El hijo del inframundo

Capítulo 15

"Mi querido sobrino,

Perdona que mi mensaje llegue tarde; las llamas del hogar requieren una atención constante y el mundo exterior a veces se mueve demasiado rápido para mis manos.

He visto las cartas de mis hermanos y sospecho que todos han intentado darte un arma, un espejo o un trono. Yo solo quiero recordarte que, incluso entre los muros más fríos de la academia, siempre llevas contigo el fuego de tu casa. No permitas que la ambición de otros consuma tu paz. Se puede ser un príncipe sin dejar de ser un refugio para los que no tienen donde ir.

Si alguna vez el peso de tu linaje se siente demasiado pesado o las sombras de tu padre demasiado largas, busca el fuego más cercano. Allí estaré escuchando.

Con todo mi cariño, Tu tía, Hestia.

PD: Dile a tu padre que se asegure de que las chimeneas del palacio estén limpias. Sé que el Inframundo tiene su propio calor, pero nada sustituye la calidez de una llama que arde con amor.¨

La mañana previa a la salida a la ciudad, Zoí encontró una carta inusual sobre su escritorio. No era de un papel lujoso como las de Hermes, ni tenía el aroma a bosque de Artemisa. Era un sobre de papel reciclado, cálido al tacto, que olía a leña quemada y pan recién horneado.

Zoí suspiró. Las palabras de Hestia tenían ese peso maternal que era imposible de ignorar. Por un momento al leer las anteriores cartas de los dioses principales creyó que su Tía Hestia había pasado de saludarle o enviarle algo. Ahora no podia evitar sonreír levemente al pensar que ,incluso con su apretada agenda, la diosa se había tomado un tiempo para escribirle y aconsejarle.

Guardó la carta en su cofre, sintiendo el calor residual del papel aún en las yemas de sus dedos fríos. Por un momento, el peso de ser el "Príncipe de las Sombras" se sintió un poco más ligero. Bajó hacia los jardines interiores de la Academia, buscando un poco de aire antes de reunirse con Rogmí y Eftheía.

Fue entonces cuando lo vio.

Cerca de una de las grandes estatuas de Rea, donde una pequeña hoguera ritual ardía perpetuamente para iluminar el sendero, estaba Icho. Pero no era el Icho arrogante que Zoí conocía. Estaba sentado en el borde de una fuente seca, con la cabeza entre las manos y el uniforme algo desaliñado. No había rayos, ni chispas, ni seguidores adulándolo. Solo un chico que parecía haberse quedado sin luz.

Zoí se detuvo. Podría haberse dado la vuelta, podría haber pasado de largo e ignorarlo por completo pero las palabras de Hestia sobre ser un "refugio" resonaron en su mente. En el inframundo tambien había almas maliciosas e hijos llenos de una rabia que no les pertenecía. Caminó hacia él, sus pisadas silenciosas sobre la piedra como un espectro albino.

—Las estatuas no suelen dar consejos, Icho —dijo Zoí con su voz plana pero no hostil —. Aunque si suelen escuchar bien.

Icho se sobresaltó, levantando la vista con los ojos enrojecidos. Al ver a Zoí, su primera reacción fue ponerse a la defensiva, chispas crepitando levemente en su pelo y piel, aunque algo en la tranquilidad del albino lo perturbaba demasiado. Se encogió de hombros y volvió a mirar al suelo. Sabia que no tenia oportunidad alguna contra Zoí, de ninguna manera, lo había descubierto por las malas una y otra vez desde que lo conoció.

—¿Vienes a ver el espectáculo? —gruñó Icho—. El gran heredero de Zeus, humillado por un anillo y abandonado por sus amigos. Supongo que Abel ya te lo contó: ya no soy el "favorito" del grupo. Ni de nadie.

Zoí se sentó a su lado aunque manteniendo una distancia respetuosa, observando la llama de la hoguera cercana crepitar en el silencio. El jardín estaba vacío y silencioso, el sol aun estaba terminando de salir en el horizonte tras el bosque y había un leve olor a pasto cortado y cenizas que era guiado por la brisa fresca de la mañana a su alrededor.

—Abel solo se preocupa por lo que brilla. Tú ahora estás en la sombra y tenerte cerca mancharía la imagen impecable y noble que quiere mostrar. Asumí que deberías saber como se comportan tus amigos ya teniendo tanto juntos.

Icho soltó una risa seca. Apretándose el pelo con cierta frustración, sabia que tenia razón y eso le dolía más de lo que le gustaría admitir.

—Lo dices como si fuera fácil. Tú vives en la sombra, Korell. Es tu casa. Para mí... es como estar ciego. Me siento vacío. Mi padre ni siquiera ha respondido a mis oraciones.

—A veces el silencio también es una respuesta —Zoí recordó la calidez de la carta de Hestia—. Una que nos obliga a responder por nosotros mismos. A decir en voz alta las respuestas que negamos.

Icho lo miró con una mezcla de confusión y asombro.

—¿Por qué me hablas así? —preguntó Icho, con la voz rota—. Te robé, te insulté... te dije cosas horribles. Te hice la vida imposible desde que llegaste.

—Porque el odio es agotador —respondió Zoí con una sencillez que resultó cortante—. Y porque ser un príncipe significa saber cuándo una guerra ya no tiene sentido.

Zoí clavó sus ojos en los de Icho, su expresión era calmada pero honesta.

—Sé que lo que dijiste de mis hermanos es cierto —continuó Zoí y su voz adquirió un matiz profunda, casi divina—. Y más que dolerme la mentira, me duele lo mucho que han naturalizado el sufrimiento. ¿Eres consciente de lo que implica la existencia de mis hermanos, Icho? ¿Estás realmente bien con saber todo lo que tu padre le ha hecho a tantas vidas y familias? ¿Aceptas con gracia que, si no fue tu madre, muchas otras fueron engañadas y abusadas para lo que ,a ojos de ustedes, es solo una "broma familiar"?

Icho abrió la boca para replicar, pero no salió ningún sonido. Se quedó congelad bajo la mirada de Zoí y sus palabras tan sinceras. El sisear del viento a su alrededor se sintió sofocante de repente.

—No es enojo lo que siento. Ni rabia —Zoí suspiró y el aire alrededor pareció enfriarse—. Es una profunda lástima por lo que hay en tu corazón y en los de todos los que se rieron contigo. Los veo y solo noto un dolor e inseguridad tan inmensos que son capaces de desgarrar a sus propias familias con tal de mantener un estatus social muy hipotético y efímero. Buscan la aprobación de un padre que apenas sabe sus nombres y en ese camino, pierden lo único real que tienen.




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