El Bosque de los Néegar

Hermandades Poco Ortodoxas

Afortunadamente el ataque no fue tan grande como esperabapero esto solo será el comienzo.

Las ramas y obstáculos bajo sus pies la hacían caminar en zigzag por el sendero. Las escarpadas tierras por las que caminaba estaban desoladas dejando sólo a los enormes árboles cómo únicos testigos de las atrocidades ocurridas en ese lugar.

Los cadáveres en el suelo se contaban por decenas mientras las armas triplicaban el numero. Jerikó alzó la cabeza y olisqueó el aire, en este había un fuerte aroma a azufre proveniente de las decenas de cadáveres de psychros en el lugar.

A pocos metros de su posición el terreno era completamente distinto, los árboles y el suelo estaban intactos, cómo si la batalla no hubiera llegado ahí-. Curioso el suelo al que he llegado. -dijo para si misma.

Estiró su brazo y su mano chocó contra una superficie cristalina, lisa y dura. Jerikó deslizó su mano sobre la superficie-. Menudo truco el que dejaste aquí Erza. -dijo mientras retrocedía un poco para hacer un corte con su alfanje.

La pared que estaba frente a ella estaba cómo si nada, Jerikó hizo una mueca y procedió a caminar pegada esta-. ¡Vamos! No compliques más las cosas Erza, debiste dejar una entrada por aquí. -gritó sin preocupación alguna. Al hacerlo su mano atravesó la pared. Esbozó una sonrisa y cruzó sin problema alguno.

El césped bajo sus pies era frío, húmedo por el rocío que lo bañaba. A mitad del campo estaba el edificio donde se encontraba Serina descansando, debía asegurarse de que ella ya hubiera despertado y se haya marchado, o por lo menos que estuviera a salvo. Ante su misión respiró y soltó un sonoro suspiro.

Cuando por fin estuvo frente a la cabaña subió los escalones en total calma con cortos y pesados pasos que hacían rechinar los tablones. La puerta de entrada estaba cerrada, era de esperarse, con un simple ademán la puerta se abrió y recorrió el largo y poco iluminado pasillo hasta llegar a la habitación al final de este.

En la habitación habían cuatro camas acomodadas a lo largo de esta. Sobre la tercera estaba acostada Serina, apacible y ajena a lo que ocurría. Jerikó caminó hasta ella y se sentó a la orilla de la cama mientras apartaba el cabello de su frente rozando con las yemas de sus dedos su piel blanca.

-Puede que no tengas la respuesta, pero será más fácil que con papá. -le susurró a sabiendas de que posiblemente no la escucharía. Pasó su mano en su rostro y cerró sus ojos. «Yo sabía que él era el Sabio del rayoYo mandé a matar a su madre» Jerikó apartó su mano y se mordió el dedo índice.

Suspiró y posó su mano sobre el hombro de Serina-. Despierta. -dijo sacudiéndola con delicadeza. La joven frunció el ceño y forzadamente abrió los ojos, cómo si sus párpados fueran de plomo. Movió la cabeza hacia los lados e intentó formular una oración que sonó cómo un gruñido.

Jerikó se levantó y tiró de las sabanas dejando su cuerpo desnudo al descubierto. -¡Arriba Serina! ¡El bosque se va a la mierda! -gritó para que se despertara. Esta de retorció sobre si misma y se llevó las manos al rostro. Jerikó resopló y acercándose rápidamente tomó con fuerza uno de sus senos y lo apretó. Serina aulló de dolor y se libero rápidamente-. ¡¿Que te pasa?! -le gritó.

Al verla, Serina calló todas sus quejas, su hermana estaba llena de sangre y mugre, con varias cortadas en sus brazos-. ¿Que te paso? -preguntó incrédula-. Adivina tonta. -le dijo con voz áspera y cortante. Jerikó se quitó el chaleco de cuero que llevaba puesto y se lo arrojó-. Pontelo, y ten esto. -dijo mientras arrojaba de igual manera un pantalón café y unas botas.

-¿No hay ropa en las demás habitaciones? -Jerikó la miró y escupió al piso. Serina hizo una mueca de inconformidad mientras que Jerikó se daba la vuelta y salía de la habitación, miró cada una de las habitaciones hasta llegar a la salida, se detuvo en el umbral y apreció por un momento la calmada escena que estaba frente a ella.

Se arrodilló y de su bota sacó una pequeña caja color verde y de esta sacó un cigarro y un encendedor. Se puso el cigarro en la boca y cubriéndolo con su mano lo encendió con total calma. El tabaco ardió mientras este dejaba escapar un difuminado velo de humo.

-¿Fumando? -le preguntó molesta mientras pasaba de largo. Jerikó no se molestó en contestarle y caminó detrás de ella. El humo del cigarro y el olor a tabaco eran los perfectos acompañantes para el silencio que iba de la mano de Jerikó.



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En el texto hay: elfos, monstruos, accion

Editado: 21.03.2020

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