Edward Everwood

CAPÍTULO XVI

Sonaron las lejanas campanadas provenientes del «Skimmel Castburg», la más célebre torre localizada justo en el centro de la ciudad de Kaptstadt, la cual poseía una altura de 150 metros, un campanario y un gran reloj de manera similar al famoso «Big Ben» de Londres con cuatro caras que apuntaban hacia los cuatro puntos cardinales. Ese monumento había sido creado por un ancestro de Edward, el arquitecto Frederick Everwood, en el siglo XVII, y el número de campanadas que sonaron anunciaban la llegada de un nuevo día; sábado, el cuarto día del sexto mes de ese año.

En ese momento se encontraba Edward, despierto todavía en su habitación. Ya había terminado de reparar el reloj de Rachel, e incluso lo había pulido un poco y le dio algo de brillo. Hacerlo no le resultó complicado. En su vida había leído numerosos manuales de relojería y había practicado esas habilidades con anterioridad en otros relojes que había en su casa o que compró en joyerías y casas de empeño para dicho propósito. En vista de que el modelo de reloj de la señorita Raudebaugh era, en gran medida, similar al que él intentaba construir, le pareció adecuado utilizar algunas de las piezas de este para reparar las que estuvieran dañadas en el de ella.

Ahora, trabajaba en otra cosa diferente. Sobre su mesa podía verse una caja dorada llena de ornamentos, algunas piezas tales como rondanas, engranes, resortes, algunos pequeños cilindros de metal y sus herramientas de trabajo.

Fue entonces cuando llamaron a la puerta de su habitación. Alarmado, se dirigió a abrir y encontró a la señora Everwood, de pie con una lámpara para iluminar su camino.

—Buenas noches, madre —la saludó.

—Edward, cariño, ¿te encuentras bien?

—Así es. ¿Por qué lo preguntas?

—Miré una luz encendida que provenía de tu habitación, y pensé que tal vez habías tenido algún problema; ya lo sabes, algo relacionado con tu enfermedad.

—No hay nada de qué preocuparse, por el momento me he sentido bien; dentro de lo que respecta a mi condición, por supuesto.

—De acuerdo. Entonces, si no te sientes mal, ¿por qué todavía estás despierto?

—¿A qué te refieres con ‘todavía’? —preguntó desconcertado; entonces revisó su reloj despertador y se dio cuenta de que eran las doce de la noche—. ¡Cricketty crack! ¿Cómo no pude darme cuenta de que ya estaba muy avanzada la noche? Perdona, madre, estaba tan ocupado que ni siquiera sentí el paso del tiempo.

—¿Trabajas en algo?

—En efecto, madre.

—Sospecho que debe ser algo muy importante como para que te encuentres despierto a estas alturas de la noche.

—De hecho, es más bien un proyecto personal; un obsequio para… bueno, para alguien especial.

—¿Una persona especial? ¿Te refieres a una jovencita?

—Sí —respondió al tiempo que el color de sus mejillas se volvió rojizo y una sonrisa soñadora se dibujó en su rostro.

—¿Puedo verlo?

—Por supuesto —respondió, y entonces la señora Everwood entró a la habitación de su hijo.

Edward le mostró la mesa, donde se encontraba el reloj de Rachel, mismo que pendía de una suerte de estante creado con esa finalidad.

—¿No era este el reloj en el que trabajabas estos años? —preguntó ella.

—No con exactitud, pero utilicé muchas de sus piezas para reconstruirlo.

—Qué pena, ya que te encontrabas tan cerca de terminarlo.

—Lo sé; sin embargo, esto lo hice con la intención de restituir la pertenencia de otra persona.

—¿En verdad? ¿Qué fue lo que sucedió?           

—Fue un accidente, uno provocado por terceras personas que decidieron hacer de mi persona su objeto de entretenimiento. Por culpa de ellos le hice un daño a una doncella inocente. Ella se molestó conmigo y ahora sufre en su lecho aquejada por un mal que mina su salud; y si bien esto no fue debido a ese percance, de seguro que ello tuvo repercusiones negativas en su salud. Por eso me propuse hacer todo lo que estuviera a mi alcance por enmendar esa afrenta y tratar de ganarme, de nueva cuenta, el aprecio de esa joven.

—Es triste escuchar que te tratan de manera injusta, hijo, pero me regocija en el corazón conocer sobre tus nobles intenciones.

—Gracias, madre.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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