Dulce deseo

Prólogo

El cementerio estaba casi vacío.

Las últimas luces de la tarde comenzaban a desaparecer detrás de los árboles, cubriendo el lugar con un silencio extraño. Uno de esos silencios que parecían respetar el dolor de quienes caminaban entre las lápidas.

Alba avanzó despacio por el sendero de piedra. Llevaba un pequeño ramo de flores blancas entre las manos, las mismas flores de siempre, las que compraba cada mes, las que colocaba frente a aquella lápida desde hacía un año y medio.

Dieciocho meses.

A veces le parecía una eternidad, otras veces sentía que todo había ocurrido apenas ayer.

Se detuvo frente a la pequeña tumba y durante unos segundos fue incapaz de moverse. El aire abandonó lentamente sus pulmones.

Sus ojos se posaron sobre la lápida, la fecha grabada, las flores secas de visitas anteriores, el pequeño osito de peluche que alguien había dejado junto a la piedra.Y el vacío regresó, el mismo vacío, siempre el mismo.

—Hola, pequeño.

Su voz salió rota, más baja de lo que pretendía, se arrodilló con cuidado, las rodillas tocaron la tierra húmeda y una sonrisa triste apareció en sus labios.

—Hoy llegué temprano.

El viento movió algunos mechones de su cabello. Alba bajó la vista, intentando ignorar el nudo que comenzaba a cerrarle la garganta.

A veces se preguntaba cómo habría sido. Si habría tenido los ojos de Luca o los suyos. Si habría amado la plata o los caballos, nunca lo sabría y esa era la parte más cruel.

Una lágrima resbaló por su mejilla, luego otra y otra más, hasta que dejó de intentar detenerlas porque allí no tenía que fingir, no tenía que decir que estaba bien, no tenía que sonreír para tranquilizar a nadie. Alí podía romperse.

Seguía doliendo, como aquella noche, la peor noche de su vida. Cerró los ojos y el recuerdo llegó sin pedir permiso.

El corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho, todavía ocurría, todavía había noches en las que despertaba escuchando aquel choque, todavía había momentos en los que una ambulancia era suficiente para devolverla allí, todavía evitaba mirar por la ventana cuando viajaba en automóvil durante la lluvia.

—Lo siento.

Susurró, las palabras escaparon antes de poder detenerlas.

—Lo siento tanto.

Sabía que no había sido su culpa, los médicos se lo habían dicho, la policía también, incluso la terapeuta pero la culpa nunca escuchaba razones, simplemente se quedaba recordándole que ella había sobrevivido y él no.

Escuchó unos pasos acercándose, lentos y conocidos, bastantes familiares, no necesitó girarse pues sabía bien quién era.

Luca.

Él se detuvo a su lado, en silencio como lo hacía siempre.
Porque después de todo aquel tiempo ambos habían descubierto que no existían palabras capaces de arreglar algo así, permanecieron observando la pequeña lápida, sin hablar y sin moverse eran solo dos personas compartiendo el mismo dolor aunque de formas distintas.

—Pensé que no vendrías.

Murmuró Alba.

Luca mantuvo la vista fija al frente.

—Nunca falto.

Y era verdad, podían discutir, podían pasar semanas enteras sin hablar, podían sentirse más extraños que pareja pero siempre terminaban allí porque aquel pequeño pedazo de tierra guardaba una parte de ambos y la más inocente, la que jamás tuvo oportunidad de crecer.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, hasta que Luca habló.

—Hace exactamente un año y seis meses.




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