Edward Everwood

CAPÍTULO XXXV

Edward llegó al parque Starerne por la entrada del sur, y presuroso se dirigió hacia el lago. En la orilla encontró a Tobias, quien arrojaba piedras al agua y las hacía rebotar sobre su superficie.

—¿Estás bien? —preguntó Edward.

—¡Señor Edward! Por supuesto que sí.

—¿No tienes fracturas, golpes, alguna contusión? —comenzó a revisar todo su cuerpo de arriba abajo y después lo hizo con sus brazos y piernas e incluso removió su casco para ver mejor su cabeza y su rostro.

—Claro que no, señor Edward —aseguró.

—Tienes un rasguño en el rostro —indicó y señaló en su propio rostro donde tenía Tobias su herida.

Tobias llevó su mano a su rostro y palpó en su rostro las zonas que Edward indicó. Fue entonces al tocar en su mejilla izquierda que sintió un leve ardor.

—Exacto, allí. Deja de tocarlo que se puede infectar —advirtió Edward, y Tobias quitó su mano presuroso.

Entonces procedió a tomar su pañuelo y a limpiar la sangre que había brotado de la herida. Después, tomó de su chaqueta un pequeño estuche de cuero donde guardaba un poco de algodón y una botella pequeña de alcohol. La destapó, empapó el algodón con el líquido y procedió a aplicarlo en la herida de su amigo, quien profirió un quejido de dolor.

—Parece ser un poco profunda —indicó, y luego le dio una porción de tela de gasa—. Presiona con tu mano con esto hasta que cese el sangrado.

Tobias la tomó y la llevó hasta la herida, donde la cubrió y presionó con fuerza. Esto lo hizo proferir un leve murmullo debido al ardor que le provocó.

—Por cierto, ¿qué tal resultó el primer vuelo experimental? —preguntó Edward.

—Fascinante, señor Edward —expresó entusiasmado—. Al principio sentí un pavor inmenso y temí que moriría al impactar a tan alta velocidad contra el suelo. Pero entonces recordé sus indicaciones y logré elevarme. ¡No tiene idea la clase de sensación que es surcar los cielos a altas velocidades! —exclamó a la vez que extendía sus manos hacia arriba—. Por un instante llegué a imaginar que mi lugar en la tierra eran los cielos. ¡Debería intentarlo algún día, señor Edward! Ya sabe, antes de que…

—Tal vez algún día lo haga —dijo—; pero no lo haré solo.

—Por supuesto, señor Edward; gustoso estaré de acompañarlo. Por ahora, me encantaría probar el glygzeug otra vez.

—Claro, si logramos bajarlo primero —expresó Edward con la mirada hacia las ramas del árbol.

—Voy a subir y lo intentaré —indicó el joven Tyler y, nada más dijo esto, se arrojó con velocidad al árbol, dio un salto con la ligereza de un gato y alcanzó una de las ramas bajas de la que comenzó a trepar hacia la copa del árbol con la misma gracia y habilidad que lo haría un simio en su entorno natural.

Al llegar donde el glygzeug se encontraba atrapado, comenzó a forcejear para intentar liberar la estructura de las ramas; esfuerzo que resultó inútil pues no lo consiguió.

—Señor Edward, esto está atorado. Tal vez si rompo algunas ramas podría liberarlo. ¿Tiene algún cuchillo a mano? —preguntó, luego se detuvo a pensar un segundo y meneó la cabeza lado a lado—. No sé por qué pregunté eso, señor; es evidente que usted no tiene tales herramientas a la mano.

—De hecho —aclaró, y luego tomó de su chaqueta un artefacto metálico de color oscuro con elementos dorados incrustados. Rotó uno de dichos elementos y una navaja oblicua apareció de un extremo del artefacto—, aquí tengo uno.

—Arrójelo, señor Edward; aquí lo atraparé.

Edward asintió, guardó la navaja en el artefacto y luego se preparó para arrojárselo a su amigo. Por desgracia, su lanzamiento dejó demasiado que desear, pues fue tan débil que a duras penas alcanzó a llegar a las ramas más bajas del árbol.

Edward tomó el artefacto del suelo y lo arrojó una y otra vez sin éxito alguno. Su último lanzamiento fue el más vergonzoso, y resultó tan poco efectivo y de tan errada trayectoria que terminó por golpear su frente y derribar sus gafas al suelo.

Tobias, quien ya había pasado demasiado tiempo mientras veía a su amigo fallar una y otra vez en su intento de darle su herramienta, decidió descender de donde se encontraba y se sentó en una de las ramas inferiores, la más cercana a Edward. Luego, se colgó boca abajo cual murciélago y extendió su mano hacia Edward quien, avergonzado, recogió sus gafas del suelo además de la herramienta, y luego se la cedió a Tobias. Este, con la misma agilidad que antes, trepó hasta la copa del árbol y procedió entonces a cortar las ramas que mantenían atrapada la estructura del glygzeug.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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