Edward Everwood

CAPÍTULO VI

Edward estaba tan ensimismado en descifrar el enigma que traía en sus manos que ni siquiera se dio cuenta que justo frente a él venía un muchacho de su misma edad, sólo que era poseedor de una altura y una complexión física mucho mayor que la suya. Su cabellera era corta, algo revuelta y desordenada, y de tonalidad rubia oscura. Sus ojos eran marrones y su tono de piel era un poco bronceado. Su indumentaria consistía en una chaqueta de vestir larga de color verde oscuro, camisa blanca de mangas largas, chaleco color verde pálido, corbata de color negro que usaba un poco desarreglada, pantalones de color negro y botas grandes de color marrón. Este joven de quien hablo tenía toda su atención puesta sobre su horario de clases a la vez que buscaba el salón donde debía asistir a tomar sus lecciones.

La colisión fue inevitable. Al instante del golpe Edward, de forma literal, rebotó sobre el cuerpo del muchacho como quien se topa contra una pared –es relevante mencionar que el joven con quien se topó poseía un físico bastante fuerte puesto que parecía que todos los días trabajaba sus músculos como si no hubiese un mañana– y soltó de sus manos el rompecabezas que procedió a estrellarse contra el suelo de manera estrepitosa; de hecho, al caer sonó como si algo se hubiese roto en este, lo que alarmó a Edward.

—¡Le ruego me disculpe! —se expresó apresurado el muchacho.

—Pierda cuidado, esto fue en parte también mi culpa. De no haber estado tan absorto en mis actividades este accidente hubiera sido evitado —respondió Edward nervioso y vacilante.

—Al menos permítame ayudarlo a levantar esto —dijo, y se inclinó para recoger del suelo el rompecabezas de Edward y después entregárselo.

—Se lo agradezco mucho, joven…

—¡Qué maleducado soy! Disculpe mi falta de modales. Tobias Tyler, para servirle —se presentó presuroso y luego extendió su mano.

—Everwood, Edward Everwood —respondió a la vez que estrechó la mano de Tobias, y después de esto procedió a echar una larga mirada a toda su persona mientras Tobias lo observaba sonriente—. Supongo que no provienes de esta ciudad, que has vivido por poco tiempo aquí y que recién te inscribiste en el instituto.

—Acertó en todo, señor Everwood. Mi familia y yo provenimos de un pueblo de nombre Bigrort Traebaum. Nos mudamos a esta ciudad hace más de una semana y llegamos a Kaptstadt el jueves por la tarde; pero, ¿cómo se dio cuenta de ello?

—Bueno —respondió, y comenzó a hablar de manera rápida y algo atropellada—, primero que nada, y sin intención de ser ofensivo, por tus modales y tu forma de hablar, propios de un campesino. Segundo, tu indumentaria te delata. No llevas puesto el uniforme del instituto, lo que da a entender que fuiste inscrito durante el fin de semana pasado y no le diste tiempo suficiente al sastre oficial de la institución para confeccionar tu uniforme; aunque sí traes prendida de tu chaqueta la insignia que te identifica como estudiante puesto que esta se te es entregada en el momento de la inscripción y es requisito de todos los estudiantes portarla en su vestimenta. No te preocupes, el director será indulgente contigo y te permitirá utilizar tu vestimenta casual al menos por este día y lo más probable es que recibas tu uniforme escolar esta tarde. Asimismo, tus botas no están muy bien lustradas y aún conservan algo de la tierra del campo de donde provienes. De hecho, tienes algunas hojas de pasto pegadas sobre ellas; un tipo de hierba que no crece en esta ciudad y que es distinto del que se encuentra plantado en los jardines del instituto —explicó, lo que dejó boquiabierto a Tobias.

—No puedo creerlo. Esa explicación sobre las plantas y todo lo demás que dijo, de seguro debe tener grandes conocimientos sobre diversas materias, y tal vez hasta alguna habilidad para las deducciones. ¿Es acaso usted alguna suerte de joven prodigio? —preguntó azorado.

—Seré sincero… —Edward intentó explicarlo con la mayor humildad posible cuando sonó la campana del instituto que anunciaba el momento de iniciar con las clases—… Se hace tarde, debemos llegar a nuestros salones de clases.

—Lo sé, es lo que trataba de hacer antes de que tuviéramos este pequeño accidente, pero aún no logro encontrar mi salón de clases.

—Conozco el plantel escolar por completo. Puedo ayudarte con eso, si me lo permites.

—Le agradecería mucho que lo hiciera.

—De acuerdo. Sólo dime cuál es tu primera clase y te llevaré hasta tu salón.

—Permítame verificar —respondió conforme tomaba de su bolsillo el horario de clases—. Tengo como primera clase… ¿«Informática»?

—Esto debe ser una curiosa coincidencia. Al parecer ambos tenemos la misma clase en el mismo horario. De acuerdo, acompáñame, iremos al salón de clases.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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