Edward Everwood

CAPÍTULO V

Después de ese día el tiempo pasó presuroso. Durante un pequeño espacio de tiempo que abarcaba unas pocas semanas ocurrieron muchos cambios para Edward. Se le veía distinto, tanto física como en su estado de ánimo. Por causa de poco dormir, haya sido esto debido a su propia dolencia o por alguna razón externa que ahuyentaba el sueño de su lado, debajo de sus ojos habían aparecido unas pequeñas ojeras y su semblante no tenía muy buen aspecto. A menudo se le notaba cansado, abstraído y distante. Edward entendía a la perfección que nada podía hacer para cambiar su situación, sólo aceptarlo y esperar con resignación el final de sus días. A pesar de ello, la idea de saber que dentro de poco aprendería sobre el más fascinante descubrimiento del siglo era lo que mantenía su estado de ánimo elevado.

Pues bien, eran pasados treinta minutos después de las seis de la mañana del día primero del mes primero en el año 1870. Fiel a su costumbre, el día había amanecido con un espeso cielo nuboso y gris que a duras penas dejaba atravesar la luz del sol. El clima era gélido; no se podía estar a la intemperie sin llevar puesta ropa abrigadora o permanecer muy cerca de un buen fuego calentador. El viento se mantenía en calma, pero aun así era tan helado que calaba hasta los huesos. Sin embargo, aun a pesar de tales inclemencias del tiempo, en fiel cumplimiento de su servicio, un mensajero caminaba por las calles de la ciudad de Kaptstadt, la capital de la nación de Couland. De su hombro colgaba una gran bolsa hecha de tela en color negro, repleta de sobres con cartas y paquetes cuyos destinatarios me resultan desconocidos excepto por aquél que llevaba sobre las manos, un paquete pequeño envuelto en papel marrón y atado con una cuerdecilla roja, mientras se dirigía hacia el número 34 de la avenida Godartnigne, la dirección donde se encontraba el hogar de los Everwood.

Ubicada hacia el este, a las afueras de la ciudad, en una zona urbana rodeada de áreas verdes y boscosas, cercada por un gran muro de piedras y protegida por rejas de barrotes de hierro, se encontraba esa propiedad. Si deseara describirla y para ello quisiera emplear los adjetivos calificativos más adecuados para hacerlo, usaría todos aquellos que tuviera a mi alcance excepto por uno: humilde. El lugar se encontraba, como se mencionó, protegido por un inmenso muro fabricado de gruesas piedras de río que incluía protecciones de hierro con forma de arcos por encima de este. Había una división en el terreno, cercada también por otro muro y rejas de hierro, donde se guardaban los autwagens que poseía la familia. Un inmenso y esplendoroso jardín, cuidado por las hábiles manos de los jardineros que allí trabajaban, rodeaba la propiedad. Todo el terreno estaba cubierto por un césped verde con varios arbustos y plantas con hermosas flores de diversos colores y endulzantes aromas, e incluso grandes árboles al fondo de la propiedad algunos de los cuales eran frutales. Podía verse en las inmediaciones una casa pequeña pero muy bien arreglada fabricada en piedra, con una chimenea y techo de tejas rojas, en la que habitaban los sirvientes de la casa Everwood.        

En cuanto a la inmensa morada donde habitaban los Everwood, esta contaba con sólo dos pisos, pero aun así medía cerca de diez metros de alto y estaba construida con grandes bloques de piedra. Había un camino de losas que conducía desde la reja principal hasta la entrada de la casa, en la cual había una escalera que llevaba hasta la puerta principal. Esta era inmensa y pesada, fabricada en madera de cedro con cerraduras de hierro, y tenía un elegante marco de tabiques alrededor. En la segunda planta podía verse un pequeño balcón que se comunicaba con la pieza del matrimonio Everwood. Además de esto, un gran número de ventanas, así como varias chimeneas, podían verse como elementos que resaltaban en la propiedad.

El mensajero llegó a la reja principal de la propiedad Everwood. Hizo sonar su campana que advirtió de su presencia a los habitantes de la casa, y en instantes el sirviente Robert, vestido en elegante y sobrio traje negro con blanco, tomó el paquete que el empleado del correo llevaba en manos, le entregó unas monedas como pago por sus servicios y ambos procedieron a retirarse; el uno para continuar con su comisión mientras que el otro para llevar el paquete a su destinatario.

Tras pasar a través de la pesada y enorme puerta de madera y luego de esto cerrarla, Robert caminó desde la recepción por un amplio corredor cuyo piso estaba cubierto por una alfombra de color rojo y sus paredes estaban tapizadas en papel de color verde pálido, adornadas con los retratos de los antiguos miembros de la estirpe de los Everwood además de algunas mesas con floreros y jarrones, hasta llegar al comedor, un cuarto enorme tapizado con papel de color anaranjado y detalles en color dorado, adornado con alguna que otra pintura de paisajes y bodegones y también muchas ventanas que daban hacia la parte trasera del jardín. En dicha pieza había una gran mesa de madera de ébano con doce sillas en la que estaban sentados a la mesa el señor y la señora Everwood, así como sus hijos Charles, Diana y Edward. Varios de los sirvientes permanecían cerca de ellos para servirles los alimentos y atenderlos en caso de que necesitaran alguna otra cosa.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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