Edward Everwood

CAPÍTULO XVIII

Un nuevo año comenzaba, y con este un nuevo ciclo en la vida del joven Edward. El mes de asueto que había transcurrido estuvo lleno de ajetreo para nuestro joven héroe. Durante las dos primeras semanas permaneció enclaustrado en su propia habitación, la cual dejaba tan sólo para beber agua y alimentarse, aunque esta última actividad era la que llevaba a cabo con menor frecuencia. Esta clase de comportamiento, adjudicado a los acontecimientos recientes dentro de la vida del muchacho, no dejó de causar preocupación a sus padres, sus hermanos y sus amigos, por lo que resultó algo natural que irrumpieran en más de una ocasión en sus aposentos, y en varias de esas ocasiones se encontraron con algunas escenas un poco inquietantes. Había veces en las que encontraban a Edward acostado sobre el piso de su recámara, ya fuera dormido con alguna herramienta, piezas o papeles en mano, o en total y absoluta inconsciencia, fruto de su propia enfermedad. Los señores Everwood, movidos por su compasión y su evidente preocupación por el bienestar de Edward, solían levantar al muchacho y llevarlo hasta su lecho, donde lo cubrían con sus mantas. A menudo permanecían a su lado y cuidaban de él hasta que despertaba.

Igual de inquietante era el estado de su habitación. Al no permitir que ni siquiera Robert entrara en ella para realizar labores de limpieza, se encontraba vuelta todo un revoltijo de dimensiones inconmensurables. Resultaba complicado encontrar cualquier cosa que no fuera papel, piezas de madera, metal, rondanas, tuercas y libros sobre el escritorio, la cama, el suelo y, en ocasiones, el baño de su habitación.

No menos alarmante era la condición física del muchacho, pues esta mostraba signos de un deterioro gradual. A causa de sus hábitos poco saludables, era notorio que había sufrido una leve pérdida de peso. Debajo de sus ojos se mostraban algunas ojeras; su cabello, que había crecido un poco, se le veía desaliñado, y su vestimenta desarreglada y escasa higiene personal no evidenciaban ser la de un descendiente de un linaje prominente sino más bien la de algún malviviente callejero.

En evidente estado de consternación, los Everwood decidieron tener una conversación con el muchacho. Le hicieron saber que, aunque vivía una fase que resultaba penosa para él, para ellos resultaba aún más doloroso verlo en esa condición y asumir una actitud que rayaba en lo autodestructivo. Edward insistió en que su estado anímico se encontraba en orden, que sólo trabajaba en un proyecto especial en el que había concentrado sus esfuerzos y atenciones, y que lamentaba sobremanera los sobresaltos que les había provocado a sus padres y el desorden en el que se había convertido su vida. Acto seguido, hizo la promesa de mantenerse vigilante en su condición. Prometió también que descansaría y comería lo suficiente, que pasaría más tiempo con ellos y con sus amigos y que haría lo sumo posible por mantener la acostumbrada pulcritud en sus aposentos y en su persona; promesa que, para beneplácito de todos sus seres queridos e incluso de Tobias, cuya alma pendía de un hilo debido a su conducta y su situación, Edward cumplió a cabalidad.

Ahora bien, sucedió durante ese mes un acontecimiento que haré bien en recalcar debido a su relevancia en el transcurso de la breve vida del joven Everwood y, de manera posterior, en su legado.

Era un sábado, el vigesimocuarto día del décimo segundo mes en el año de 1870. Como tenían por costumbre, Edward y Tobias recibían adiestramiento de parte de Andy con la asistencia del buen profesor Kallagher. Cuando por fin la instrucción correspondiente a ese día culminó, Edward extendió a Tobias una invitación para que lo acompañara a dar un pequeño paseo por la ciudad, a lo que él accedió con la amabilidad que le caracterizaba. Edward asintió, entonces ambos pasaron a despedirse del profesor Kallagher y de Andy para proceder a llevar a cabo la actividad que Edward había sugerido.

Se aventuraron el joven Everwood y su inseparable amigo el joven Tyler a caminar por las empedradas calles de la gran urbe. Marchaban veloces, el segundo detrás del primero pues era este quien había hecho la invitación y guiaba al joven Tyler hacia su destino, mismo que mantenía en secreto como si se tratase de algún sitio clandestino, a pesar de la insistencia con la que Tobias le preguntaba acerca de este. Las vías estaban atestadas de vehículos que dificultaban el tránsito peatonal, muchos de ellos detenidos en mitad de la calle debido a encontrarse en una hora de mayor afluencia vehicular. En su camino se toparon con un descomunal mar de gente que transitaba en todas direcciones, caminaban a prisa para llegar a sus propios destinos y que a menudo los empujaba de un lado a otro como el oleaje rompe contra la arena. El murmullo de las conversaciones, el sonido atronador del tránsito vehicular, las voces de los vendedores que ofrecían a gritos sus productos como pescadores que arrojan sus carnadas en la espera de atrapar algún cliente que cediera a la tentación de adquirirlos, los aromas de los restaurantes y cafés por los que pasaban y que en ese momento servían un sinnúmero de diversos platillos a comensales hambrientos, lo que de a poco estimulaba y abría el apetito del joven Tyler, el viento que pasaba raudo y fuerte en ocasiones y que llevaba consigo el gélido clima de la región a donde quiera que fuera y que los obligaba a cubrirse bien de él; todo ese cúmulo de sensaciones experimentaron Edward y Tobias en las calles de la metrópolis principal de Couland durante su trayecto.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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