El amor en los tiempos del internet

Capítulo 10: Magnus

El lunes, en la escuela, obviamente todos se me acercaron para preguntarme qué me había sucedido. Por suerte estábamos en invierno y el abrigo tapaba los machucones de mi cuerpo, pero mi cara golpeada era algo difícil de ocultar. Tuve que contar la historia varias veces a quienes me preguntaban, odié eso, detesto ser el centro de atención, y todo por culpa de ese Ramiro. Solo le deseaba que él estuviera padeciendo lo mismo en su colegio.

Por suerte, mis amigos, Santiago y Bruno, me hicieron sentir un héroe con sus comentarios cada vez que tenía que repetir la historia, a la vez que me ayudaban a contarla, pues de tanto escucharla ya se la habían aprendido de memoria. Qué agradables sujetos pueden ser a veces mis amigos.

Luego, cuando al fin salimos del colegio, Santiago, Bruno y yo nos dirigimos hacia la casa de este último, pues él vivía cerca de la escuela y podíamos ir caminando. Teníamos que hacer una maqueta para biología, algo sobre los diferentes ecosistemas y además pensábamos estudiar para el examen de estadísticas.

Entonces, ahora sí, ya que estábamos en la intimidad del hogar vacío de Bruno, les comenté que había dado mi primer beso.

—¡Ese es mi Lean! –exclamó Santiago, mientras me despeinaba.

—Mi pequeño está creciendo. –Bruno fingió secarse una lágrima imaginaria, orgulloso.

Sí, ellos ya habían besado varias veces, Santiago tenía novia y Bruno era un conquistador empedernido. Él no tenía novia, pero jamás estaba solo. Siempre conseguía alguna o algunas chicas para salir los fines de semana, actividad que él denominaba como “chonguear”. En argentina, un “chongo” o “chonga” no es una pareja, es alguien para salir y pasar el rato, divertirse sin compromisos.

Ambos, llenos de curiosidad, me pidieron ver una foto de la chica afortunada que me había quitado mi virginidad de besos, y entonces yo les mostré una de las fotos que nos habíamos sacado antes de salir a la fiesta, junto con Julieta. Ahí estaba yo con la camisa del hermano de Maca y recordé que debía reponérsela, ya conseguiría un trabajo de tiempo parcial para ahorrar algo de dinero; y las chicas estaban arregladas, muy lindas y elegantes las dos.

—¡Wow! –exclamó Bruno, señalando a Maca—. ¡Es alto bombón! Es incluso más linda que Lutina.

—¡Nada que ver! –le respondí sin pensar y de inmediato me reí para disimular, algo nervioso, mientras miraba el rostro de la chica pelirroja que sonreía a la cámara con sus ojos celestes.

Para mí, Lutina, es decir Guadalupe, era mucho más bella, sí, aunque jamás lo había pensado antes. Esta era una de esas interesantes ocasiones en las que el inconsciente se manifiesta espontáneamente. Solo esperaba que mis amigos no se hubieran percatado de ello y que continuáramos charlando con normalidad.

—Es que Lutina le regaló un báculo sagrado nivel 10 en Magnus –bromeó Santiago—, ya le compró su amor.

—No es por eso –me reí.

—Quizá Santi está celoso –aclaró Bruno—, porque a él Lutina no le regaló nada.

Bromeamos un rato más y después de que entre Bruno y yo evaluáramos estúpidamente cuál de las dos chicas era más linda y por qué, y no llegáramos a ningún acuerdo, nos pusimos a jugar a nuestro juego de rol preferido. Santiago y yo habíamos llevado nuestras notebooks, supuestamente para estudiar, pero la verdad era que siempre que nos juntábamos había muchas cosas más interesantes que hacer que estudiar, como jugar, por ejemplo.

—¡Ahora Lean es quien va a dar los golpes! –bromeó Santiago, moviendo sus puños como imitando a un boxeador, haciendo referencia a mi pelea con el sujeto del boliche—. ¡Tenemos quién nos va a salvar!

—Me siento tan a salvo ahora –lo siguió Bruno, a la vez que se tapaba la boca para imitar la risa de una damisela.

—Ja, ja, muy graciosos –le respondí con sarcasmo.

Apenas nos habíamos conectado al Magnus y nos estábamos cuestionando qué monstruos matar o qué misión realizar, cuando la maga Lutina se conectó.

—¡Ey! ¡Hablando de Roma! –comentó Santiago.

—¡Que juegue con nosotros! –pidió Bruno y de inmediato fue a acosarla con mensajes para que se uniera a nuestra partida.

Lo decidimos en el momento: iríamos a conseguir un amuleto perdido en unos calabozos, si llegábamos con vida al piso más subterráneo, exterminando a todos los demonios que aparecieran, ¡ganaríamos mil monedas de oro cada uno!

Lutina aceptó la misión muy contenta y se conectó a skype para poder hablarnos a la vez que jugábamos y no tener que estar escribiendo. En secreto me encantaba escuchar su voz, de modo que acepté su propuesta de inmediato. Ella ya estaba de vacaciones de verano, por lo que a partir de ahora tendría mucho más tiempo libre para jugar y charlar con nosotros.

—¡Todo sea por el oro! –vociferó ella en un grito de guerra y los cuatro nos adentramos en las mazmorras.



Cambel_a

Editado: 04.05.2020

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