El Hogar De Los Vampiros

SEBASTIÁN


Luego que entré a trabajar al hotel, pasaron seis meses antes de que Sebastián y yo nos dirigiéramos la palabra. Antes de eso, nuestra relación se limitaba a reconocernos como empleados del mismo lugar, dejarnos el paso libre en los pasillos y, si andaba de buenas, dirigirle un asentimiento a modo de saludo. Pero había una gran distancia entre eso y saludarnos, decirnos por nuestros nombres o siquiera formar palabras completas.

Con todo, era el empleado que mejor me caía, y yo era también, como después me lo confesaría, quien más le simpatizaba. Esto debido a que ambos estábamos igualmente aislados del resto, aunque en su caso esta herida se veía agravada por el hecho que uno de los del "resto" era su hermano. Nos veíamos como extranjeros del pequeño país que era el hotel, y por tanto nos reconocíamos como conocedores del mismo sentimiento.

La primera conversación que tuvimos, y que fue la primera conversación que tuve con algún empleado del hotel, no se vio precedida por trompetas y cantos celestiales como sucede en las grandes escenas del cine cuando dos almas afines se encuentran, sino por el ruido de su carrito de limpieza andando por todo el hotel.

Sebastián, aparte de tener que cargar con su tristeza y su cara de hastío, estaba condenado a llevar de aquí para allá un lastimero carrito de limpieza a punto de expirar pero que se aferraba a su vida útil, cuyas ruedas apenas y giraban y con compartimientos delimitados por lo que en épocas gloriosas habían sido puertas y ahora eran meras sábanas alrededor de todo el carrito.

El chirriar de las ruedas casi siempre me venía bien, puesto que me avisaba qué tan cerca estaba de mí, y por tanto, qué tan rápido debía alejarme de él para no incomodarlo; sin embargo ese día, el día en que cruzamos palabra por primera vez, yo estaba tan extrañada por lo que veía en la recámara que limpiaba que apenas y lograba parpadear, mucho menos podía reaccionar ante el ruido proveniente del carrito de Sebastián.

Minuto antes al llegar a la recámara me había sorprendido que quien saliera de la misma fuera Antonio, cargando una enorme bolsa negra con ambos brazos, y que una de las lámparas estuviera sobre el suelo, como si alguien la hubiese arrojado de la cama. Pero ya que había entrado al cuarto, y que había atestiguado lo tranquilo y limpio que parecía, todas mis sospechas se habían disipado, hasta que vi esas dos manchas en la almohada que no podían sino ser sangre.

Sobre una de las níveas almohadas, a la altura de donde comenzaba el cuello cuando uno posaba su cabeza sobre ella, sobresalían dos círculos pequeñísimos, como la punta de mi índice, teñidos de rojo, separados por centímetros unos del otro. Su color brillante, y el hecho que estuvieran delineados con tanta perfección, atraían toda mi atención y hacían que me fuera imposible notar la llegada de Sebastián. Apenas y lo percibí cuando me tomó con delicadeza del brazo y me dijo:

-Vete, por favor.

Fue la primera vez que escuché su voz, la escuché de verdad. Si tuviera que definirla como algo, la llamaría una "voz nocturna". Suena bastante arrogante para una chica como yo que apenas y terminó la escuela, pero me gusta la poesía, y la busco en cada rincón a donde vaya: en las aceras solitarias, en las plazas que guardan encuentros, en las aves ajenas a la vida mundana, en la frustración de las calles. En aquel momento descubrí que su voz era dulce, melancólica y deseosa de algo, y misteriosamente atractiva, como lo es la noche. Por eso bauticé a su voz de aquella manera.

Era además una voz preocupada. Me atrevo a decir que preocupada por mí, por lo que había visto, por lo que me podía suceder por haberlo visto. Su tacto, que aunque gentil era insistente, era otra prueba de que Sebastián deseaba sacarme de esa recámara.

Pero yo no podía dejar de ver las gotitas de sangre sobre la blanca almohada. Eran tan perfectas, y tenían un color tan vivo, que parecían joyas sobre la nieve. Eran hermosas. Me acerqué y las olisqué, y fue entonces que lo romántico de la situación desapareció de pronto: la sangre estaba fresca.

-Alguien derramó vino tinto-Sebastián tomó la almohada y comenzó a quitarle la funda-. Yo me hago cargo.

Me enfureció que creyera que yo iba a tragarme esa mentira.

-¿Vino tinto? Las personas que vienen aquí ni siquiera llegan con agua-le arrebaté la almohada y la defendí como si fuera un niño-. Esto es sangre.

-Yo me hago cargo-respondió juntando paciencia-. Y esto sí es vino tinto.

Estiró la mano para que le entregara la almohada. Sonrió cuando se la entregué, pero se enojó cuando vio que la funda me la había quedado yo.

-Necesito lavar esa funda-reclamó.

-Yo soy la mucama, yo limpio los cuartos aquí.

-Yo también soy de limpieza-dijo estirando las manos para alcanzar la funda-. Yo también quiero limpiar.

-Es mi trabajo.

-Es mi hotel.

-No es tuyo, ni siquiera es de tu hermano.

-Somos los encargados.

-Tu hermano lo es, tú solamente limpias.

-Ése es mi punto, devuélveme la funda.

Volvió a estirar los brazos, esta vez con urgencia, para alcanzar la funda. Pero yo di batalla: di un paso hacia atrás hasta tocar el horrible empapelado rojo de la pared, y al intentar seguirme, Sebastián se tropezó con una de las ruedas de su horrible carcacha y cayó de narices al suelo. Y como cuando todo va mal las cosas generalmente se ponen peor, Sebastián golpeó contra el carrito y éste se le fue encima. Por un lado y por el otro salieron tinas, detergentes y soluciones para limpiar el piso, y fueron a dar sobre la espalda y el pelo del pobre Sebastián.

Vi la funda de la almohada. Ahora que veía el desastre que había causado, ya no me parecía ni tan bonita ni tan poética. Me daban ganas hasta de quemarla. Me cruzó por le mente que de haberle caído la tina más pesada en la cabeza a Sebastián, hubiera sufrido amnesia y no recordaría nada; luego me recriminé por tener ese pensamiento, pero acto seguido pensé que quizá podría golpearlo yo misma con la tina en espera de ocasionarle una contusión que le despojara la memoria, lo que ocasionó que me sintiera aún peor por haber tenido ese horrible segundo pensamiento.



Esther Ruiz

Editado: 20.10.2020

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