Ecos del silcencio

•32•

Abrió los ojos sintiendo una paz extraña en su pecho, miro el blanco techo con vigas de madera del cuarto y respiro profundamente.

Las escaleras chirriaron cuando bajo hacia la cocina y el ruido reboto en el silencio sepulcral de la casa.

Extrañada la joven miro en el salón y comedor, tampoco encontró a su abuelo en la cocina y tras hacerse un cafe, camino con la taza humeante entre las manos hacia el exterior.

Su rostro dibujo una amplia sonrisa cuando encontró a Diego allí sentado observando el paisaje del verde prado, este dio un salto al oír abrirse la puerta y sin tiempo a nada, prácticamente corrió hacia ella con un enorme ramo de flores entre las manos,

--Me hubiera encantado poder comprarte un ramo así de grande o incluso mayor, lamentablemente es del concurso pero aun así, es algo que te mereces mas que nunca- afirmo mientras se lo tendía- pero prometo que algún di seré yo el que te regale flores todos los días, solo yo y nadie mas.

Akua lo tomo y olió las rosas de distintos colores sin poder borrar la sonrisa tonta que tenia.

Los grises ojos de Diego la observaron con pasión y ternura, maravillando se de los gestos tan únicos que la joven tenia. Sin poder contenerse mas la tomo de la cintura y la acerco a su cuerpo hasta tenerlo pegado a su pecho, con la otra mano le agarro el cuello con suavidad y con el pulgar trazo pequeños círculos en su mejilla, muriendo lentamente.

--Necesito hacerlo- aseguro con la mirada llena de lujuria.

--¿El que?- pregunto Akua envelezada con su cercanía y tacto. Esa mirada que tantas cosas decía y que aun no conseguía descifrar.

No respondió.

Tan solo su agarre se intensifico en cuestión de milésimas de segundo y sus labios invadieron a los de ella.

La necesidad de sentirla y verla a salvo podía mas que cualquier cosa. Y aunque Akua no lo sabia, el abuelo le había contado al joven lo de las pastillas.

Y en ese silencio, donde solo el tacto de sus labios existía, Diego prometía cuidarla mas que a su vida.

Cuando se despegaron se miraron envueltos en un caluroso silencio con sonrisas llenas de amor.

Diego la jalo de la mano y comenzó a correr hacia el granero.

--¿Donde vamos?- pregunto ella tratando de seguirle el paso, su poca estatura no daba mas de si con las grandes zancadas del joven - ¿Y el abuelo?

No obtuvo respuesta, mas enseguida ingresaron en el interior del granero y Akua abrió la boca.

Se encontró al abuelo enfrente de la antigua maquina, la cual lucia mas limpia y rodeada de sacos de cafe.

--¿Que...?

Obtuvo respuesta cuando Marlo arranco la maquina y la miro con una gran sonrisa.

Se quedo quieta observando incrédula la situación.

--¡Vamos! Muévete, que el pedido no se hará solo- la insto el abuelo y runa salía corriendo con la lengua fuera y llena de felicidad hacia Akua.

--Hola pequeña- la saludo ella- ¿que pedido? 

-- Has ganado el concurso, ahora debes abastecer a todos los que han pedido. 

Akua abrió los ojos con sorpresa al darse cuenta de lo que se avecinaba. Sonrió sin poder evitar lo y a pesar de ver que había mucho trabajo, se sintió feliz por ello. 

--Venga, manos a la obra.

El fruto de color rojo intenso rodó por los canales construidos por Akua hacia su próximo destino, seguido de mas granos a su paso.

La semana paso sin incidentes y todo volvió a la normalidad, pero aun más cómoda y tranquila. Ahora su abuelo le sonreía al verla y le ayudaba con el café. El éxito del concurso fue abrumador ya que muchos pidieron para comercializarlo en sus bares y caféterías y Akua fue la encargada de seleccionar solo algunos locales para ello, pues no tenían tanto como para abastecer a todos.

Los tres junto a Runa trabajaron durante días y semanas para conseguir aquel café y aprendieron mucho más de lo que imaginaba de la mano del abuelo. Era un verdadero experto y tenia unas manos maravillosas. Incluso el viejo gruñón parecía haber recobrado vida tras siete años de largo letargo.

--Esta tarde partiré al pueblo vecino para resolver unos asuntos- le dijo mientras tostaban el grano.

--¿Necesitas que te lleve?

--No, vendrá un viejo amigo conmigo.

--Vale.

--Pero vendré mañana, así que espero que cuides de la casa y no hagas estropicios.

--No prometo nada- bromeo la joven y Diego la miro divertido.

--Que no me entere yo- se burlo Marlo mientras reía y caminaba con el bastón hacía la puerta de salida- voy a descansar un rato para que el viaje sea más ameno.

--Vale- respondió ella y sonrío cuando Diego se le acerco y la beso al desaparecer su abuelo del granero.

--Ya no podía esperar más.

--A mi abuelo no creo que le moleste.

--Pero tampoco es plan que nos vea así.

--Tienes razón.

Se besaron un buen rato más y luego terminaron el trabajo.

--Voy a hacerle algo de comer para que el viaje le sea más cómodo.

--De acuerdo- asintió Diego y de nuevo la beso. Se sentí feliz de tenerla de vuelto y aquella última semana había sido mejor que nunca. Solo eran risas, bromás y mucho amor, algo que le encantaba.

Diciembre estaba a la vuelta de la esquina, la noche que cada vez caía más temprano por el invierno, lo cubrió todo de negro cuando terminaron de cenar y un pitido se oyó muy cerca.

--Allí esta- afirmo el hombre refiriéndose a su amigo- Me voy, gracias por la cena.

--¿Estarás bien?

--No te preocupes cariño, mañana vuelvo.

--Te cuidado.

--Por supuesto- dijo el y salió de la casa para subir al coche de su acompañante.

Ella observo los platos y finalmente los recogió y los lavo a mano, después subió a su habitación y tomo el móvil para escribirle a Diego.

Akua:¿Qué haces?

Le mando el mensaje y espero una respuesta que no llegaba.

Supuso que quizás estaba cenando o duchándose y por eso no la leía, así que decidió encender la chimenea del salón y bajo el cuadro de su abuela para seguir pintando.



Green_tango

Editado: 30.04.2021

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