Temprano por la mañana los integrantes de AXIS cumplían su exigente rutina en el gimnasio privado de la agencia. Minho estaba levantando pesas como si se preparara para destruir una pared, Jae trotaba en la caminadora sin despeinarse y Sonoo... Sonoo intentaba actuar como si no hubiera pasado la noche más humillante de su vida en el lounge.
La música retumbaba, pero Minho no tardó nada en soltar el comentario que nadie pidió.
—Oigan —comenzó mientras dejaba caer una mancuerna de golpe — Ayer el lounge estuvo divertido, ¿no?
Jae dejó de trotar, apoyándose en la máquina con una sonrisa maliciosamente inocente.
—Sí, súper divertido... Oye, Minho, ¿tú crees que Jake esté saliendo con alguien?
Sonoo, que estaba secándose el cuello con una toalla, se quedó congelado por unos segundos, pero lo disimuló con un carraspeo exagerado.
Minho giró la cabeza hacia Jae, como si recién recordara algo importantísimo.
—Oh, ¿te refieres a la chica que lo acompañaba ayer? Sí, yo también la vi. —Se encogió de hombros, totalmente despreocupado— Parecían una pareja, ¿no? Se veían bien juntos. Una buena combinación —comentó.
Jae, el rapero principal del grupo, el que se suponía, debía proyectar la imagen del "chico rudo" con ese pelo rojo fantasía y su ropa ancha, en realidad no era más que un niño inmaduro y divertido al que le encantaba chismorrear.
—¡Sí, sí! Ella, era en verdad muy linda y Jake estaba sonriendo diferente, ya sabes: sonrisa de... me gusta.
Minho, por el contrario, era distante, muy responsable y algo frío; su cabello azul parecía hacer juego con su personalidad, aunque para el público él seguía siendo el visual y "chico dulce".
— Um... si era una chica común, como cualquier otra... y si, probablemente esten saliendo — comentó seriamente Minho.
Jae cruzó los brazos y continuó:
—Yo tomé un curso online de lenguaje corporal y por lo que pude notar al ver sus movimientos, ellos definidamente están enamorados.
Minho lo observó incrédulo y le respondió:
—Oye eso solo duró quince minutos... aunque creo que podrías tener razón.
Los dos se miraron triunfantes, orgullosos de su brillante análisis romántico. Mientras tanto, Sonoo apretó la toalla con tanta fuerza que casi exprime su alma junto con el sudor.
Se acercó al espejo como si fuera a revisar su postura, pero en realidad solo evitaba estrangularlos. Se miró una vez, respiró hondo y finalmente soltó:
—Ustedes son... un par de chismosos.
Tiró la toalla sobre su hombro, dio media vuelta y caminó hacia la salida.
Minho abrió la boca, sorprendidísimo.
—¿Chismosos? ¿NOSOTROS? Jae es el único chismoso acá.
—¡Era una investigación sociocultural! ¡Para entender el comportamiento humano! —protestó Jae, mientras Minho ponía los ojos en blanco.
—Ya cállense. Son tan tontos que me baja el nivel de proteína —les gritó Sonoo mientras cruzaba la puerta.
Ellos se quedaron parados, mirándose el uno al otro. Jae murmuró:
—¿Eso fue... un insulto o un cumplido?
Mientras tanto la tarde caía lentamente sobre el pequeño departamento de Sol-Ju, ella estaba sentada en la mesa de la cocina, rodeada de papeles: cuentas de luz, agua, la matrícula universitaria impresa en un papel que parecía más pesado que el plomo y la lista de medicinas de su abuela a un lado.
Su calculadora tenía la pantalla manchada de tantas veces que la había golpeado en frustración.
—No... no alcanza —murmuró por décima vez, aunque ya lo sabía desde la quinta.
El cheque de compensación que la agencia le había entregado tras el accidente había sido un respiro corto, dulce y engañoso. Se había ido en lo esencial: su brazo, las consultas médicas, parte de la universidad, comida, las medicinas, las reparaciones mínimas del departamento... y listo. Evaporado.
El trabajo de medio tiempo en la biblioteca era estable, tranquilo, incluso bonito... pero pagaba tan poco que parecía un pasatiempo más que un empleo.
La medicina de su abuela había subido de precio, la universidad había aumentado el arancel del semestre y el refrigerador estaba tan vacío que parecía recién comprado.
Sol-ju sostuvo su cabeza exhalando un suspiro largo.
—Tengo veintidós años y ya estoy endeudada en la vida —se dijo a sí misma con humor triste.
La abuela Pak entró lentamente al pequeño comedor, apoyándose en su bastón y le dijo:
—Sol-ju, mi niña, ¿ya cenaste?
Sol-ju escondió los papeles debajo de un libro como si fueran un pecado.
—Ah... más tarde, abuela. Tú siéntate primero. Ya te sirvo.
A la mañana siguiente la biblioteca estaba en su hora tranquila, Sol-ju estaba detrás del mostrador revisando una lista interminable de préstamos vencidos. Su rostro tenía esa mezcla de cansancio y serenidad que solo se adquiere cuando la vida te ha dado demasiadas responsabilidades para tu edad.
A su lado, Hanna, su compañera de turno y mejor amiga, clasificaba libros con el entusiasmo de alguien que ya había tomado dos cafés y estaba considerando un tercero.
—Oye, Sol —dijo Hanna, acomodando un tomo de Historia Económica — estás muy callada y eso es raro. ¿Todo bien?
Sol-ju soltó una pequeña risa nasal.
—Sí... bueno... no. Estoy haciendo malabares económicos y ya se me cayeron como tres pelotas.
Hanna se apoyó en el mostrador cruzando los brazos.
—¿Problemas con la universidad? —preguntó.
Sol-ju respiró hondo. Era inútil fingir con Hanna; la chica era una máquina de percibir microexpresiones.
—Es que... ya se me acabó el cheque de la compensación —bajó la voz— Y el sueldo de aquí no alcanza. La matrícula, el departamento, los medicamentos de mi abuela... es demasiado.
Hanna frunció el ceño con preocupación. Luego chasqueó los dedos, como si acabara de recordar algo.
—¡Espera! Eso me recuerda algo. Mi tía trabaja en un asilo de ancianos. La semana pasada dijo que necesitaban a alguien para limpieza y apoyo general.