos a centímetros de que el caos fuera total, de que mis labios traicionaran mi reputación de humano inalcanzable.

—¡Señor Miller! ¡Señorita Ruby! —la voz del profesor cortó el momento como una cuchilla—. Espero que estén analizando la estructura del suelo y no probando la resistencia de mi paciencia. Si quieren tanto contacto físico, pueden empezar por limpiar los pupitres y después de eso recoger la basura del patio.

Nos separamos de golpe. Mi corazón martilleaba contra mi pecho como un prisionero intentando escapar de una celda. Me acomodé la camisa, recuperando mi cordura de humanidad, aunque por dentro mis pensamientos estaban echando chispas.

Más tarde, el destino —ese guionista que parece odiarme— me llevó al servicio comunitario. Allí estaba ella limpiando igual que yo con los mandos del profesor.

A diferencia de las demás, ella no me miraba como si fuera un don nadie, me miraba como si fuera una persona. Me acerqué, caminando con esa a brumación natural que llevaba desde que entre al colegio ignorando mi aura de perfección. Le hablé con normalidad con una calma que me sorprendió incluso a mí. Aún no entendía por qué mi "aura de perfección" no volvía, pero por primera vez, no me importaba.

—¿Limpiando por un accidente ¿no?? —preguntó ella con una sonrisa nerviosa.

—Alguien no entiende el tono de accidente jaja —respondí, manteniendo el tono casual.

Pero por dentro... por dentro era una zona de guerra. «¡COMANDANTE A LAS UNIDADES DE RAZONAMIENTO! ¡AGUANTEN LA FORMACIÓN! ¡REPETIMOS, AGUANTEN!», gritaba la voz en mi cerebro mientras las alarmas rojas parpadeaban en mi mente.

Ella se presentó. Su nombre sonaba como una melodía que no podía sacar de mi cabeza. Hablamos de cosas naturales pero la conexión era eléctrica. Podía sentir cómo cada palabra nos acercaba más. En un momento de vulnerabilidad que nunca le permitiría a nadie más, bajé la guardia.

—Sabes... —comencé, mirando hacia un punto lejano—, siempre quise tener una novia. Alguien real… pero mi madre... bueno, ella tiene estándares que ni siquiera los dioses podrían cumplir. Digamos que mi yo es una jaula muy bien decorada.

Ella se quedó en silencio un momento, procesando mi confesión. Sus ojos se suavizaron. —Si algún día quieres hablar con alguien que no te juzgue... —sacó un pequeño trozo de papel de su bolsillo, garabateó algo y me lo puso en la mano—. Llámame. O escribe. Lo que prefieras.

Antes de que pudiera reaccionar, se inclinó y dejó un beso rápido y cálido en mi mejilla. El olor a fresas me nubló mi cerebro. Se dio la vuelta y se alejó caminando, dejándome allí, estático como una estatua de mármol.

«¿QUÉ...? ¿QUÉ ACABA DE PASAR?», gritó mi ego interno. Estaba nervioso, mis manos temblaban ligeramente, pero había algo más... un calor en el pecho que no podía explicar. ¿Estaba enamorado? ¡Imposible! Yo soy Alex Miller. Yo no me enamoro, yo soy el objeto del amor. Pero mi mente no dejaba de repetir la sensación de sus labios en mi piel.

Ella, mientras tanto, caminaba a paso rápido, con el corazón en la garganta. «¿Qué acabo de hacer? ¡Le di mi número y un beso a alguien que ni conozco! ¡Soy una idiota!», pensaba, aunque una sonrisa involuntaria se dibujaba en su rostro.

Al llegar a mi mansión, el ambiente se sentía diferente. Entré en mi habitación, ignorando a la criada que me miraba con una lujuria tan evidente que casi podía olerla. Ella esperaba un gesto, una mirada, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia.

Me desplomé en mi cama de mil hilos. Saqué el papel. El número estaba allí, esperándome. Ella también debía estar esperando. La imaginé mirando su teléfono, aguardando esa notificación que confirmara que el "Dios Alex" se había rendido ante ella.

Abrí la aplicación de mensajes. Mis dedos volaban sobre la pantalla. «Hola, soy Alex. Sobre lo de hoy...». No, demasiado formal. «Oye, pelirroja...». No, demasiado lanzado. Estaba a punto de encontrar la frase perfecta, el mensaje que mantendría mi orgullo intacto pero mostraría mi interés, cuando de repente...

La pantalla se puso negra.

Me quedé mirando el reflejo de mi propio rostro horrorizado en el cristal oscuro. —¡No! ¡No, no, no! —grité al vacío—. ¡Cargador! ¡Necesito un cargador ahora mismo!

Busqué desesperadamente, tropezando con una silla de diseño. En mi prisa, golpeé el estante, derribando mi colección de perfumes. —¡Maldito cuarto! —le grité a las paredes—. ¡Tú también estás contra mí! ¡Toda esta perfección es una conspiración para mantenerme soltero! aaaaa

Me peleé con los estantes, pateé un cojín, bote todo para encontrar un cargador y terminé sentado en el suelo, respirando agitado, con el celular muerto en la mano y el corazón latiendo por una chica que acababa de romper todo mi personalidad.

El narrador observa la escena con una mezcla de lástima y diversión. Alex Miller, el hombre que creía tener todo el mundo a sus pies, acaba de ser derrotado por una batería del 0%.



#4775 en Novela romántica
#1542 en Otros
#533 en Humor

En el texto hay: romance, harem, vida escolar

Editado: 26.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.